Columnas

Un poeta, un filósofo, un tendero y un tropero

28/08/2016

NEGOCIADORES

Una de las cosas más difíciles de la vida es aprender a confiar. Cuando se aprende, lo más difícil es saber escoger en quién confiar. Y lo más difícil de todo: no equivocarse. Casi siempre, para no equivocarse, se empieza por los parientes. Se confía, por ejemplo, en un hermano. Eso fue lo primero que hizo el Presidente Santos: confió en su hermano Enrique para hacer los primeros contactos secretos con las Farc. Como el hermano mayor tenía un pasado en la izquierda, y como no iba a traicionarlo, lo puso al lado de un pequeño grupo de funcionarios: Frank Pearl (a quien ya Uribe había encargado de entrar en contacto con la guerrilla), Alejandro Eder, especialista en resolución de conflictos, y Sergio Jaramillo, que era el hombre discreto, riguroso y recto como un monje budista, que había sido su vice en el ministerio de defensa. Fueron ellos quienes firmaron el marco del acuerdo general: los temas de discusión, las reglas de juego. Ese documento con una agenda cerrada, serio y conciso, de apenas 5 páginas, es la base sólida del gran Acuerdo que hoy celebramos.

Tras ese primer éxito de sentar a la mesa a la guerrilla para discutir unos temas que solo se filtraron al final, hay que sacrificar la pieza de más confianza, pero la más problemática políticamente: el propio hermano. Para no ser acusado de nepotismo, para que un montón de suspicaces no dijeran que todo lo decidía el hermano mayor, Enrique Santos sale del equipo y no queda ni en la banca. Del grupo inicial siguen el filósofo callado, Jaramillo, el muy competente ex comisionado de paz, Pearl, y hay que escoger otros cuatro que inspiren la misma confianza, pero cubran otros flancos.

Ahí viene una jugada maestra: poner en el equipo a los enemigos directos de la guerrilla (y a veces de la paz), dos generales, uno del ejército y otro de la policía. Dos generales de los que nadie pudiera decir que eran castrochavitas. Y escoge al general Mora, el mismo que recuperó el Caguán a sangre y fuego tras los abusos guerrilleros en el proceso de paz de Pastrana. A su lado, el general Naranjo, un caballero y un audaz contrincante del narcotráfico. ¿Qué faltaba? Un político íntegro, honrado y con experiencia en negociaciones de paz. Humberto de la Calle era el perfecto para ese puesto, y al ser muy carismático, el más adecuado para liderar el equipo. Por último, alguien de la clase empresarial. Nada mejor que el presidente del gremio de los industriales, Luis Carlos Villegas. Después de tener confianza, Santos escogió muy bien, con la inteligencia de la cabeza y del corazón (las corazonadas). El presidente Santos, que no tiene el arrastre, la figura ni la labia de Uribe, tiene algo mejor que el antioqueño: sabe confiar y sabe delegar. Además no se rodea de gente que acaba casi siempre en la cárcel, sino de personas honorables. Saber confiar y saber escoger, así sea gagueando, es más importante que saber gritar.

El éxito histórico de este proceso de paz se debe a un equipo intachable que se ha sacrificado cuatro años por todos nosotros. Al poeta De la Calle y al filósofo Jaramillo, se unieron personas de las que uno no duda. Y cuando a Villegas lo nombran ministro, se pone un suplente fresco con un estilo que faltaba entre la clase empresarial: un comerciante, un tendero, que como todo comerciante es un experto en regateos y en mañas de negociación: Gonzalo Restrepo, el que convirtió a El Éxito, un buen supermercado paisa, en un emporio internacional. Lo único que faltaba en este país machista eran mujeres, que llegaron al fin, y menos mal porque si no llegan no nace el niño. Se le encargó a una abogada muy competente, María P. Riveros, la filigrana jurídica final. Y ella bordó las últimas puntadas al lado de una gran diplomática, María Ángela Holguín. Estos verdaderos héroes domaron una fiera, amansaron al lobo de las Farc, que ahora tendrá el valor de combatir sin armas. Nunca estaremos con ellos tan agradecidos como se lo merecen.

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