Columnas

No ganar la guerra, no perder la paz

01/05/2016

Lo que algunos no le perdonan al presidente Santos es que, según ellos, el ex presidente Uribe le entregó el gobierno de un país que estaba a punto de ganar la guerra, y Santos, en vez de darles un tiro de gracia en la cabeza a todos los guerrilleros, se sentó a conversar con ellos y les dio así prestigio y estatus político. De esta manera, concluyen, “el país claudica al chantaje del terrorismo y Colombia, al firmar la paz, pasará a ser gobernada por un régimen filo-chavista”. Esta tesis, repetida machaconamente por el ex presidente y sus aliados, merece el respeto de un análisis detallado.

La premisa mayor es que al final de los ocho años de Uribe, en agosto del 2010, la guerra estaba a punto de ganarse. No se puede negar que en el país que Uribe recibió de Andrés Pastrana en el 2002 había muchos más secuestros, atentados y acciones guerrilleras que en el 2010. La inmensa ayuda militar de Estados Unidos, el fortalecimiento del Ejército y el carácter guerrero de Uribe propinaron a la guerrilla grandes derrotas. Sus efectivos disminuyeron, volvieron a alejarse de las capitales y el Estado tomó de nuevo el control de las carreteras. Al mismo tiempo los barones de la tierra (gamonales, terratenientes, caciques locales) aceptaron desmovilizar a los ejércitos anti-guerrilla (AUC), útiles también para controlar el descontento urbano y campesino con asesinatos políticos, permitiendo que el gobierno de Uribe -no otro- se encargara de la seguridad de los territorios dominados por ellos. La extradición de algunos de sus cabecillas tuvo que ver con el tráfico de drogas y con el hecho de que estaban hablando más de la cuenta sobre sus aliados en el ejército, en la política y en los grandes propietarios de haciendas.

Sea como sea, con muchos matices y salvedades como el horror de los falsos positivos, la premisa mayor del uribismo puede aceptarse: la guerra contra la insurgencia se estaba ganando. Como mínimo no se estaba perdiendo, por largo que fuera aún el camino por recorrer. Aunque el Estado no estuviera a punto de ganar, Santos sí recibió una partida de ajedrez en la que el contrincante tenía menos peones, menos piezas, y estaba arrinconado atrás, en la selva. Incluso puede decirse que Santos, al principio de su gobierno, siguió en la misma tónica de Uribe y ganó una torre más en la partida, al darle a Cano el tiro de gracia en la cabeza que la derecha reclamaba como única estrategia de juego: dar de baja a los bandidos, en su jerga. Lo que el uribismo no perdona es que en ese momento el gobierno, en vez de ser intrépido y dar el jaque mate, en vez de exterminarlos, les propusiera tablas, o mejor, suspender hostilidades, y se sentara a negociar los términos en que las pocas piezas negras estaban dispuestas a ejercer la política y no la guerra.

Es verdad que Santos, en una posición ventajosa, renuncia a ganar la guerra. Lo que hay que analizar es si esto es cobarde, entreguista, blandengue, como afirman el ex presidente y sus aliados, o era en cambio lo más razonable, lo que debía hacerse, que es la tesis del actual gobierno.

Para empezar, desde cuando no se mueven piezas en el tablero (tregua unilateral que, poco a poco, es una tregua casi completa), dejó de haber secuestros y hay muchos menos muertos a causa del conflicto. Si bien para algunos esto es una mala noticia, pues para ellos los terroristas no son siquiera seres humanos, hay menos muertos en la guerrilla. Pero también hay muchos menos muertos entre los oficiales y soldados del ejército, entre los policías y en la población campesina. Renunciar a ganar la guerra es ya un principio de paz, entendida como menos muertos, menos combates que involucran a la población civil y menos sufrimiento.

¿Significa esto una entrega al castro-chavismo? Francamente no veo en ninguna política del presidente Santos, un oligarca de rancia estirpe, que lo emparente con ningún régimen de izquierda o bolivariano de la región. Santos no es siquiera socialdemócrata, y su tal “tercera vía” del laborismo de Blair, está más hecha de viejos negocios capitalistas que de cualquier otra cosa. Ahora, si la tesis es que una vez desmovilizados un partido bolivariano integrado también por gente de las Farc podría ganar las elecciones, pues bien, esto es algo que nunca se puede descartar en la democracia, pero que francamente, viendo cómo les ha ido a los vecinos de Venezuela, lo veo como muy improbable. Los electores son cambiantes y sugestionables, los puede seducir un demagogo, pero no creo que sean tan tontos como a veces se cree.

La estrategia específica de Santos en el tema de la guerra, tiene de bueno que el dolor es ahora menos que hace seis años (menos secuestros, menos muertos, menos atentados terroristas, menos campesinos desplazados). Pero solo se sabrá si es efectivamente sensata y razonable cuando, tras haber renunciado a ganar la guerra, este gobierno, el siguiente y todos nosotros, el país entero, somos capaces de no perder la paz. Y no perder la paz significa cosas muy simples pero muy difíciles: que los autores de crímenes tengan al menos una dosis de castigo real y simbólico (un tipo como el Paisa no puede pasar directamente de los atentados y los secuestros al Congreso, sin pagar algo por sus crímenes; que los ex guerrilleros se reintegren a la sociedad civil sin matar, desarmados, y sin que los maten los nuevos grupos paramilitares que parecen estar surgiendo; y que el país siga adelante, con todos los defectos de la democracia y de la política, sin empezar de nuevo un ciclo más de nuestra guerra perpetua.

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