Columnas

Un Calígula del siglo XXI

21/01/2017

Trump 1

 

Un dueño de casinos, un especulador inmobiliario, un organizador de reinados de belleza, un empresario mediocre que se ha declarado en bancarrota con el único fin de enriquecerse y no pagar las deudas, un racista que durante años acusó falsamente a Obama de ser un presidente ilegítimo por no haber nacido en Estados Unidos, un viejo verde que se niega la edad tiñéndose de rubio el pelo cano y cambiando cada decenio de esposa o de modelo; un megalómano egocéntrico que bautiza con su apellido (Trump = Triunfo) todo lo que toca, es el nuevo presidente del imperio americano. Su victoria es el síntoma más claro y lamentable de la decadencia de Occidente.

Occidente fundó su derecho a defender ciertos ideales en algunos principios básicos: la fraternidad y los derechos humanos (de todos los hombres, no solo de los blancos nacidos en cierto territorio); el respeto a la razón y al conocimiento científico (Trump niega la evolución, niega el calentamiento global y piensa que las vacunas son dañinas); el libre comercio (el nuevo líder es un proteccionista a ultranza); la libertad de expresión y de prensa (nunca un presidente del Imperio había tenido un trato más despótico con los medios de comunicación); el respeto por las mujeres, los gays y las minorías (múltiples actuaciones de Trump son la demostración de su desprecio por estas conquistas de Occidente). Todos estos principios (majaderías del establishment, para el nuevo presidente) han sido negados por Trump, y sus nombramientos y primeras actuaciones solo hacen presagiar momentos oscuros y violentos para su país y el mundo.

Los historiadores describen a Calígula, el emperador romano, como cruel, narcisista, extravagante y perverso en su vida sexual. Le gustaba hacerse pasar por un semidiós y erigió templos en su nombre donde debía ser venerado (el templo contemporáneo son los rascacielos, ¿les suena la Torre Trump?). Se dice que Calígula, para manifestar su desprecio por los funcionarios romanos (la vieja casta política) nombró cónsul a Incitatus (Impetuoso), su caballo. Trump no ha nombrado caballos de ministros, tan solo millonarios blancos, uno de los cuales (nada menos que el ministro del tesoro) ocultó que tenía 100 millones de dólares más de los que había declarado al Congreso. El olvidadizo señor Mnuchin, un banquero de Wall Street, confirma una de las más grandes mentiras de Trump en campaña: que él estaba en contra de establecimiento bancario que produjo los desastres del segundo gobierno Bush. A la ideología reaccionaria Trump añade un cúmulo de conflictos de interés entre sus empresas y el gobierno, y entre los intereses de sus ministros y la administración. Es el único presidente que no ha querido publicar su declaración de renta.

Después del juramento de Trump, al mediodía del viernes, dos de las primeras acciones que tomaron sus subordinados fue bajar de la página oficial de la Casa Blanca los espacios dedicados a los riesgos del cambio climático y a los derechos de las comunidades LGTB. Lo primero es una burla a la ciencia y una negación de lo evidente; lo segundo confirma su desprecio por la igualdad entre todos los seres humanos.

Quizá lo más antipático, patriotero y populista del discurso inaugural de Trump fue su insistencia en un nacionalismo efectista y trasnochado. El país más rico del mundo, el que más exporta y el que más importa, debe soportar un eslogan tercermundista: “americano compra americano”. Ridículo. Y la frase más repetida en el más mediocre discurso inaugural de la historia fue: “America first!”. Primero Estados Unidos. Es decir, el egoísmo como sueño y el ombligo como horizonte.

Nuestra única esperanza es que los norteamericanos que no votaron por Trump (que son la mayoría), y los que ahora protestan por defender ciertos principios y derechos, consigan unir a una élite torpe y desconcertada que dejó llegar a un megalómano y un loco al puesto más importante y con más responsabilidades que hay en el planeta.

Trump 2

 

 

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