Columnas

Regalos y gratitud

20/12/2015

 

 

Gerard_van_Honthorst_-_Adoration_of_the_Shepherds_(1622)

Adoración de los pastores, de Gerard Van Honthhorst (1622).

 

La envidia envenena la vida; la admiración la llena de sorpresa y maravilla; el resentimiento sirve solamente para buscar oportunidades de venganza y la venganza no es tan dulce como dicen pues nos expone al miedo de que el otro también se desquite. El perdón y la gratitud quitan un peso de encima, y le dan a la vida la levedad necesaria para sentir alegría, y para que las horas no sean una rumia constante de prevención, rabia o maledicencia.

El párrafo anterior está lleno de palabras que se refieren a eso que en literatura se llama “pasiones humanas” y que las religiones designan como “vicios o virtudes”: envidia, admiración, resentimiento, venganza, gratitud, perdón… Las ciencias cognitivas contemporáneas intentan entender lo que esas actitudes mentales producen en nuestra psicología e incluso en nuestro cuerpo. Hay lugares comunes verdaderos: la ira enferma y el perdón alivia.

Hace poco leí, en un artículo de Susan Pinker, sobre los convenientes efectos psicológicos y corporales de la gratitud. Parece ser que los agradecidos capaces de expresar de alguna forma su agradecimiento, son más felices y viven mejor: comen bien, se cuidan, tienen menos conflictos con los demás. Yo he notado que los rencorosos se remuerden en una especie de perpetua tortura psicológica: reviven la afrenta una y otra vez, sin poderla olvidar, y cada vez que la rumian renuevan la herida. No tienen paz interior porque son incapaces de la limpieza del olvido.

En los escépticos y no creyentes como yo resulta siempre un misterio el éxito de las religiones y de los libros de autoayuda. Sin embargo el tiempo de Navidad es propicio para entender ciertos efectos que una fiesta de origen religioso produce: la Navidad ayuda, al menos en las familias funcionales, a re-ligar (de ahí viene la palabra religión), es decir, a renovar los lazos de amor, simpatía, ayuda mutua, entre las personas. Y los libros de autoayuda gustan y se venden porque les dan a las personas consejos triviales que, sin embargo, tienen ciertos efectos de consuelo, de favorables cambios de actitud mental.

No estoy escribiendo un artículo de autoayuda sino de Navidad. En nuestra tradición católica (y en las costumbres familiares de mi casa), estos días de Nochebuena y Año Nuevo, son los que se usan para la unión, el agradecimiento y el perdón. Puede sonar ridículo, pero juntarse y cantar en familia, desentonados, “Noche de paz y de amor”, tiene efecto en el afecto, o para decirlo de un modo más técnico, sirve casi como un elemento de programación neurolingüística: nos predispone a tener sentimientos agradables.

Cuando uno da regalos, no como una forma de consumismo, y no a la familia, sino a las personas que nos han hecho la vida más fácil durante el año (colegas, empleados, asistentes en algún trabajo), se está expresando gratitud de una manera tangible. Una camisa o un billete al señor que nos ha abierto la puerta durante todo el año, algún detalle alegre al jardinero que hizo que cada mes floreciera el jardín, una caja de chocolates a la guardiana de nuestros secretos: dar es una forma sutil y palpable del agradecimiento y la Navidad no es una fecha, sino un pretexto.

Este año recibí tres regalos extraordinarios: de Tamara Vaadia, unas cartas originales que Alberto Aguirre le escribió a su marido, Yosef. Así volví a conversar con mi viejo amigo muerto. Del dibujante Gustavo Jaramillo, un retrato en el que mi padre parece mirarme vivo. Y otro retrato, hecho por Vladdo, de Carlos Gaviria. Este último regalo lo recibí ayer, como aguinaldo, y sé que me acompañará mientras viva. Como mi única gracia es saber más o menos juntar palabras, aquí les agradezco a los tres, Tamara, Gustavo, Vladimir, esos regalos. Entiendo sus presentes como un combate eficaz contra la muerte. Recibir esos regalos me ha dado ganas de escribir. Sí, de escribir. Que es la única forma en que yo sé agradecerles a todos ellos, a todos ustedes, lectores, y a la vida.

Feliz Navidad.

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  • Paula Andrea 20/12/2015 at 6:50 pm

    Maravillosas palabras para renovar el alma y reivindicar la nobleza de lo humano. A ti gracias por celebrar la palabra indeleble en tus obras y escritos. Abrazos desde Venezuela (pero con un vínculo inquebrantable con Medellín) . Paula Andrea