Columnas

Los beneficios del sí

25/09/2016

 

Es bonito el adverbio “no”. Muchas veces en la vida es necesario decir “no”: no al abuso, no a la violencia, no a la humillación, no a la injusticia, no arrodillarse al poder. El “no” suele ser el adverbio de la dignidad: no me dejo comprar, no acepto mermelada, no le doy la mano a un asesino, no admito que me amenacen o me insulten. Como decía Kavafis, a todos en la vida nos llega el momento de decir el gran “sí” o el gran “no”.

A veces la cobardía es decir “sí” (obedezco a mi superior y mato un inocente, aplaudo por miedo a alguien con quien no estoy de acuerdo, voto lo que diga mi jefe político). Pero a veces también la cobardía es decir “no”: no me atrevo a probar algo distinto, no soy capaz de dar una oportunidad a quienes quieren cambiar de camino, a quienes quieren dejar de matar por sus ideas y aceptan someter sus ideas al veredicto del pueblo.

En este último medio siglo Colombia ha sido el país del “no”. Unos campesinos se rebelaron contra humillaciones y dijeron “no” de un modo inaceptable: con armas. El Estado no aceptó ninguna de las razones (algunas válidas) de esos campesinos y se negó a transigir en todo. Su “no” asumió también una forma inadecuada: legal, pero violenta y exagerada. Y entonces vinieron un “no” tras otro: no me dejo y crezco, no me dejo y mato, no me dejo y secuestro, no me dejo y trafico con tal de ganar. No, no y no. Era el “no” de la ira y del resentimiento. Y el Estado igual: no se dialoga con terroristas, no se cede al chantaje, no se cede a los secuestradores… Y así, de no en no, llegó el pantano. Nos acostumbramos a que lo anormal fuera la norma: lo normal ha sido la guerra de baja intensidad permanente. No, no y no, decía la guerrilla; no, no y no, decía el Estado. Nonombia.

Por primera vez en medio siglo el Gobierno y la guerrilla, tras un proceso serio, largo, arduo, y muy bien llevado (con el Acuerdo mejor que se podía alcanzar, un Acuerdo que por definición no puede dejar contenta a ninguna de las partes) nos ofrece la posibilidad de una salida. Y la salida es el “sí”. Nunca en medio siglo habíamos estado ante una oportunidad más clara, neta e importante de cambiar la lógica monstruosa, repetitiva, de este país del “no”. En el Acuerdo no se entregan territorios; el Estado no cambia el modelo de libertades personales y económicas; la guerrilla no podrá hacer política con amenazas. Por eso hay que votar “sí”.

¿Nos vamos a asustar ante este “sí” porque la guerrilla va a tener 8, o 16, o 30 congresistas de 268 que hay? ¿Nos vamos a echar para atrás ahora porque los ex guerrilleros van a tener libertad de palabra y de movimiento? ¿Nos vamos a negar esta oportunidad porque Granda no va a podrirse en la cárcel, o porque el pueblo puede votar por marxistas? En toda democracia seria se puede votar por marxistas o comunistas o chavistas. Decir lo contrario es ridículo y dictatorial. El “no” en este momento no es dignidad. El “no” en este momento es puro miedo: es seguir en lo malo conocido, en el conflicto indefinido, en los tiros y las bombas, en la acusación a una mitad del país de ser guerrillera y a la otra mitad de ser paramilitar. El “no” es la continuación cobarde de lo absurdo y de lo que ya ensayamos. La continuación del fracaso.

El “sí” es tener el valor de darnos la oportunidad de ser un país distinto, pacífico, renovado. Un país en el que nos podamos dedicar a lo verdaderamente importante: el agua, la comida, la educación, los mares, las selvas, los páramos, la música, la cultura, los libros, la felicidad. No el país del espanto. No el país del miedo: el país distinto. El “sí” no promete un paraíso: somos humanos muy imperfectos. Pero sí nos promete quitarle un pedazo al infierno de la violencia. Sin miedo seremos más libres y más felices. Discutiremos más, pero sin una pistola en la nuca. Voy a votar , pero no por las Farc, sino para que las Farc sean un partido sin armas, por el que se pueda votar, así yo nunca vaya a votar por ellos.

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