Columnas

Un poeta catalán

21/06/2015

 

Joan Margarit

 

 

Muchas veces he dicho que en mi caso viajar vale la pena si descubro un poeta. Casi nunca me pasa, pero camino playas, montañas y ciudades con una linterna, o mejor, con todos los sentidos aguzados para encontrarlo. Esta vez tuve suerte: me topé en Galicia con un poeta catalán. Fue por casualidad. En la banca de un parque frente al mar, en La Coruña, alguien dejó tirado un suplemento, el ABC Cultural. Y había una entrevista. Todo lo que decía el poeta me pareció sabio (mucho más de arquitecto que de vate); claro y hondo a la vez, que para mí es la muestra de la madurez vital y literaria. Un ejemplo: “La verdad que encierra un poema siempre tiene un punto de cruel. La verdad es necesaria, es deslumbrante, pero a la vez hace daño.” Después en la red encontré otra entrevista en que decía algo importante para un poeta arquitecto que al componer mezcla castellano y catalán, como arena y cemento: “Ya que Franco nos jodió, no voy a renunciar ahora a las ventajas de dominar dos lenguas”.

 

Ya en Madrid, en mi librería favorita (la Alberti), compré un volumen recién impreso: Todos los poemas. No están todos, parece, pero con 800 páginas me podía conformar. Lo metí en la mochila y empezó a acompañarme por las calles, en los cafés, los parques… A veces, al bajarme del metro, tenía que seguir leyendo mientras caminaba, para que el libro no dejara de iluminar mi vida. Porque este poeta habla de su experiencia de la vida con precisión, y si hay precisión, sospecho, las vidas de todas las personas se parecen. Para él la poesía “es la más exacta de las letras en el mismo sentido que las matemáticas son la más exacta de las ciencias.”

Quizá todos tenemos en nuestra vida un incidente que no es -como los otros- episódico, sino que se erige en marca, en señal particular, y nos persigue siempre, incluso más que el fierro de propiedad de las bestias y tanto como el tatuaje en la muñeca de los sobrevivientes al Holocausto. En la vida de este poeta (y lo sé sin conocerlo porque sus poemas son el relato, el comentario y la reflexión sobre una vida) el suceso central es la muerte de la hija, y los treinta años pasados al lado de esa niña con deficiencias, pero que deja en él una marca luminosa de ternura, tristeza y felicidad. El libro dedicado al periodo de su enfermedad y muerte, Joanna, es uno de los más dolorosos, intensos y sinceros que he leído. Una música sacra de palabras, como la de Mahler cuando escribió sobre los niños muertos.

No voy a citar los versos de ese libro, que tienen todos un equilibrio entre la contención y la intensidad que hace temblar. Referiré más bien el comentario que hace el poeta a la tragedia oculta en la vida de Neruda (su huida y cobardía esencial, digamos): el abandono, desde los dos años, a su niña anormal, Malva Marina. El poeta reflexiona después de oír al chileno recitar sus poemas grabados: “Ególatra y patético, mi héroe / ¿llegó a sentir alguna madrugada / que amar no es escribir cantos de amor?”. Porque, como escribe en su excelente prólogo José-Carlos Mainer, este poeta es realista “en el sentido primigenio, casi medieval de la palabra: partidario de que las cosas no sean abstracciones nominalistas (amor, dulzura, melancolía…) sino realidades concretas.”

Leyéndolo (y sonriendo y llorando mientras lo leía) he sentido una voz ajena que resuena en mi cráneo casi como si fuera algo que yo ya había pensado pero confusamente y sin las palabras justas, sin tanta lucidez, crueldad y claridad, pues sus poemas duelen e iluminan, o quizás iluminan porque duelen. Termino con una cita más, que hablaba de mi propio viaje, de mi yo en busca de casa: “Siempre he querido irme: / si viajo es porque aún insisto en perseguir / un lejano lugar como refugio. Y no regresar nunca. / Vi la casa más bella que recuerdo haber visto, / y también mi última oportunidad. / Pero ya estoy lo suficiente lejos. / Ahora no hace falta que me marche”. Aún me falta escribir el nombre del poeta: Joan Margarit.

 

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  • Natalia Jaramillo 22/06/2015 at 7:05 pm

    “Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos.
    Quizá el último acierto
    sea -abrazado a ti-
    dejar pasar los trenes en la noche.”

    Sí, sus versos quitan el aliento y dan respiro. Gracias!