Columnas

Una firma de Cerbantes

24/08/2014
Retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui.

Retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui.

Los modernos tenemos cada vez más el fetiche de las firmas, quizá, precisamente, por lo extrañas y valiosas que pueden llegar a ser las firmas antiguas. Los coleccionistas están dispuestos a pagar millones de pesos por una firma de Bolívar y millones de dólares por una firma de Shakespeare. Quizá por eso nos hemos ido volviendo pedigüeños de firmas y las vivimos solicitando como mendigos. Borges llegó a firmar tantos libros, aun estando ciego, que una vez se lamentaba con la siguiente paradoja: “Llegará el día en que lo más extraño sea encontrar un libro de Borges sin la firma de Borges”. Era casi verdad, aunque decenios después de muerto un escritor inmenso como él, incluso sus firmas, que eran comunes, empiezan a escasear; yo hoy en día estaría dispuesto a pagar por una firma auténtica de Borges.

Y digo auténtica porque no es tan difícil encontrar firmas falsas. Juan Gabriel Vásquez, por ejemplo, tiene un extraño don: es capaz de imitar las firmas de casi todos los escritores importantes de América Latina, sin mirar el original y de memoria. Tengo un cuadernito en el que Vásquez me trazó las firmas de Cortázar, Borges, García Márquez, Vargas Llosa… y la suya. La única auténtica era la suya, claro, pero las otras están tan perfectamente imitadas que se necesitaría ser un grafólogo experto para descubrir la patraña.

Todo esto viene a cuento porque acaban de encontrar, en una notaría de Sevilla, una nueva firma autógrafa de Cervantes, o, para ser más precisos, de Miguel de Cerbantes (sic). La ortografía cambia con el paso de los años, cambian las manías de la escritura, y de muchos escritores antiguos ya no se escriben sus nombres como ellos mismos los decían o escribían. Es raro, si uno se lo imagina: es como si dentro de dos siglos reeditaran un libro con los bonitos poemas de Víctor Gaviria y lo firmaran con el nombre de Vítor Gaíria, por la pronunciación popular de su nombre.

Con Shakespeare ha sido así. Las grafías de su nombre, cuando él estaba vivo, son muy inciertas, y en las pocas firmas que se conservan de él -apenas seis y nunca en dedicatorias sino en documentos legales- jamás firmó con la forma del apellido con que lo conocemos: en el testamento puso tres veces su firma, en tres páginas distintas, y siempre con grafías diferentes: William Shakspeare, William Shakspere y Willm Shakspere, casi como si él mismo no supiera bien cómo firmarse. Las otras dos que se conservan son también distintas: Will Shakp y William Shakspêr. Con razón dijo Borges: “no soy el insensato que se aferra / al mágico sonido de su nombre.” Más vale no apegarse a esas cosas. Hasta el nombre del más célebre de los escritores probablemente no suena hoy como sonaba en sus oídos.

La firma de Cervantes (o de Cerbantes, como él lo escribía) es más consistente y menos rara que la de Shakespeare. Los españoles, además, con esa pompa que los persigue, han usado casi siempre, además de la firma, la rúbrica, esos arabescos y trazos laberínticos, típicos de cada uno, que acompañan la firma como una marca de fábrica. La que acaba de encontrarse del buen don Miguel es interesante porque la plantó, con todo y rúbrica, para autorizar a una mujer, Magdalena Enríquez, a que reclamara su pago por casi 20 mil maravedíes. Dicen los que saben que esto no era un mal sueldo, en 1593, para 48 días de trabajo como recaudador de trigo y de cebada para la flota de Felipe II.

Además del fetiche de la firma, entonces, al encontrar su nombre en este documento legal, los biógrafos tendrán que buscar a esta nueva amiga de Cervantes hasta ahora desconocida para sus biógrafos. ¿Quién era esta Magdalena a quien tanta confianza le daba? Sabemos tan poco de Cervantes y de sus mujeres, tan poco de su vida por fuera de lo que escribió, que hasta una firma y un nombre son un festín para la imaginación. A los que amamos a ciertos escritores, y Cervantes es de los más amados, hasta las cosas más nimias de su vida nos parecen importantes.

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