Columnas

La belleza de lo invisible

14/02/2016
Simulación de ondas gravitacionales. Foto: NASA/C. Henze

Simulación de ondas gravitacionales.
Foto: NASA/C. Henze

Voy a empezar pidiendo perdón: entiendo las ondas gravitacionales tanto como las entienden los que no entienden nada. Esta es una de las partes más raras de este oficio: a veces uno escribe sobre lo que no sabe con el único fin de intentar saber más. Es posible que la curiosidad que uno tiene, de persona común y corriente, sea la misma de otros lectores comunes y corrientes. En este caso, al escribir, uno intenta poner en claro lo que ha leído. Digamos que, por tener tiempo, he hecho por ustedes la tarea, no de comprender, sino de tratar de entender la noticia de la semana: cómo han hecho para “ver” lo que solo existía en las ideas de los físicos: oscilaciones sin luz, sin radiación, sin sonido, pero con efectos asombrosos en el espacio y el tiempo.

En este caso “ver” significa demostrar que el espacio se deforma de una cierta manera, comprimiéndose a un lado y relajándose al otro, como hacen las ondas. Esa ultra-mini-milimétrica deformación del espacio, de la anchura de un fragmento de protón, ocurre todavía en la Tierra porque en otra galaxia, situada a decenas de miles de millones de kilómetros de distancia, hace mil millones de años, dos agujeros negros se engulleron entre ellos. Según la teoría una colisión así deja escapar (lo cual es muy raro pues cada agujero negro por separado no deja escapar nada) gran cantidad de energía en la forma prevista por Einstein hace un siglo: ondulaciones del espacio y el tiempo.

Un agujero negro, por principio, no se puede ver. Pero por mucho que sea “esencialmente imposible de observar”, sí se puede ver aquello que va a ser tragado por él o lo que orbita a su alrededor, ya sea una estrella o masas de materia aun más grandes. Alrededor de un agujero negro, como cayendo en él, a veces brillan, con la luz de miles de millones de soles, los objetos más luminosos del universo. El tiempo en un objeto que se acerca al horizonte de un agujero negro se vuelve cada vez más lento, tan lento que se demoraría un tiempo infinito antes de caer, pero de repente ya no emite luz, y después no se sabe qué pasa. Que no se sepa lo que pasa dentro de un agujero negro es un consuelo para quienes tampoco entendemos lo que ocurre fuera de ellos.

Las ondas que acaban de detectarse son tan potentes que deforman el espacio y el tiempo de la Tierra, incluso reducidas a su mínima expresión por la inmensa distancia recorrida y el enorme tiempo transcurrido. Medir esta deformación fue tan difícil que habría bastado la pisada de la pata de una hormiga en uno de los espejos para alterar los resultados. Al menos eso fue lo que entendí, y que me perdonen los expertos esta versión tan inexacta y prosaica. Hay otras más poéticas: el New York Times dice que por primera vez se ha oído “la música invisible del Cosmos”.

En general lo que uno ve de Estados Unidos es lo horrible. Los campos de detención sin leyes para los acusados de terrorismo; los discursos racistas de seres repugnantes como Donald Trump, constructor de casinos para idiotizar y desplumar a la gente. En cambio lo invisible que a veces nos hace ver la ciencia de Estados Unidos, está entre las cosas más valiosas del planeta. Si los políticos de allá nos indignan, los científicos de ese gran país nos exaltan y nos hacen soñar con lo impensable. Para esa “inútil” tarea de detectar las ondas gravitacionales que provienen de masas inmensas, este mismo año lanzaron al espacio un instrumento de medición sin precedentes. En un remoto lugar del espacio donde las gravedades del Sol y la Tierra se anulan, en el vacío, donde todo está quieto, han puesto los espejos más estables que se puedan imaginar: no se mueven de su sitio ni un minifragmento de protón. Varios espejos se enviarán rayos láser a un millón de kilómetros de distancia, para estudiar la forma en que las ondas gravitacionales deforman el tiempo. Y todo esto tal vez para nada, o para lo más bello que existe: para entender mejor y tratar de saber algo a ciencia cierta.

 

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  • FranK 07/03/2016 at 3:45 pm

    Disculpe Héctor Abad, es aquí donde debí dejarle mi invitación a mis poemas en el más reciente número de El Malpensante y respetarle su dolor por Jaime.