Columnas

Un país en bicicleta

13/03/2016

En una de mis vidas anteriores, cuando estudiaba en Turín, recuerdo haber leído a un periodista deportivo italiano que escribía en tono de burla algo que nunca se me va a olvidar. Se estaba refiriendo a unos cuantos ciclistas colombianos que habían ido al Giro de Italia y se reía de ellos así: “pobres ratoncitos oscuros (poveri topolini scuri) que todavía no saben lo que es el Alpe”. Recuerdo que para más inri lo ponía así, en singular: el Alpe. En esa época, en vez de foro, uno mandaba en sobre y en papel cartas a la dirección. Entonces yo le escribí así al director del periódico: “los oscuros ratoncitos colombianos no sabrán lo que es el Alpe, pero sí saben lo que es el Ande.” Una o dos semanas después uno de esos “topolini” ganaba una etapa de montaña en los Alpes. Pero todavía hacía falta el triunfo de Nairo Quintata en el Giro, con grandes etapas coronadas en los Apeninos, para yo sentir que esa vieja ofensa estaba completamente vengada.

En un mundo que tiende a considerar mejor lo grande que lo chico, habría que tener en cuenta que para trepar por las montañas más vale ser pequeño y flaco que grande y musculoso. Lo cual lo demuestran no solamente los “ratoncitos oscuros” de nuestro mejor ciclismo sino también los pequeños caballitos criollos, que en las lomas largas siempre van a dejar atrás a los pesados percherones.

Sin embargo en estos días un gran pedalista de La Ceja, Fernando Gaviria, le ha dado un golpe más a los estereotipos sobre Colombia y el ciclismo colombiano. Con una agilidad, una fuerza y una personalidad que pareciera indicar más edad (tiene apenas 21 años) Fernando Gaviria les está ganando también a los percherones europeos en su propio terreno: en lo que los italianos llaman la “volata”, es decir, el sprint, el embalaje final en las carreras llanas. Su más reciente triunfo fue en la Tirreno – Adriático, pero poco antes había sido también medalla de oro en el ómnium Mundial de pista. Y tanto la prensa italiana como la inglesa dicen que el cejeño es uno de los mejores neo-profesionales que se han visto en muchos años.

Quisiera aprovechar los triunfos de un nuevo y prometedor ciclista antioqueño para insistir en algo que debería ser ya obvio y obligatorio en las ciudades colombianas: es necesario darles a las bicicletas muchísimo más espacio. Alcalde de La Ceja: no honre a su hijo más famoso de hoy con una caravana: deje que los ciclistas se tomen las calles del pueblo, como en Amsterdam y construya una ciclovía hasta Rionegro. Alcalde de Medellín: las estaciones de bicicletas públicas están cerradas y habría que potenciarlas con bicicletas eléctricas y ciclo rutas por las lomas. Y Alcalde de Bogotá: deje de pelear todos los días porque sí y porque no, como si su P fuera la misma P de su predecesor. Cálmese, y para calmarse, monte más en su viejo caballito: la bicicleta.

Vivo en Holanda desde hace un mes y medio y me doy  cuenta de que ya no llego a la oficina de mal genio por la mañana. Creo que esto se debe a dos motivos. Uno, seguramente, es que no tengo que oír por radio al senador Uribe dando alaridos e insultando (es decir dándole todavía más mal ejemplo a un país ya de por sí camorrero y verbalmente salvaje). Pero el fundamental es otro, y es que me transporto, en pleno invierno, con lluvia o sin lluvia, de día y de noche, en bicicleta. Y no hay nada más cómodo, más silencioso, más ecológico ni más saludable.

Algunas de las personas más ricas de Colombia tienen montado un negocio redondo: no influyen para que haya buen transporte público, no apoyan tampoco las bicicletas, y se enriquecen vendiendo motos baratas, casi sin impuestos, y con patentes de conducción sin examen, a los pobres que no tienen como más transportarse. Si hubiera impuestos a la venta de motos, e incentivos para comprar y usar bicicletas, tendríamos pueblos y ciudades con mejor aire y con ciudadanos más sanos y felices. E incluso ciclistas mejores que Gaviria y Nairo, en pocos años.

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