Periodismo

No es tarde para William

06/01/2014

William Ospina, Es tarde para el hombre, Bogotá, Norma, 1999

A mediados del siglo XIX ni los cirujanos ni los obstetras tenían la costumbre de lavarse las manos antes de operar o de atender a las parturientas. De hecho, en todo el mundo, el parto era una ocasión azarosa en la que morían porcentajes altísimos de mujeres. ¿La causa principal? Una misteriosa reacción llamada “fiebre puerperal”. Comisiones de varios estados de Europa buscaban las causas de esa fiebre y sus conclusiones eran más o menos mágicas: podía ser el frío, para unos, para otros el calor; algunos proponían oscuras influencias cósmicas de la luna o los planetas, o interferencias telúricas, climáticas, según la humedad del sitio o lo vetusto del hospital. Pero lo que la mayoría creía era que esta fiebre era un destino inevitable de la humanidad y que debía atribuirse a una voluntad divina cuyo fin era recordarnos el pecado de nuestros primeros padres (“multiplicaré los trabajos de tus embarazos y parirás a tus hijo con dolor”)

En 1846 un médico húngaro, Semmelweis, agudo observador, tuvo la genial intuición de que la fiebre puerperal era ocasionada por las manos que manipulaban a las parturientas. Hizo experimentos en una clínica de Viena: obligó a todos los que fueran a entrar en contacto con las madres a que se desinfectaran cuidadosamente las manos. Por unas semanas, no volvieron a presentarse casos de fiebre puerperal, y él, seguro de la importancia de su hallazgo, propuso y trató de imponer su método en otras partes. ¿Le creyeron? ¿Todos los obstetras del mundo empezaron a lavarse las manos? No. Hubo que esperar cuarenta años más para que le creyeran. Es más, los estudiantes le armaron una revuelta, pues decían que los obligaba a “lavativas malsanas”. Y lo expulsaron de la clínica por sugerir a su médico jefe que también él se lavara las manos. No sólo esto: también el ministro lo expulsó de Viena. Su vida terminó con un suicidio simbólico: contamina un escalpelo en un cadáver y se abre una herida con él, como para demostrar de dónde provienen las infecciones. Hubo que esperar varios decenios, hasta que Pasteur confirmara la existencia de los microbios, para que la antisepsia descubierta por Semmelweis fuera tenida en cuenta. Antes de ellos, 9 operaciones sobre 10 terminaban con la muerte del paciente.

No sé si William Ospina considere un progreso médico la costumbre de lavarse las manos antes de intervenir a un enfermo. El asunto parece tan elemental que uno tiende a olvidar que la antisepsia tiene apenas 150 años. Ospina, en su libro, habla del progreso como de un espejismo, una trampa, una ilusión. Sin embargo, desde que los médicos le creyeron a Semmelweis, vienen lavándose las manos antes de operar. Y tiendo a pensar que ni siquiera Ospina se dejaría operar con las técnicas y precauciones higiénicas del siglo XVIII.

Ospina no entiende, no quiere entender, que lo que hay detrás de la búsqueda de un conocimiento positivo (y no mágico, no supersticioso) de la naturaleza, es una gran compasión por el sufrimiento humano, un deseo de hacer más amable nuestra breve experiencia sobre la tierra. No es para desterrar lo sagrado o para destronar a los dioses que un médico reemplaza los “espíritus malignos” por las bacterias. Es la piedad por el sufrimiento humano lo que lleva a muchos hombres a tratar de buscar conocimientos nuevos que hagan menos amarga la vida de los hombres.

Uno se pregunta por qué Ospina, en el presente, o por lo menos en el presente de Occidente, logra ver tan solo lacras. Tengo la impresión de que esto puede deberse al género mismo de sus ensayos; en el fondo, Es tarde para el hombre, es un libro místico. Y no sólo místico, sino de un misticismo apocalíptico, con toda la carga premonitoria de tragedias y desgracias si no obedecemos a la receta del profeta: que es el regreso a la divinidad, a la sacralización del mundo, a su masivo repoblamiento con nuevos o viejos dioses.

Un libro místico, por hermoso que sea (y éste lo es en muchas partes), tiene mucho de delirio, mucho de visión parcial. Y esto a pesar de que esté muy bien escrito y a pesar de que las admoniciones del predicador vengan mezcladas con observaciones perspicaces, inquietantes, y con planteamientos y dudas pertinentes sobre la manera en que viven la mayoría de los hombres en las sociedades contemporáneas.

Mientras Ospina se limita a cierta denuncia exaltada y poética de las más abominables costumbres de nuestra civilización, los diagnósticos del místico funcionan. Pero no tarda en aparecer, detrás del visionario, el simple beato: ese que echa sermones y en su sermoneo nos amenaza y advierte que todo lo malo que ocurre es por habernos olvidado de los dioses. Si Leibniz trató de demostrar que este es el mejor de los mundos posibles, pues Dios lo había hecho perfecto, Ospina trata de demostrar que este es el peor de los mundos posibles pues los hombres se alejaron de Dios.

Si la gente ya no hace viajes improvisados y llenos de aventura, sino tours organizados por agencias turísticas, es culpa del olvido de Dios. Francamente no hallo el nexo causal. Reniega de las técnicas que nos impone el primer mundo. Y reniega luego porque la mayoría de la población del tercer mundo no tiene acceso a esas técnicas. Reniega de que estemos abandonando las prácticas sagradas y mágicas de curación y protesta porque las llamemos superstición. Pero a renglón seguido tampoco se alegra por esa porción del mundo que sigue viviendo en la superstición y sin acceso a ciertos avances de la medicina contemporánea.

Ospina tiene cierta tendencia a las frases enfáticas: El romanticismo sería “el más alto momento del espíritu occidental en los últimos siglos”, el racionalismo “desencadena los demonios”, “la función del arte es revelar lo divino”. En esto su último libro tiene la misma falla de algunos de sus ensayos literarios. Son brillantes y certeros pero siempre llega un momento en que caen en la trampa de creer que para ser convincente hay que exagerar. Por eso escribió el disparate de que las Elegías de Castellanos eran paragonables a la Comedia de Dante, lo cual es algo así como comparar a Bach con el autor de cien bambucos.

A Ospina le pasa que en su defensa de los valores autóctonos tiende a volverse hiperbólico. ¿Por qué ha de ser racista el que sostenga que la música de Alemania es superior a la de los Cunas? Con esta constatación no estamos estableciendo una superioridad racial; hay diferencias históricas, culturales, circunstanciales que han llevado a que en Alemania se produzca mejor música que en el tapón del Darién. Qué le vamos a hacer. Puede que algún día las cosas se inviertan, pero por ahora no hay que escandalizarse si algunos latinoamericanos prefieren el violín y la flauta traversa a la quena y el charango. Cuando alguien dice que le gusta más Mozart que el canto de los Cunas no está diciendo que va a prohibir sus cantos o que éstos no “merecen un lugar bajo las estrellas eternas”, como escribe Ospina. (A propósito, poeta: a estudiar astrofísica, ni las estrellas son eternas, aunque la frase suene bien).

Lo problemático en los ensayos que componen Es tarde para el hombre, para mí, no está tanto en los diagnósticos, que en buena parte pueden ser compartidos, sino en el planteamiento francamente esotérico de la solución. Esta consiste sólo en “el retorno de lo divino y la recuperación del sentido sagrado del mundo”. Y además de este regreso, en una renuncia simétrica: olvidar el ideal ilustrado de la razón. No se da cuenta Ospina de que lo mejor que tienen algunas de sus páginas es, precisamente, que son muy razonables. Desconfía demasiado del hombre y se apoya en el bastón de lo sagrado, de lo invisible, del misterio. Parece deshecho porque “el sentido de lo divino abandonó nuestro mundo”; nostálgico de fe, incapaz de admitir la soledad del hombre: si estamos solos en el universo, nuestro destino es trágico y apocalíptico. ¿Por qué?

Tal vez es la incapacidad de sacarle gusto a lo que se acaba, la persecución de lo eterno, lo que impide a Ospina ver con más alegría el mundo temporal. Él prefiere ver en todo indicios del final del mundo y por eso lo persigue la imagen de la muerte. Es algo típico de la escritura monacal: la falta de gusto por lo mundano hace que el mundo se convierta en una morada de suplicios.

Es asombrosa, terrible, la absoluta carencia de alegría de este libro. Carencia que es típica de la escritura religiosa de corte apocalíptico: ausencia de humor, falta de risa. Ospina, como todos los místicos, jamás se ríe; ellos chapotean en su exaltación o en su amargura, incapaces de ver el lado divertido y jocoso del espectáculo del mundo. El actual desastre colombiano y el hecho de vivir en ciudades casi infernales como Bogotá o Medellín, puede llevar a pensar que todo en Occidente es un infierno. El matadero nacional puede llevar a producir libros de tan acongojada oscuridad apocalíptica. Pero no todo el mundo es así, y hasta viviendo aquí es posible matizar esta visión apocalíptica y moderar el pesimismo a ultranza.

Tal vez llegue el día en que Ospina se ría de los consumistas en vez de regañarlos, y se ría de sí mismo en vez de sumergirse en tan honda pesadumbre. Nunca es demasiado tarde para dejar los hábitos del predicador y para sumergirse aunque sea por un momento en el tragicómico y maravilloso carnaval del mundo.

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  • Respuesta a William Ospina | Héctor Abad Faciolince 07/01/2014 at 2:37 am

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  • Luis 07/01/2014 at 4:48 pm

    Con mis respetos ya que WO y HAF son escritores que vale la pena leer. Me parce que los avances de la humanidad no necesariamente proviene de sistemas políticos y económicos instalados en la historia, quizá estos sistemas proveen avances o retrasos, eso es innegable, evidentemente influyen, pero por encima se encuentra el inquieto espíritu humano que busca mejorar su camino muy a pesar de ellos o con su anuencia. Se podrá comprobar que en la oscura edad media se vivía mejor que en las épocas de las cuevas de Altamira. Adicionarle logros a cualquier sistema político o económico instalado en las sociedades solo sirve para justificarlos y mantener una discusión tonta. Cualquier sistema podrá mostrar sus logros y no por ello ser el mejor sistema. Estas discusiones de ganar o perder, son una forma de atraso.

  • Los vainazos de Héctor Abad Faciolince a William Ospina | Las2orillas 08/01/2014 at 12:08 pm

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  • Uwey 09/01/2014 at 10:37 pm

    No he leído el libro de Ospina, pero es claro que la opinión de Faciolince pasa por una visión simplista, maniquea, y cerrada que se atrinchera en una lógica que diagnostica y desprestigia al otro y a lo otro (entendido como todo aquello que va más allá del modelo más típicamente occidental) desde el mismo modelo que defiende. Lo cual hace imposible el verdadero dialogo y el acoplamiento de miradas aparentemente irreconciliables. Esa imposibilidad de rebasarse así mismo es talvez uno de los más grandes problemas de la del pensamiento hegemónico, y esa es, tal vez, la verdadera razón de su barbarie.

    Para poner un ejemplo que remite el texto en cuestión: el que se descubra que el lavado de manos puede tener un papel benéfico en un parto, no niega que un ambiente amoroso –si se quiere con la mística del amor- no sea también clave ¿y cual es esa mística? ¿Se puede reproducir de manera positiva? ¿Podemos hacer un manual? ¿Tenemos que privarnos de alguno de dos ingredientes por qué quienes defienden alguno de ellos solo aceptan verdades procedentes de su esquema de construcción de realidad?

    Por otro lado, si hablamos de ejemplos históricos ¿No han encerrado muchos legados místicos verdades que al pensamiento positivo le costo años develar: como el que es preciso entendernos como parte de la naturaleza y no sentirnos dueños de la misma? ¿Y esto que el pensamiento racional–occidental ahora acepta, no necesitará también de mística para hacerse realidad, y ser más que palabra?

    Ahora es innegable que a personas como a Faciolince, la duda sobre el pensamiento hegemónico occidental les hace fuerte mella, porque esa duda les dice que lo que han defendido como epitome de la grandeza humana, es talvez la fuente de tremendas desgracias. Así es común que como reacción casi refleja creen un esquema de opuestos, (reproduciendo los más hondos vicios de la mentalidad dominante) donde la opción “menos peor” es la propia. Pero la realidad actual no da lugar a dudas, y la necesidad de una transformación fundamental del pensamiento hegemónico no da espacio para controversias.

    Se quedan otras tantas inconsistencias como el suponer absurdamente que la hegemonía cultural occidental no desprecia otras expresiones culturales, o peor aun el querer suponer que el conocimiento positivo tiene valores empáticos. Algo que no solo es difícil extraer de su historia, sino que en el mundo actual resulta absolutamente indetectable. Y es que al igual que la empatía con la naturaleza, la verdadera empatía con otro ser humano, talvez necesite de mucha más “mística” de la que Faciolince supone. Entre otras una “mística” que se pare, rescate y disfrute lo mundano, que se sitúe en la vida: esa vida que al pensamiento racional-cientificista se le escurrió de las manos.

    Al final Faciolince no debería estar tan preocupado: una nueva cosmovisión (si quiere ser verdaderamente nueva) nunca desechara de plano la que él defiende, simplemente la bajará del pedestal sagrado y místico donde sus creyentes la han montado.