Columnas

Un cura sin fe

30/03/2014

san_manuel_bueno_martir         En una bonita novela de Miguel de Unamuno, San Manuel Bueno, mártir, se cuenta la historia de un cura de pueblo que ha perdido la fe en Dios. Sin embargo, para no escandalizar a sus feligreses, oculta su desencanto, sigue predicando como si creyera, y solo se atreve a confesar su secreto a un amigo. Esta crisis existencial tan bien contada por Unamuno, es típica de la temperatura filosófica de principios del siglo XX: caída la fe religiosa, muchas personas se refugiaron en otras creencias. La fe en la novela, por ejemplo, o la firme confianza en la ciencia.

Acabo de asistir a la Bienal de Novela Mario Vargas Llosa en Lima, una nueva iniciativa para estimular la creación literaria en nuestra lengua, y allí, ante algunos curas y obispos de mi religión literaria, declaré haber perdido la fe en la literatura, como en su momento la perdió, en Dios, el curita de don Miguel de Unamuno. Tal vez debí haberme tragado yo también esta confesión y, ante un público de jóvenes sedientos de literatura, hacer hipócritamente la misma homilía de todos mis colegas: un ditirambo sobre las maravillas de la novela.

Al fin y al cabo, en Lima, estábamos asistiendo a un evento que enlaza -a medio siglo de distancia- una importante tradición literaria: hace 52 años la primera novela de Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, recibió en Barcelona el Premio Biblioteca Breve. En una exposición abierta en la Casa de la Literatura Peruana se podía ver el acta de premiación del jurado. Hasta el final, compitiendo con la ganadora, hubo dos novelas colombianas, El día señalado de Manuel Mejía Vallejo y En Chimá nace un santo, de Manuel Zapata Olivella. Es agradable ver de qué manera se encadenan los asuntos culturales, los estímulos públicos y privados que ayudan a consolidar una tradición. También es interesante tratar de prever cuáles serán los escritores más leídos de nuestra idioma cuando pasen otros cincuenta años. No me tocará verlo.

En la Bienal de Novela Vargas Llosa (inspirada por la energía, la vitalidad y la curiosidad de un hombre excepcional) participaron casi 400 libros; hubo 10 semifinalistas, 3 finalistas, y al final un único ganador, Juan Bonilla, un escritor andaluz sensible y talentoso como pocos. Quizá dentro de medio siglo se puedan leer los intríngulis de esta decisión, y alguien quiera saber por qué el jurado prefirió el libro de Bonilla sobre el poeta ruso Maiakovsky (Prohibido entrar sin pantalones), por encima de los otros dos finalistas: Juan Gabriel Vásquez con Las reputaciones, y Rafael Chirbes con En la orilla. Hace 50 años los jurados de Seix Barral escogieron la novela genial de un joven peruano, por encima de dos buenas novelas colombianas. ¿Habrá pasado lo mismo esta vez?

Mi declaración de desencanto literario no fue, obviamente, para dudar de la validez del concurso -absolutamente serio e independiente- ni para aguar la fiesta con una apostasía pública de un arte que sigo queriendo mucho. No es que yo ya no crea en el arte de la novela tal como la practican muchos de los escritores reunidos en Lima. Lo que he perdido es la confianza de ser capaz yo mismo de escribir una novela que valga la pena. Las creencias, en nuestro tiempo, no son tanto un hecho colectivo (como de iglesia), sino una fe privada. Siento que otros, y no yo, son capaces de escribir una buena novela. Y sé que para emprender esa travesía del desierto que es escribir una novela hay que empezar por lo menos con la ilusión de que uno será capaz de no morirse de sed en el intento. Aunque no estoy seguro ni siquiera de esto: Javier Cercas, Rosa Montero y el mismo Vargas Llosa insistieron en que uno siempre debe seguir adelante, y escribir y escribir, así se ahogue en la mitad del océano. Pienso hacerles caso: escribir una novela es de todos modos una aventura fascinante; incluso una novela fallida nos puede decir mucho sobre lo que somos realmente. Un entusiasmo como el de Vargas Llosa es capaz de devolverle la fe al más escéptico.

You Might Also Like

  • Ricardo Bada 30/03/2014 at 9:04 am

    San Héctor Bueno, deja que viajen los otros y sigue novelando sin fe, por favor, retirado en el monasterio del que, por derecho propio, eres abad. Tus fieles fieles (sic) te lo agradeceremos en el alma.

  • mcjaramillo 30/03/2014 at 6:03 pm

    Hace bien en recobrar la fe. Cuando termine la nueva novela veremos si fue fallida o no.

  • Ana Maria Cadavid 30/03/2014 at 10:18 pm

    Hector el viernes hice el reconocimiento y aceptación de una realidad: Ya no soy arquitecto. Lloré. Mi consuelo es que aun me queda la escritura. No decepciono a nadie. No hay gastos ni desperdicios. No hay expectativas… de nadie, distinto, a mi misma.

  • Javier Bañares 31/03/2014 at 10:58 am

    Antes entrarán en el reino de los cielos (literarios y de los otros) los que dudan que los portadores de fe ciega.

  • Nicolás Rojas 01/04/2014 at 8:47 pm

    No sé por qué esto me suena como una amortización del escepticismo expresado en la Bienal. Empecé a leer con más entusiasmo, inquieto por escuchar un sincero desencanto que intentara remover los cimientos del esteticismo actual, pero mis expectativas se frustraron en su pálido anuncio: la fe perdida no era la fe en la literatura (como lo dijo al comienzo), sino en su propio talento. Lo creo así porque dudo mucho que usted hubiera decidido ir a dicho evento con la sola pretensión narcisista de ventilar sus preocupaciones personales.