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Panfleto contra el populismo cultural

11/01/2013

Publicado originalmente en El Malpensante

 

Los periódicos reseñaron los resultados de esta encuesta tal como, al parecer, quisieron ser presentados: se anunció la “costeñización” de la cultura colombiana, gracias a la marcada predilección de los colombianos por el baile, el vallenato, la barranquillera Shakira, los samarios Carlos Vives y Carlos Valderrama, el caribeño Gabriel García Márquez y el cartagenero Reinado Nacional de la Belleza. Hubo bastante ruido y mucha confusión ya que, entre los personajes de cultura más admirados por los encuestados aparecía, por ejemplo, el piloto Juan Pablo Montoya antes que el pintor Fernando Botero. Si éste era el resultado, ¿qué concepto de cultura había entonces detrás de las preguntas? El Ministerio de Cultura les solicitó a algunas personas, entre las que me cuento, que propusiéramos una interpretación de los datos encontrados. Las siguientes son algunas de las reflexiones que se me ocurrieron después de analizar la encuesta del Ministerio.


Si tomamos el término “cultura” en su más amplia acepción antropológica, llegamos a una especie de círculo vicioso muy parecido a la tautología: cultura es todo aquello que producen los seres humanos y los seres humanos son esos entes biológicos que producen cultura. Una definición así es muy poco útil para los objetivos de una institución gubernamental (el Ministerio de Cultura), pues en tal caso tal entidad tendría que ocuparse de toda la realidad material y mental producida por los seres humanos dentro de cierto territorio. Cuando la idea de “cultura” es tan abierta que está dispuesta a acoger todo lo que no sea “natura”, se llega ineluctablemente a algunos callejones sin salida. Llega un momento en que es ineludible que aquel que toma decisiones de gobierno deba definir qué tipo de manifestaciones culturales apoyará, cuáles combatirá, y cuáles dejará intocadas (o en manos de otras instancias gobernativas).

Obviamente la pavimentación de las calles es un fenómeno cultural, y también el funcionamiento de la banca, el cultivo del maíz, la recolección de la hoja de coca, la extracción y transformación del petróleo en gasolina, la solución de teoremas matemáticos, los reglamentos del tejo, la letra de los vallenatos… Es verosímil, sin embargo, que aunque los anteriores sean fenómenos culturales, el Ministerio de Cultura no siempre se ocupará de ellos y preferirá que de la adecuación de las carreteras se interese el Ministerio de Obras, de la acuñación de moneda el de Hacienda, del cultivo de maíz el de Agricultura, de la coca el del Interior, del petróleo el de Minas, y de los desarrollos matemáticos el de Educación. ¿Cuál es entonces el campo específico de este Ministerio? ¿Debe ocuparse al menos del reglamento del tejo o de cualquier otro deporte? ¿Y de la letra, el ritmo o la difusión de los vallenatos? Esto es lo que el Ministerio deberá definir, y no con base en encuestas, sino mediante una decisión ideológica o una postura filosófica (que podrá variar con el tiempo y las personas). Por muy duro que suene, ésta es una decisión que se deja al juicio de unos pocos, y no se somete a consulta popular.

Si no definimos antes qué ámbito de la cultura, o qué tipo de cultura queremos apoyar, no tendrá mucho sentido hacer “encuestas nacionales de cultura” (salvo un interés meramente descriptivo) puesto que no sabríamos qué preguntas hacer, y más aún, toda respuesta, en cuanto humana y por ende cultural, sería pertinente y digna de toda consideración. Será necesario trazar unas fronteras, así sean difusas, y unos intereses delimitados que, aunque no sean rígidos e inmodificables, definirán el concepto de Cultura para el caso específico de un ente gubernamental. Alguien, por ejemplo, podría definir la astronomía como parte de la cultura que le interesa apoyar (y por ende financiaría los planetarios), y pondría a la astrología dentro de esas manifestaciones culturales perniciosas, o de escaso interés, y sólo destinaría partidas para combatirla. Una entrada al gobierno del astrólogo Mauricio Puerta podría invertir los términos.

Si las encuestas se hacen con el fin de saber cuáles son los “consumos culturales” que prefieren las mayorías, y a su vez, para apoyar democrática y proporcionalmente ese tipo de preferencias populares, podríamos llegar a absurdos como que el Ministerio de Cultura debe dedicar, pongamos por caso, el 46% de sus recursos a apoyar rumbas y bailes, y con seguridad mucha más ayuda a la astrología que a la astronomía. Si la respuesta a las encuestas, entonces, es abierta (como es el caso de algunas de las preguntas planteadas en el documento que se nos ha invitado a analizar), corremos el riesgo de encontrar respuestas muy poco “cultas” en el sentido tradicional del término. Por ejemplo, podríamos hallar que espectáculos de dudoso nivel cultural (digamos los reinados de belleza) son algunos de los preferidos por las mayorías. Y si en cambio las respuestas son cerradas, y por lo tanto al menos parcialmente inducidas, podríamos encontrar distorsiones difíciles de corregir. Por ejemplo, si entre las posibles respuestas está el “Encuentro de la palabra” o el “Día de la pereza”, y entre los municipios encuestados están Riosucio o Itagüí, encontraríamos un porcentaje muy alto de la población interesado en el verbo y el ocio. Si en cambio Itagüí y Riosucio no entran en la muestra, podríamos hallar que pocas personas en Colombia se interesan por estas dos manifestaciones culturales. Es obvio que si entre las posibles respuestas de una lista están la Feria de las Flores, o el Carnaval de Barranquilla, y entre los encuestados hay barranquilleros y medellinenses, las proporciones de las respuestas a favor de estas manifestaciones se verán aumentadas. Así mismo, si la encuesta se hace también en Riosucio, pero entre las respuestas posibles no aparece el Carnaval del Diablo, también habrá un claro sesgo en los resultados.

Entre los comentarios a la encuesta, el Ministerio celebra que los colombianos no tengan “una visión estrecha de cultura sino por el contrario viva y amplia”. Esta complacencia me permite intuir que si yo sugiero, y es lo que pretendo plantear, una visión mucho más restringida del tipo de “cultura” que el Estado debe promover, mi planteamiento será tachado de elitista, estrecho e incluso decadente y moribundo (en oposición a lo vivo y amplio). No importa. Creo que a los gobernantes, al ser elegidos democráticamente, se les han delegado algunas funciones que no se definirán por mayorías referen­darias. No será “el pueblo”, mediante voto directo o por medio de encuestas, el que definirá qué es la cultura. Será un pequeño grupo de expertos el llamado a decidir qué tipos de manifestaciones culturales se van a apoyar, y cuáles se van a dejar progresar espontáneamente, sin intervención del gobierno. Cultura puede ser cualquier cosa, pero los gobiernos deciden, según inclinaciones sociales, políticas e ideológicas, qué tipo de manifestaciones culturales serán apoyadas, y en qué proporciones. No hace muchos meses una ministra planteó la disyuntiva entre Bach y el vallenato, al tiempo que se inclinaba por apoyar a este último dejando a Bach “para los alemanes”. Palabras que parecen copiadas de un comisario chino de la Revolución Cultural. Alguien con una visión menos nacionalista y cerril de la cultura podría no oponerse, y más aún, financiar una interpretación de las Variaciones Goldberg en el parque Simón Bolívar, aunque su autor haya nacido en Eisenach y no en Valledupar.

La cultura popular deja de ser tal cuando el Estado se inmiscuye. Pasa a ser arte oficial. Una cultura popular dirigida (y apoyar económicamente puede llegar a ser una injerencia indebida) por el poder central, es decir, por la élite política, es una contradicción en los términos. La cultura popular debe poder crecer y desarrollarse “a su aire”, espontáneamente, sin intervención estatal. La cultura popular puede ser de masas y multitudinaria, por ejemplo en fenómenos mediáticos como Shakira o Carlos Vives, o regional y marginal, por ejemplo la artesanía del “sombrero vueltiao” o de la “hamaca de lampazo”. En el primer caso toda intervención del Estado sobra, y al ser una actividad económicamente poderosa, representaría también una dilapidación de recursos. En el segundo caso (cultura artesanal), el Estado sólo puede intervenir para evitar que conocimientos ancestrales se extingan. Promoverá a los aprendices de una artesanía, sin intervenir ni remotamente en la realización de los productos. Pero ¿quién decidirá cuáles actividades artesanales apoyar? No será el pueblo, ni una encuesta de mayorías, ni un consenso. Lo hará, por decisión propia y responsable, un comité de expertos al que se le delegará esta determinación. Será una decisión subjetiva dictada no por criterios científicos, sino de gusto. Esto es inevitable, porque las verdades sobre la calidad cultural no son de tipo científico, sino humanístico, y por tanto precarias, discutibles y transitorias.

Emborracharse es, sin duda, una actividad cultural (los animales rara vez se emborrachan espontáneamente), pero me inclino a pensar que el Ministerio de Cultura no intentará apoyar la manifestación cultural de la embriaguez, aunque en una encuesta bien hecha el 79% —es una hipótesis fundada en cálculos personales— de los encuestados dijeran que su actividad cultural preferida los viernes por la noche consiste en tomar cerveza, ron o aguardiente. También eso es cultura, pero el Estado tiene que resolver, sin fijarse en las preferencias estadísticas, cuáles actividades culturales está dispuesto a apoyar. Y salvo algún gobierno muy inclinado a la transgresión carnavalesca, es decir, un gobierno inspirado en la anarquía (y habrá que perdonar el oxímoron de gobierno anárquico), destinará sus recursos a la promoción popular de la borrachera. Es cierto que esto se hace durante las campañas políticas, pero perpetuar la costumbre ya en el gobierno, una vez ganadas las elecciones, limita con lo absurdo. No se crea que lo que digo es una mera fantasía irónica: en la cabalgata de la Feria de las Flores, y durante los conciertos del Binomio de Oro, la Fábrica de Licores de Antioquia, entidad oficial, ha repartido gratuitamente bebidas alcohólicas, incluso a los menores de edad. Lo mismo hacían los romanos en sus fiestas populares: panem et circenses. Faltaría el vino, o mejor, el aguardiente, que le da gusto al pan (o a la arepa) y hace ver más roja la sangre de los gladiadores (o de los toros).

La segunda pregunta indaga por los tres campos “culturales o artísticos” en los que Colombia es más importante, según los encuestados. En la carta de invitación a analizar los datos de la encuesta, se dice que el ánimo del Ministerio es “formular políticas culturales más cercanas al sentir de la población”. En esta pregunta, el “sentir de la población” indica que para una gran mayoría de conciudadanos Colombia es muy importante en la actividad del deporte. Ahora bien, no cabe duda de que el deporte sea una actividad cultural, tanto su práctica activa como su disfrute pasivo en forma de espectáculo sectorial o de masas. También es indudable que los triunfos de los grandes deportistas son “motivo de orgullo” para la población. Pero ¿bastan estos datos para que la promoción del deporte se convierta en una labor prioritaria del Ministerio de Cultura? Hasta ahora esta labor ha estado adscrita, a través del Coldeportes, al Ministerio de Educación. Mientras esto siga siendo así, la cartera de Cultura no debe dedicar sus recursos a actividades que ya están cubiertas (con políticas y presupuestos) por otras partes del ejecutivo. Asumir la dirección del deporte, con los cuantiosos intereses económicos, publicitarios, de poder, etc., que tiene esta actividad, en especial en el campo profesional, creo que significaría un gran desgaste de tiempo y de prestigio para un Ministerio así reformado.

Da la impresión, por los comentarios que se hacen a la segunda y a la tercera pregunta, que el Ministerio quiere justificar las cuantías de sus aportes a ciertas actividades culturales, y los cambios de políticas que al respecto se han dado en los últimos años. Al señalar que la poesía [P 2] está en el último renglón (entre los incluidos) de aquello que para los colombianos de la encuesta son logros culturales importantes de nuestro país, o al subrayar que los museos son menos visitados que las presentaciones de danza y las fiestas populares, se está afirmando tácitamente que el Ministerio hace bien en restarles recursos a los museos, a las casas o a los festivales de poesía, o a las revistas literarias, puesto que ese dinero se empleará mejor en fiestas populares “más cercanas al sentir de la población.” Sin embargo, por el hecho de que la gente asista más a los espectáculos deportivos o a las parrandas vallenatas que a los conciertos sinfónicos, los museos de arte precolombino o las bibliotecas públicas, el Ministerio no debe concluir que es lo más popular, en términos numéricos, lo que con mayores recursos se debe apoyar. De nuevo, este tipo de razonamiento, por el que se siguen pasivamente los resultados de encuestas, podría llevar a apoyar antes las borracheras que la lectura. Si a los jóvenes de un colegio se les propusiera una encuesta en las que se les preguntara qué prefieren, si una clase de matemáticas diaria, o la supresión de varias horas de aritmética, para ser reemplazadas por horas de recreo, es muy probable que la encuesta la ganaran los partidarios del recreo. En casos como éste no tiene sentido seguir democráticamente las inclinaciones mayoritarias.

Salir a caminar por una acera, o por un parque, o a pedalear en una ciclovía, son sin duda actividades culturales. Pero, una vez más, no ha sido hasta ahora el desarrollo o la adecuación del espacio público una labor prioritaria del Ministerio de Cultura. Éste puede, sí, insistir y concertar con el Ministerio de Obras políticas para incentivar la importancia cultural de estos espacios, y por ende su ampliación. Pero ni las vías ni los parques nacionales, hasta ahora, han estado adscritos al Ministerio de Cultura, y habría que recibir con mucha cautela la ampliación de funciones hacia este tipo de actividades, si el presupuesto no se adiciona proporcionalmente. Algo análogo puede decirse de los periódicos, la radio y la televisión (Ministerio de Comunicaciones). La lectura de libros supera la rumba y la asistencia a espectáculos deportivos en la pregunta 3. Aun si fuera al revés, las prioridades no se deberían invertir.

Algunas preguntas de la encuesta son, en mi opinión, intrascendentes. Voy a exagerar, para hacerme entender. Imaginemos una encuesta en la que se pregunta a los colombianos: ¿Usted considera que la ley de la gravitación universal y la teoría general de la relatividad son hoy más o menos importantes que hace cinco años? ¿Piensa que deberían impulsarse o derogarse estas leyes? En toda pregunta inane, lo único que se obtiene son respuestas inútiles, con las que no podemos hacer nada. Si el 98% de los colombianos piensa que la cultura está reservada para una minoría, o si lo considera el 4%, esta opinión no cambiará un ápice la realidad, así como la ley de conservación de la energía no podrá derogarse aunque un referéndum así lo recomiende. Las preguntas 12 y 13 son de este tipo. El 99% de los encuestados piensa que la cultura es importante para la educación de los niños, y el 92% considera que la cultura contribuye a la paz. ¿Y qué? Es difícil saber si la cultura (término genérico, no precisado, ¿de qué cultura se habla en ese momento?) contribuye a la paz; de hecho, el apoyo a la guerra es también una actitud cultural, con lo cual la cultura contribuye también a la guerra. Supongamos que se refieren a las manifestaciones culturales más destacadas por la mayoría de los encuestados: el deporte y la música. En el mundial de fútbol de Estados Unidos el deporte preferido por los colombianos llevó a una situación no propiamente de paz: el asesinato de Andrés Escobar. Tampoco es necesario recordar lo que pasa últimamente en los estadios, diga lo que diga la encuesta. Y los judíos eran gasificados en los campos al mismo tiempo que los verdugos oían música de Wagner como fondo. Y aunque el 99% de los encuestados consideraran que la cultura no es un aspecto importante en la educación de los niños, los niños, irremediablemente, están sumergidos en una cultura que los permea. Este tipo de preguntas y de respuestas no sirven para nada. ¿Usted considera que el próximo año habrá un eclipse de Luna? ¿Sí? ¿No? ¿No sabe? Salvo que usted sea astrónomo, no me interesa su respuesta.

Las preguntas 14 y 15 averiguan algo. Que el 76% de los encuestados no tiene acceso a internet. Y que la mayoría de quienes sí tienen acceso, lo usan para escribir correos electrónicos o para investigar. Ahora, ¿qué puede hacer el Ministerio de Cultura con estos datos? Qui za promover el acceso a internet, o divulgar sus proyectos a través de la red. En fin, para tomar estas decisiones tal vez no era necesario hacer la encuesta.

El 94,3% de los colombianos consideran que las asociaciones de artistas tienen un papel muy útil [P 16] e intervienen en el desarrollo de la cultura. Quizás sea así, y el 94,3% de los colombianos tengan razón, pero estoy seguro de que la mayoría de los ciudadanos ni siquiera conocen una sola asociación nacional de artistas. Yo, por lo menos, no conozco ninguna. Los encuestados consideran que la radio es el factor más útil para la cultura. Es una opinión. Es incluso una opinión mayoritaria. Pero dice muy poco, sirve de poco. Indica solamente que el 94,3% de los encuestados, probablemente, oye radio, cosa que ya sabíamos por la pregunta 3. ¿Qué es lo más útil para la difusión de la cultura? Lo que yo pienso es que de nada sirve hacer una pregunta cuya respuesta no la conoce nadie, ni siquiera los expertos. Es como preguntarle al pueblo, ¿cuál es el mejor medicamento para aliviar el sida? Cosa en la que no están completamente de acuerdo ni los médicos.

De acuerdo con la pregunta 17 el Reinado Nacional de Belleza, el Carnaval de Barranquilla, el Festival Vallenato y la Feria de Cali son las fiestas populares más conocidas en Colombia. La mayoría de los encuestados, 90%, tienen una imagen positiva de estas ferias. ¿Debería el Ministerio actuar en consecuencia con la encuesta y apoyar por igual los toros de Cali y Manizales y el Festival de Cine? ¿O darle el triple de recursos al Reinado Nacional de Belleza que al Festival del Mono Núñez? La encuesta no puede ser un índice para repartir proporcionalmente los recursos. Si en el Ministerio coinciden funcionarios frívolos, probablemente el reinado se llevará la mejor parte; si terminan nombrados allí funcionarios que aman a los animales, es posible que a la Feria de Manizales no se le dé nada, y si el ministro ama el teatro, la ópera o el vallenato, sus preferencias y apoyos irán por ese rumbo.

Diomedes Díaz [P 19] es cuatro veces más admirado por los encuestados que Rafael Pombo. La encuesta, si es de tipo servil y demagógico (apoyar políticas culturales “más cercanas al sentir de la población”), ensalzará la imagen del ídolo vallenato prófugo de la justicia colombiana. Si, en cambio, pretende promover un tipo de cultura no demagógica ni servil, intentará subsanar la triste ignorancia manifestada por la inmensa mayoría de la población que ni siquiera parece conocer al poeta bogotano. Se dirá que la encuesta pretende ser puramente descriptiva y prescinde de todo juicio de valor y más aún de cualquier consideración ética o moral. Si llegamos allí, quiere decir que entonces la encuesta refrenda la idea del relativismo cultural extremo: toda manifestación cultural es igualmente válida y respetable. Esta posición es defendida por algunos intelectuales. Para mí es una afirmación que fácilmente se reduce al absurdo. También el nazismo fue una manifestación cultural apoyada por las mayorías; y no es tan válido y respetable como el movimiento pacifista y nacionalista de Gandhi, o como los principios democráticos defendidos por Lincoln. Tanto el homicidio como la caridad son manifestaciones culturales; creo que las dos prácticas no son igualmente respetables.

La encuesta [P 29] clasifica, sorprendentemente, la biodiversidad colombiana como un “patrimonio cultural”. Si hay algún patrimonio obviamente natural, y no cultural, es éste. Aunque la incultura pueda destruir la biodiversidad, o la cultura ayude a apreciarla o preservarla, la biodiversidad, en sí, como las esmeraldas en bruto o las mariposas libres, son un recurso natural, no cultural, aunque susceptible de ser explotado culturalmente.

Además de la encuesta, el Ministerio nos ha remitido el análisis que de la misma hace el especialista en medios Germán Rey, destacado y agudo defensor del lector del periódico El Tiempo. Para no dejarme influenciar ni tener ningún prejuicio durante la redacción de mi concepto, dejé para el final la lectura de este documento. Cuando Rey escribe, sus apreciaciones son casi siempre claras y en el caso, por ejemplo, de la música popular, resultan también esclarecedoras. Gracias a su comentario, comparto su apreciación de que la encuesta hace concluir que Colombia es un país para el que la música y el baile son elementos centrales de su cultura. Cuando, en cambio, Rey les cede la palabra a otros autores, para apoyarse en ellos con argumentos de autoridad, o para adornar con jerga postmoderna su prosa más limpia, las citas resultan casi siempre de una pasmosa oscuridad. Veamos una sola, como ejemplo: “Vila aporta el concepto de ‘trama argumental’ de la narrativa, insistiendo, de forma por lo demás muy interesante, en ‘que es la narrativa la que construye la identidad del personaje al construir el argumento de la historia’ ”. De esa manera, dice,  “la trama argumental de la narrativa es la responsable del establecimiento concreto de las diferentes alianzas que erigimos entre nuestras diversas e imaginarias identidades narrativizadas y las imaginarias identidades esenciales que diferentes prácticas musicales materializan”. Pese a que hace más de treinta años salí del analfabetismo y buena parte de mi vida la he dedicado a leer, declaro que, después de un buen cuarto hora de esfuerzo de comprensión con esa cita, no pude entender en absoluto lo que quiere decir. Sugiero que en la próxima encuesta de cultura se les pregunte a los colombianos si entienden ese mismo párrafo, y si la mayoría contesta afirmativamente, se nos declare una nación culturalmente superdotada. Al mismo tiempo, lo prometo, yo estaré dispuesto a matricularme de nuevo en una escuela de alfabetización.

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