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Una crisis de fe

15/10/2012

Imagínense un cura que lleva quince años diciendo misa, echándose sus sermones, bendiciendo, confesando, y que un domingo por la mañana se despierta y siente que no cree en nada, que toda su vida ha sido una mentira, una farsa. Le reza a ese Señor o a esa Virgen a quienes les ha rezado desde niño y le parece que rezar es una pantomima, que está repitiendo de memoria un papel menor en una comedia imaginaria. El misterio de la Santísima Trinidad no le parece ni siquiera un misterio, le parece una bobada, y de repente no cree tampoco ni en los milagros ni en la vida eterna ni en la resurrección de la carne. Imagínense, pues, un cura que se vuelve ateo de la noche a la mañana, y para el que Jesús es tan Dios como Júpiter o Quetzalcoatl.

Pues eso mismo he sentido yo últimamente con relación a la literatura, una religión a la que le he dedicado 25 años de lectura permanente, 15 años de escritura pertinaz, una carrera, una tesis, talleres, babas, discusiones, mesas redondas, congresos, todas las misas concelebradas y las pedanterías que giran alrededor de la literatura. Todo eso y de repente me doy cuenta de que semejante montaje es más o menos una farsa, y sobre todo que alrededor de los sumos sacerdotes de la literatura —vivos y muertos— se ha montado una gran mentira, se han erigido unos pedestales ridículos, una enorme operación de marketing como la que se haría con cualquier queso o con cualquier mermelada.

Mis padres eran personas de poca fe; para ellos las novelas eran unas bobadas y bobos los que perdían el tiempo leyendo novelas. Como ustedes saben la adolescencia consiste en llevarles la contraria a los padres y a mí la adolescencia me duró hasta antier, pero ahora estoy dispuesto a apoyar lo que decían ellos. Creo que la literatura es una actividad menor y para cerebros no particularmente agudos. Se le da una importancia excesiva y los escritores tienen un prestigio injustificado (que sin embargo siempre les parece poco). Por lo menos algunos. En realidad la mayoría de los escritores están medio jodidos, y les toca vegetar en los periódicos, en las notarías o en las editoriales. Algún día voy a hacer una tipología de los escritores que va a sonar más o menos así:

Hay “escritores muertos-de-hambre”, que viven medio borrachos y tienen en la cabeza varias obras maestras; hay “escritores pavosreales”, que se pasean mostrando las plumas por los vestíbulos de los hoteles de quince estrellas y viajan despatarrados en sillas de primera clase; hay “escritores cursis”, que son la mayoría; y hay “escritores que no escriben”. Entre estas categorías (los muertos-de-hambre, los pavos, los cursis y los que no escriben) ¿cuál es la que mejor me sienta? Voy a introducir otra categoría, la de “los camaleones”, que son los escritores que se acomodan, que se mimetizan con el ambiente en el que están, y a veces son cursis, a veces pavos, a veces muertos-de-hambre y a veces se hacen los que están pasando por una terrible crisis de incapacidad creativa.

Pero todo esto no son más que estrategias que tienen los escritores para llamar la atención y para intentar que los tomen en serio. Porque en el fondo los escritores saben, y los profesores de literatura saben, y los críticos saben, y ustedes saben, que la literatura no es otra cosa que un juguete al que se le subieron los humos. Una novela consiste en algo tan fácil como hablar y contar algo y todos ustedes habrán visto que hasta los niños y los anormales y los bobos y los fronterizos hablan y cuentan cosas. Los escritores son bobos con prestigio que no le han hecho ningún aporte importante a la humanidad. Se dan muchos aires y miran por encima del hombro y conceden entrevistas en las que opinan sobre todo lo divino y lo humano (sobre el aborto, sobre la clonación, sobre la democracia, sobre el liberalismo, sobre el neoliberalismo, sobre Aznar, sobre Chechenia, sobre el psicoanálisis, sobre el agua en el mundo, sobre el clítoris de las mujeres de Somalia, sobre las ballenas del Pacífico, sobre el agujero de ozono, sobre internet, sobre la inteligencia artificial). El mundo del arte está lleno de pavos reales y de impostores, pero yo no he visto impostores más grandes que los escritores, porque como hablan más o menos bien y escriben más o menos bien, entonces no los para nadie.

Claro que toda esta impostura no es denunciada por los profesores, porque hay una cantidad de gente que vive de esta mentira, empezando por los mismos profesores de literatura. Es así como los expertos en los saberes del gremio custodian celosamente un secreto: que la literatura es una actividad menor y sin mucha importancia. Esto es verdad, pero no se puede decir, así como el curita ateo de Unamuno no les decía a sus feligreses que no creía en Dios porque a la gente hay que conservarle sus ilusiones. Ni los profesores ni los críticos ni los editores (esas categorías profesionales que viven de chuparles la sangre a los escritores vivos o muertos) pueden denunciar esta impostura porque si lo dijeran ellos, que son los expertos, entonces habría que creerles y los políticos les cerrarían las facultades donde trabajan, las bibliotecas de las que viven, les quitarían los fondos para sus viajes y sus congresos, cancelarían las partidas para los hoteles de todo el mundo por donde se pasean inventando grandes palabras, cometiendo adulterio y envolviendo en conceptos complejísimos ideas elementales. Por cada escritor muerto de hambre de la historia de la literatura hay por lo menos cien profesores de literatura en todo el mundo que reciben un sueldo, van a congresos, escriben ponencias, cometen adulterio, reciben viáticos y al fin se retiran con una jugosa jubilación, y todo por hablar y hablar de un escritor que se murió de hambre, alcoholizado e ignorado por todo el mundo por el simple hecho de que tenía los zapatos rotos, olía mal y decía mentiras.

Los escritores pavosreales y los profesores de literatura y los críticos literarios se pasean por todos los cafés y los aeropuertos y los hoteles del mundo diciendo ridiculeces, pontificando y hablando como libros. No hacen más que competir a ver quién se sabe listas más largas de obras y de escritores, y citas y más citas que más o menos vienen a cuento. Les parece que son muy importantes porque te recitan todos los nombres y todos los títulos de los autores de la vieja Austria, cada una comentada con un apunte ingenioso, pero en realidad esta habilidad (que tiene y que da tanto prestigio) no es más ardua intelectualmente ni más compleja que la de saberse de memoria los nombres de los jugadores de fútbol y recordar sus mejores jugadas, la estrategia del entrenador en el campo, y no es más meritoria que repetir de corrido y sin respirar los resultados de todos los partidos del campeonato de liga o los campeones de todos los mundiales de fútbol. Esa memoria exhaustiva de nombres y de temas y de personajes y de técnicas, esa retahíla de títulos y analogías y referencias es tan sólo otra manifestación de la manía humana por el coleccionismo, nada más.

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  • Martha Senn 22/10/2012 at 5:27 pm

    En esta tremenda critica a la literatura y a quienes la ejercen como arte queda por fuera un factor esencial: los lectores.
    Estoy de acuerdo con lo aqui planteado, en efecto los escritores pueden ser como personas muy lamentables, pero sus obras tienen la vida propia que le dan los lectores. De alguna manera una vez puesta en circulacion, la obra ya no le pertenece a quien la escribe sino a quien la lee.
    Martha Senn

  • Samuel Whelpley 22/10/2012 at 8:38 pm

    Es verdad que existe una operacion de mercadeo que muestra a los escritores pontificando sobre lo humano y lo divino, mientras viven en medio de Salas VIP, peleando por figurar en los medios, repitiendo cursilerias y las mas de las veces dando espectaculos lamentables de sus pequeñas miserias, que llaman “Disputas literarias”. No dejan de ser, en suma Magos de Feria. Y aquel que muere de hambre, un payaso de feria que busca atencion.
    Pero en realidad, si es asi, todo lo que hace el hombre es esencialmente una tonteria, porque todas las actividades humanas muestran el mismo espectaculo: Hay tanto mago de feria o payaso, en la Ingenieria, medicina, como en la literatura. En realidad, importa tanto el nombre en la construccion, en la medicina (Miren los medicos cirujanos plasticos, sonrientes, vendiendo sus servicios, como si su imagen fuera su habilidad) el arte en general y la literatura. Al final, quienes lo reciben, llamense lectores, pacientes, o usuarios, son los que le dan el valor a la obra. Y en eso, ya no le pertenece a quien lo creo, sino al que lo recibio.

  • Ruben 11/11/2012 at 6:48 pm

    El ego es algo muy complicado de domar.

  • Juan 25/01/2015 at 3:15 am

    Antes de empezar, quiero hacer la aclaración -¿vergonzosa?- aclaración de que soy docente de Español y por supuesto, yo enseño literatura. Soy docente o “chupa sangre de escritores muertos de hambre” en sus palabras…Lo cierto es que quiero, desde mi punto de vista de “vampiro de la palabra” mencionar algunas cosas. Por un lado, pienso que el error más garrafal que cometemos los hablantes se llama: La generalización; entiéndase ésta por el arte de acusar/ alabar/ eludir la cualidad/virtud/ defecto de un cierto número de seres, referido a todos los ciertos números de seres. Voy a ser directo: Bajo las circunstancias de la rabia, incomprensión, fatalismo, etc, uno puede caer en el equívoco de insinuar algo así como que los docentes de literatura sabemos que la literatura es una farsa, pero que nos conviene callar, sólo porque ella nos mantiene con nuestras lujosísimas garantías. Eso suena bello, en parte bello. Cuando lo leí, no niego me reí y pensé <> Por supuesto, porque en mi trabajo de “bebe sangre letrada” –yo perdido en el escenario de los adolescentes (adolorables no adorables) tratando por lo menos de acercarlos un poco a la literatura de muertos de hambre y alcohólicos (pavoneantes, camaleones, cursis…No lo sé, eso se lo dejó a usted decírmelo) de García Márquez, Allan Poe…creyendo que en serio mis cinco semestres y medio de universidad pública valdrían la pena, al ver a esos pequeños-futuros del presente por lo menos leerse un cuentico de lo más corto y menos complicado (a ver sí se les queda) de estos escritores (¿o de esos bobos?)-…-En fin, yo sentado en mí modesto escritorio de profesor, entiéndase en el hábitat del chupa letras, así mismo, en el estado natural de nuestro espécimen…repitiendo en mi cabeza alguna medida emergente por sí a mis muchachos no les apasiona la idea de leer cuentos-. Yo, digo que yo, jamás me hubiese imaginado ese tipo de garantías de mi labor parasitaria, a saber, los fondos que el Estado Colombiano –si fuera seguramente el país al que usted se refiere, o con todo respeto, del que es lugar de procedencia- para viajar a congresos literarios; adulterar en lujosos hoteles –en vez de servirle complaciente a la misma cama fría y espaciosa durante décadas-, esas grandes oportunidades de los profesores de literatura, que sólo repetimos nombres y fechas como lo haría un aficionado de fútbol. Pero en serio, verdad me gustaría trabajar en ese país donde nos pagan por congresos, y sobretodo donde adulteramos con caché; porque en el mío, en el que se llama COLOMBIA, mi mayor encuentro abierto con los chupa letrados, está por mucho en los blogs virtuales de tal vez, quién sabe algún escritor. Es decir, yo no sé si es que gracias a mí sea que no hayan cerrado todavía las bibliotecas –tal vez sí, en el mundo al revés donde al Estado le importa la educación y la cultura, en el del Realismo Mágico, donde los profesores adulteran con su moral, sus palabras y sus mujeres-; pero déjeme decirle que no es mentira, que en parte si hay de ese tipo –egresados de la Universidad A… o la Pontificia J… o de cualquier lugar -, pero le aseguro que somos más los que seguimos complaciendo a la misma cama fría y los que nos escurrimos en las aulas de Ciudad Bolívar haciendo poco o a tal vez nada por la sociedad sin tantas pantallas o tableros de letras. Con todo lo que dicho, que siento que ha sido nada, pienso que tengo crisis de fe, frente a ese tipo de profesores con sus grandes privilegios. De todas maneras, me faltaba referirle que me gusta enseñar literatura –además de las razones de mi naturaleza de larva-, porque de por sí, siempre me hizo sentir comprendido por esos hombres extraños impersonales, que sabrá Dios por qué se les ocurrió jodernos la vida con sus palabras y la tinta. Le aseguro que nunca se me hizo farsa tener entre mis piernas las páginas de los libros, las ideas, las palabras, los silencios, esa alma que se presentaba a mí sin titubeos, sin presentaciones incómodas ni modales de cortesía, sino que se me presentaba en la vulgaridad de su confianza, de su trato cercano. Mi mamá y mi abuela se cansaron de decirme que dejara de leer tanto, pero siempre fui tan terco –y eso no es farsa, pregunte y compruebe-, no pude dejar de lado esos espacios conmigo mismo y con esa voz de la humanidad, esa conciencia de la sociedad, esa conciencia de ser vivo –no de envolverse en historias de fantasía, porque sólo los pendejos confunden la literatura con las historias de fantasía-. El caso, es que nunca fue farsa para mí, llegar emocionado a la biblioteca pública a tomar a Víctor Hugo y leerlo, y creer que puedo comprenderlo y sentirme a veces comprendido por él; sin importarme si se pavoneaba o no por llamarse escritor, sin importar que fuera francés de hace 200 años, que jamás nunca lo hubiese visto ni él mucho menos pensado en mi existencia. Pero ahí está, sin que nadie me lo pidiera, yo lo buscaba a él entre sus discursos del progreso (revaluados) desplegados en las novelas por entrega, lo buscaba y sentía que lo encontraba –sin ningún tipo de farsas-. Yo solo sentado con él, riendo con él, sin alguna disculpa hipócrita para querer irme de su compañía. Allí estaba yo, yo tan real, sin ninguna propaganda de ningún colega mío. Así me quedaba yo. Confieso que no se lo había dicho a nadie. Tengo colegas que saben que me gusta este escritor –eso tampoco es ninguna farsa, pregúnteles a ver- pero no les menciono fechas, ni de las publicaciones de cada novela, lo sepa o no, no las repito como un estúpido aficionado de fútbol (con todo respeto señor, pero esa analogía es una bofetada). No, yo no les menciono a mis colegas nada de eso, sólo sonrió como una colegiala cuando ellos me mencionan a Víctor Hugo, al adivinar lo que seguramente estoy leyendo.
    Para no extenderme más, pienso que sus verdades no son totalmente verdades, ni que sus farsas son tan farsas. Tengo que mencionar que es cierto eso de los escritores sensacionalistas que se invento este época, gracias al marketing, el capitalismos, neoliberalismo, industria, sociedad de consumo o como sea, que son unos desgraciados, bombardeándonos con sus libros de pacotilla en cada semáforo o calle. Pero que yo sepa, esos no son escritores, esos sí son grandes imbéciles…

  • Juan 25/01/2015 at 3:26 am

    Antes de empezar, quiero hacer la aclaración -¿vergonzosa?- aclaración de que soy docente de Español y por supuesto, yo enseño literatura. Soy docente o “chupa sangre de escritores muertos de hambre” en sus palabras…Lo cierto es que quiero, desde mi punto de vista de “vampiro de la palabra” mencionar algunas cosas. Por un lado, pienso que el error más garrafal que cometemos los hablantes se llama: La generalización; entiéndase ésta por el arte de acusar/ alabar/ eludir la cualidad/virtud/ defecto de un cierto número de seres, referido a todos los ciertos números de seres. Voy a ser directo: Bajo las circunstancias de la rabia, incomprensión, fatalismo, etc, uno puede caer en el equívoco de insinuar algo así como que los docentes de literatura sabemos que la literatura es una farsa, pero que nos conviene callar, sólo porque ella nos mantiene con nuestras lujosísimas garantías. Eso suena bello, en parte bello. Cuando lo leí, no niego me reí y pensé <> Por supuesto, porque en mi trabajo de “bebe sangre letrada” –yo perdido en el escenario de los adolescentes (adolorables no adorables) tratando por lo menos de acercarlos un poco a la literatura de muertos de hambre y alcohólicos (pavoneantes, camaleones, cursis…No lo sé, eso se lo dejó a usted decírmelo) de García Márquez, Allan Poe…creyendo que en serio mis cinco semestres y medio de universidad pública valdrían la pena, al ver a esos pequeños-futuros del presente por lo menos leerse un cuentico de lo más corto y menos complicado (a ver sí se les queda) de estos escritores (¿o de esos bobos?)-…-En fin, yo sentado en mí modesto escritorio de profesor, entiéndase en el hábitat del chupa letras, así mismo, en el estado natural de nuestro espécimen…repitiendo en mi cabeza alguna medida emergente por sí a mis muchachos no les apasiona la idea de leer cuentos-. Yo, digo que yo, jamás me hubiese imaginado ese tipo de garantías de mi labor parasitaria, a saber, los fondos que el Estado Colombiano –si fuera seguramente el país al que usted se refiere, o con todo respeto, del que es lugar de procedencia- para viajar a congresos literarios; adulterar en lujosos hoteles –en vez de servirle complaciente a la misma cama fría y espaciosa durante décadas-, esas grandes oportunidades de los profesores de literatura, que sólo repetimos nombres y fechas como lo haría un aficionado de fútbol. Pero en serio, verdad me gustaría trabajar en ese país donde nos pagan por congresos, y sobretodo donde adulteramos con caché; porque en el mío, en el que se llama COLOMBIA, mi mayor encuentro abierto con los chupa letrados, está por mucho en los blogs virtuales de tal vez, quién sabe algún escritor. Es decir, yo no sé si es que gracias a mí sea que no hayan cerrado todavía las bibliotecas –tal vez sí, en el mundo al revés donde al Estado le importa la educación y la cultura, en el del Realismo Mágico, donde los profesores adulteran con su moral, sus palabras y sus mujeres-; pero déjeme decirle que no es mentira, que en parte si hay de ese tipo –egresados de la Universidad A… o la Pontificia J… o de cualquier lugar -, pero le aseguro que somos más los que seguimos complaciendo a la misma cama fría y los que nos escurrimos en las aulas de Ciudad Bolívar haciendo poco o a tal vez nada por la sociedad sin tantas pantallas o tableros de letras. Con todo lo que dicho, que siento que ha sido nada, pienso que tengo crisis de fe, frente a ese tipo de profesores con sus grandes privilegios. De todas maneras, me faltaba referirle que me gusta enseñar literatura –además de las razones de mi naturaleza de larva-, porque de por sí, siempre me hizo sentir comprendido por esos hombres extraños impersonales, que sabrá Dios por qué se les ocurrió jodernos la vida con sus palabras y la tinta. Le aseguro que nunca se me hizo farsa tener entre mis piernas las páginas de los libros, las ideas, las palabras, los silencios, esa alma que se presentaba a mí sin titubeos, sin presentaciones incómodas ni modales de cortesía, sino que se me presentaba en la vulgaridad de su confianza, de su trato cercano. Mi mamá y mi abuela se cansaron de decirme que dejara de leer tanto, pero siempre fui tan terco –y eso no es farsa, pregunte y compruebe-, no pude dejar de lado esos espacios conmigo mismo y con esa voz de la humanidad, esa conciencia de la sociedad, esa conciencia de ser vivo –no de envolverse en historias de fantasía, porque sólo los pendejos confunden la literatura con las historias de fantasía-. El caso, es que nunca fue farsa para mí, llegar emocionado a la biblioteca pública a tomar a Víctor Hugo y leerlo, y creer que puedo comprenderlo y sentirme a veces comprendido por él; sin importarme si se pavoneaba o no por llamarse escritor, sin importar que fuera francés de hace 200 años, que jamás nunca lo hubiese visto ni él mucho menos pensado en mi existencia. Pero ahí está, sin que nadie me lo pidiera, yo lo buscaba a él entre sus discursos del progreso (reevaluados) desplegados en las novelas por entrega, lo buscaba y sentía que lo encontraba –sin ningún tipo de farsas-. Yo solo sentado con él, riendo con él, sin alguna disculpa hipócrita para querer irme de su compañía. Allí estaba yo, yo tan real, sin ninguna propaganda de ningún colega mío. Así me quedaba yo. Confieso que no se lo había dicho a nadie. Tengo colegas que saben que me gusta este escritor –eso tampoco es ninguna farsa, pregúnteles a ver- pero no les menciono fechas, ni de las publicaciones de cada novela, lo sepa o no, no las repito como un estúpido aficionado de fútbol (con todo respeto señor, pero esa analogía es una bofetada). No, yo no les menciono a mis colegas nada de eso, sólo sonrió como una colegiala cuando ellos me mencionan a Víctor Hugo, al adivinar lo que seguramente estoy leyendo.
    Para no extenderme más, pienso que sus verdades no son totalmente verdades, ni que sus farsas son tan farsas. Tengo que mencionar que es cierto eso de los escritores sensacionalistas que se invento este época, gracias al marketing, el capitalismos, neoliberalismo, industria, sociedad de consumo o como sea, que son unos desgraciados, bombardeándonos con sus libros de pacotilla en cada semáforo o calle. Pero que yo sepa, esos no son escritores, esos sí son grandes imbéciles…