Columnas

Ser extranjero

07/02/2016
Foto de Netherlands Institute for Advanced Studies

Foto de Netherlands Institute for Advanced Studies

Extraño y extranjero tienen las mismas raíces, pues ambas vienen del latín extraneus (no es que yo sea muy culto, acabo de mirarlo en un diccionario). Y está bien que sea así porque todo extranjero extraña, en los varios sentidos de esta última frase: extraña a los nativos, los inquieta, y él extraña su tierra, su paisaje, su lengua, a sus amigos. Desde hace una semana soy de nuevo extranjero, como lo he sido otras veces en la vida. Esta vez en los Países Bajos. Ser extranjero me anima, me entusiasma, pone mi mente a mil, y unos meses después me aterra y me deprime. Pero por ahora estoy en la fase maníaca; ya les contaré si me llega la depresiva.

He sido extranjero en México y en España, pero en esos países, por la comunión de la lengua, uno es más forastero (de fuera) que extraño. Uno es extranjero en otros países del español, pero no extravagante; apenas ligeramente descentrado. En las lenguas ajenas, y más cuanto más lejos estén de la nuestra, uno es progresivamente excéntrico hasta llegar a ser estrambótico. En Italia no tanto, más en Estados Unidos y todavía más en Alemania; en Egipto y en China, ni se diga, pues allá uno no solo no sabe hablar, sino tampoco leer, con lo que pasa a ser analfabeta. En Holanda se puede deletrear lo que dicen los periódicos, pero no pronunciarlo (el neerlandés no tiene una escritura tan fonética como el alemán), y entiende pocas palabras. Digamos que aquí uno está a mitad de camino entre Italia e Indonesia. Con la ventaja de que el 97% de los holandeses hablan inglés, y más de la mitad prácticamente sin acento.

Los países periféricos con una población limitada (aunque los neerlandeses se sientan “el faro moral del mundo”), y con mayor razón si tuvieron aventuras coloniales, son más curiosos y abiertos a otras lenguas y culturas. Incluso, si se quiere, más hospitalarios. No sienten, como los españoles, los alemanes, los ingleses, los chinos o los gringos, que con su lengua les basta y sobra. Por eso aprenden otras con pasión y habilidad. También los nórdicos son así, y los bálticos, y los judíos, y los gitanos: más abiertos y más cosmopolitas, más predispuestos a cierto nomadismo cultural.

En el instituto donde me dan una beca y una oficina para escribir (el NIAS: Netherlands Institute for Advanced Studies) convivimos personas de muchas naciones y profesiones distintas. Hay demógrafos, historiadores, lingüistas, médicos, neuro-psicólogos, etc. Cada becario tiene su propia investigación y su propia disciplina. Dos de los proyectos que más me han interesado tienen que ver con cosas muy diferentes. El primero es de un filósofo de origen iraní que analiza la teología islámica para entender y hacer la crítica de la actitud de ciertos clérigos de esa religión frente a las relaciones homosexuales. Algunos países donde los hombres se saludan de beso y van por la calle tomados de la mano, son los mismos que castigan con pena de muerte la homosexualidad. En Irán, sin embargo, este castigo es casi imposible de que se dé pues es necesario que cuatro testigos varones vean simultáneamente a los implicados teniendo sexo. De este modo el delito y la condena son bastante improbables.

El otro proyecto que me asombra lo lleva a cabo un hombre de dos metros de estatura. Él considera que con cierto tipo de alimentación y con unos cuantos ajustes genéticos podríamos conseguir que el tamaño de la gente disminuyera. Holanda es el país con el promedio de estatura más alto del mundo; el crecimiento inusitado de la población se empezó a dar al mismo tiempo que la producción masiva de quesos maduros, hace un par de siglos. Pero para este investigador lo mejor para el ecosistema (consumo de espacio, alimentos, energía) sería lograr reducir la estatura humana a menos de metro y medio. Si en la cultura corriente casi todos quieren ser más altos, fascina alguien que aspire a un mundo liliputiense, un mundo en el que los extranjeros en Holanda dejaríamos de sentirnos humanos en miniatura.

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  • Laura S. 15/02/2016 at 3:56 pm

    Siempre me ha parecido placentero leer lo que usted escribe pero nunca me había sentido tan identificada con una de sus historias como me siento con esta. Desde hace un par de semanas, supongo que por la misma época en que usted llegó acá, resido como extranjera en los Países Bajos. A diferencia suya, esta es la primera vez que vivo fuera de Colombia. No hablo neerlandés y eso me aturde a ratos pero al mismo tiempo lo encuentro intelectualmente desafiante; en cuanto a la estatura, si en Colombia soy una persona más baja que el promedio, imagínese acá.
    Me gustaría poder seguir leyendo sobre su experiencia en Holanda y saber más sobre el proyecto que se encuentra realizando aquí.