Columnas

¿Quién inventa las palabras?

28/02/2016

Fotografía de Michele Ivani en Unsplash.com

Cuenta el corresponsal de El País en Roma, Pablo Ordaz, que hace poco la Academia de la Crusca, en Florencia, aceptó incluir en su diccionario un adjetivo nuevo en lengua italiana: “petaloso”. La nueva palabra definiría algo lleno de pétalos. Al parecer un niño de 8 años, Matteo, en un pueblo del norte del país, hizo mal (pero bien) una tarea. Dijo de una flor que era “petalosa”, y como su maestra reconoció la belleza del error (crear una palabra que nadie usa, pero que se entiende), resolvió elevar la consulta a los académicos. A vuelta de correo llegó la respuesta: el adjetivo estaba bien formado (seguía el espíritu de la lengua italiana) pero no podía incluirse en el diccionario hasta que no fuera de uso común.

Ni corta ni perezosa la maestra puso a correr la voz en las redes sociales, hasta volverla tendencia, y lograr incluso que el primer ministro la repitiera. La Academia de la Crusca se sintió doblegada, o tal vez halagada, y procedió entonces a aceptar el adjetivo y a incluirlo en el diccionario. Pocas veces se asiste al nacimiento de una palabra, pero en el mundo acelerado que vivimos puede ocurrir en un día o en una semana lo que en el mundo antiguo se tardaba un siglo.

Pero ¿será verdad que así nacen las palabras? En realidad no es extraño. Uno de los descubrimientos de la gramática generativa de Chomsky es que los niños no aprenden el lenguaje, sino que de alguna manera, con solo nacer, ya lo saben. Es como si vinieran al mundo, como creía Platón, con algunas ideas ya metidas en la propia mente. ¿Cómo se puede demostrar esto? Así: los niños dicen cosas (inventan frases y palabras) que no han oído nunca de nadie, pero que crean según la lógica del lenguaje, que de algún modo se genera a sí mismo.

Si uno piensa de dónde vienen las palabras, puede llegar a creer que tuvo que haber alguien, tal vez un niño, a lo mejor con hambre, que dijo la palabra “madre” por primera vez. Pues sí. Pero al mismo tiempo, también en el lenguaje ocurre como con la evolución de los seres vivos: se inventa algo nuevo a partir de lo ya existente: sin pétalos no habría “petaloso”. Los cascos de los caballos son una deformación y endurecimiento progresivo de las uñas de algunos cuadrúpedos anteriores a los caballos. A veces no es tan difícil rastrear los cambios que llevan hasta una palabra actual. Eso es lo que estudia la etimología, que escarba en las raíces de la lengua. Un experto sabrá decir de qué modo algo que quizá se decía “mátir” en indoeuropeo, pasó a decirse “mátar” en sánscrito y luego “miter” en griego antiguo, de donde el latín prefirió decir “máter”, que en latín vulgar se empezó a decir “matre”, hasta que la T se suavizó en D para llegar a nuestra “madre”.

Pero si puede decirse que los cascos son una adaptación para galopar sin lastimarse en las sabanas, en las lenguas no puede decirse que “hombre” sea mejor que “homne”, y “homne” mejor que el latín “hómine”. Hay derivas caprichosas, que a veces complican y a veces simplifican las palabras. Uno podría vaticinar que la preposición “para” algún día va a perder del todo su terminación “ra”, y en la lengua común se va a decir pa. Pero también hay cambios hacia lo más complicado, y si Cervantes decía -porque es más simple- “eruto” como cualquier campesino, y no “eructo”, como los remilgados, la forma más culta se impuso a fuerza de esnobismo.

No hay idea peor, en una lengua, que intentar patentar una palabra, como si esta pudiera tener dueño y señor. Una palabra solamente se acaba de inventar cuando la gente la usa, no cuando alguien se cree –muy contento- su propietario, como bien le explicaba a Matteo la Academia de la Crusca. Lo extraño es que “petaloso” se haya aceptado por influencia de las redes sociales. Andy Warhol dijo, en 1968, que en “en el futuro todo el mundo iba a ser famoso por quince minutos”. Nada más parecido a los “quince minutos de fama” que ser “tendencia” en las redes sociales. No hay que sacar mucho pecho por eso. No hay fama más efímera que la de Twitter.

 

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  • Lillian Levy 29/02/2016 at 4:51 pm

    En mi calidad de lectora tuya e integrante de Ricardistas sin Fronteras, no resisto la tentación de enviarte un par de enlaces. Ramón Turró escribió hace un siglo un ensayo fascinante: Los orígenes del conocimiento: el hambre. Vale la pena leerlo aunque nada más sea para disfrutar de una prosa precisa y pulcra como un bisturí. Hay una serie de conferencias que dictó en Madrid en la Residencia de Estudiantes en 1917, que se publicaron en un tomo titulado La base trófica de la inteligencia, mismo que puede adquirirse incluso en la empresa más grande del mundo. http://www.triacastela.com/listaproductos.asp?IdProducts=HUM0028