Columnas

¿Quiénes son los patriotas?

19/06/2016

Los políticos y agitadores de la extrema derecha colombiana están creando un ambiente de virulencia verbal y de degradación de la discusión pública tan graves, que pueden conducir nuevamente a años de violencia política, y a un reemplazo de las vías democráticas por las vías de hecho. No se están portando como patriotas que defienden un país, sino como sectarios que desprecian a los otros.

Me alarma ver el nuevo tipo de político iracundo y vociferante. El lenguaje físico y verbal violento se está imponiendo entre casi todos los congresistas del uribismo. En vez de la discusión razonada o de intervenciones argumentativas, en el tema de la paz, su lenguaje físico y verbal es el de la ira. Ante el conteo minoritario de los votos, la reacción es el puñetazo en la curul, el gesto grosero, el grito, las palabras de odio y desprecio hacia el gobierno y sus más respetables funcionarios.

Usan, además, falsedades. Insisten, por ejemplo, en que el actual gobierno traidor fue elegido con los votos de Uribe. Eso era cierto en los primeros cuatro años de Santos. Pero insistir en lo mismo, después de la reelección, cuando el Centro Democrático tuvo candidato propio, y perdió no solo las elecciones presidenciales, sino también las del Congreso, es sencillamente falso. El segundo Santos fue votado por quienes apoyamos el proceso de paz, así que seguir hablando de un Santos elegido por el uribismo, y luego traidor, es recalentar una sopa vinagre.

Pero lo peor es el clima de confrontación violenta que se está ambientando. El partido de Uribe es el responsable de estar creando en el país una temperatura social y política extremista, exacerbada. Propician un estado mental de desprecio, intentan transmitir a la ciudadanía una alarma social injustificada, un ambiente político de odio por las instituciones.

No se oponen al gobierno, lo cual sería legítimo y razonable, sino que lo insultan, lo odian ciegamente. Santos no es visto como lo que debería ser para ellos, un contradictor o un adversario político, y como el Presidente legalmente elegido, sino como un enemigo aliado de los subversivos, de Maduro y de Castro. La acusación da risa, en el más neoliberal, pragmático y capitalista de los presidentes, pero ya hay quienes la creen, de tanto que se repite.

Se acusa calumniosamente al actual gobierno y a los competentes negociadores de paz de estar vendiendo el país y entregándoselo a los narcotraficantes, a los comunistas y al terrorismo. Lo cierto es que los altos comisionados del gobierno están sirviendo a los intereses públicos con un sacrificio que, bien mirado, es verdaderamente heroico, patriótico y ejemplar. Pero el Centro Democrático los acusa de actuar por intereses personales o porque desde siempre (olvidando que incluso fueron excelentes funcionarios y guerreros del gobierno Uribe) eran aliados de la guerrilla. Como si fuera un delito buscar un acuerdo de paz con las Farc, que la ley autoriza, personas íntegras como Humberto de la Calle, Sergio Jaramillo, los generales Mora y Naranjo, Luis Carlos Villegas o Gonzalo Restrepo son señalados de cómplices del terrorismo. Ellos, que de verdad están haciendo patria, son maltratados como vende patrias.

Estamos llegando a límites muy peligrosos en el lenguaje incendiario. Es un grave error hacer declaraciones escandalosas, propagar consignas que alimentan el odio político y humano, y que no forman parte de ningún debate sereno. Los congresistas del Centro Democrático están azuzando la vieja tendencia colombiana a la ira, el resentimiento, la violencia, el odio y las vías de hecho. No están usando los instrumentos típicos y legítimos de la democracia: la discusión y los votos. Al verse en minoría y derrotados en Congreso, injurian, gritan, y señalan culpables donde no los hay. La falta de moderación del lenguaje y la degradación del debate a niveles de insulto, podría hacerlos responsables de un nuevo fracaso de la paz y de un regreso al conflicto. Ojalá no sea así.

 

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