Columnas

Menard Trapiello, autor del Quijote

16/08/2015

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Recuerdo que hace unos meses el poeta Andrés Trapiello, que es siempre muy cumplido, no contestaba los correos, pese a la insistencia. Un día, al fin, me mandó una nota breve: “Perdona. Después te daré cuenta de mi silencio, metido como estoy en el más laborioso empeño que habrán de ver los siglos. Y no digo más.” Yo, que pienso siempre lo peor, creí que esas palabras enfáticas encubrían un cáncer, y que mi pobre amigo estaba batallando con la quimioterapia. Lo vi calvo en mi imaginación, a él, que tiene una melena leonina, luchando con la enfermedad, y en los huesos, como un quijote. Le contesté que ojalá todo pasara pronto, y dejé de escribirle, discretamente.

Luego, a mediados de junio, en la Feria del Libro de Madrid, tuve la feliz sorpresa de coincidir con él en una firma de libros, en la caseta de la Librería Alberti. El cáncer de mi imaginación había sido la corrección final de “su” Quijote, un libro recién publicado en una magnífica edición (tapa dura, papel de biblia) de Destino. Los trabajos y las tribulaciones de Trapiello en los meses anteriores habían sido poner la obra maestra de Cervantes “en castellano actual”. Ya algunos puristas, me contó, empezaban a poner el grito en el cielo porque “traducir” al Quijote, tocarlo siquiera, les parecía un pecado de lesa literatura. Las obras maestras, dicen algunos, son intocables. Yo no sabía qué pensar, pues siempre había podido disfrutar las historias del ingenioso hidalgo a pesar de lo arcaicos que suenan a veces el lenguje o la sintaxis, y antes de pronunciarme quería ver el libro.

Esa misma noche, en el hotel, me puse a ojear el Quijote en la versión de Trapiello. Como era de esperarse, no tenía una sola nota a pie de página. Leí y leí durante horas, y nada me estorbaba. En vista de que yo no tenía a mano un Quijote original, no podía cotejar nada, pero tenía casi la impresión de leer el mismo libro tantas veces gozado, con la sola ventaja de no tener que interrumpir a veces, para recurrir al auxilio de los eruditos. Son esos mismos eruditos, precisamente, quienes se creen dueños de la obra cumbre de nuestra lengua y por eso mismo detestan que se la actualice.

También es verdad que hay versiones de versiones. Recuerdo, por ejemplo que, hace más de veinte años, en Colombia, Argos redactó un “Quijote a lo paisa”. A mí esa adaptación, por muy meritoria que fuera, me había parecido un resumen bastante dudoso de Cervantes. El Quijote de Argos está mutilado, lleno de cortes, y viene tan abreviado que las dos partes apenas llegan a las 250 páginas. El libro manco de Argos, podría decirse. Donde El Quijote de Cervantes dice, “Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza”, Argos resumía: “Era alto y flacuchento, pero alentado y muy madrugador.” Parecía una versión para niños antioqueños, y no muy avispados.

La edición de Trapiello, en cambio, siendo íntegra y fiel, alcanza las mil páginas, y este mismo pasaje que acabo de citar, lo cambia así: “Frisaba la edad de nuestro hidalgo los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.” Se limita a suprimir la preposición “con”, y ha hecho bien, pues no hay nada en esa frase que no sea fácilmente entendido por un lector actual. Hay cambios más sustanciales en el libro, precisamente allí donde el lector de hoy tiene tropiezos y requiere notas explicativas. Para los famosos “duelos y quebrantos” que don Quijote comía los sábados, Trapiello simplifica: “huevos con torreznos” (aquí yo habría puesto “con tocino” para el lector colombiano). Y en vez de “salpicón las más noches”, Trapiello opta por “ropavieja casi todas las noches”. Son intervenciones delicadas y simples. Vargas Llosa, en su prólogo, usa una buena imagen: es como limpiarle la fachada a un edificio curtido por el tiempo. O como limpiar, digo yo, la Capilla Sixtina.

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Andrés Trapiello. Foto: Begoña Rivas.

A una parte de los académicos y cervantistas españoles (quizá los menos sabios) les molesta esta adaptación. Los menos quisquillosos, en cambio, se alegran de que ahora muchos más lectores puedan leer sin dificultad la maravilla. Este año se cumplen 400 años de la publicación de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. Esta versión (que Trapiello completó tras una lucha de 13 años para adaptar el texto), pone al alcance de todos aquello que no debe ser el coto de caza de los especialistas expertos, más que en Cervantes, en su propia pedantería. Pocos como Trapiello saben leer tan bien el Quijote original. Él mismo ha dedicado un par de novelas fascinantes a la obra de Cervantes (Al morir don Quijote es la última de ellas) y una biografía “distinta” del autor. Quizá por eso mismo ha sido tancapaz de dárnoslo casi igual, casi intacto, pero facilitado, para que todos lo podamos disfrutar de corrido.

Creo que vale la pena, para celebrar los cuatro siglos de la segunda parte, comparar cómo actualiza Trapiello el bellísimo momento de la muerte del hidalgo, en el último capítulo. Así dice Cervantes:

“Y volviéndose a Sancho, le dijo:

-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

-¡Ay! -respondió Sancho llorando-. No se muera v. m., señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino levántese desa cama, y vámonos al campo, vestidos de pastores, como tenemos concertado; quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a Rocinante le derribaron. (…)

Cerró con esto el testamento, y tomándole un desmayo, se tendió de largo a largo en la cama. Alborotáronse todos, y acudieron a su remedio, y en tres días que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama, y se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto. En fin, llegó el último de Don Quijote, después de recebidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió.”

Oigamos ahora la versión de Trapiello:

Y volviéndose a Sancho, le dijo:

-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo, haciéndote caer en el error en que yo he caído de que hubo y hay caballeros andantes en el mundo.

-¡Ay! -respondió Sancho llorando-. No se muera vuestra merced, señor mío, y tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie lo mate, ni lo acaben otras manos que las de la melancolía. Mire no sea perezoso y levántese de esa cama, y vámonos al campo, vestidos de pastores, como tenemos concertado: quizá hallemos tras de alguna mata a la señora doña Dulcinea desencantada, que será cosa de ver. Y si es que se muere de pesar por verse vencido, écheme la culpa a mí, diciendo que lo derribaron por haber cinchado yo mal a Rocinante. (…)

Cerró con esto el testamento y, sobreviniéndole un desmayo, se tendió en la cama cuan largo era. Se alborotaron todos, y acudieron a socorrerlo, y en tres días que vivió desde que hizo el testamento se desmayaba muy a menudo. Andaba la casa alborotada, pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar borra o templa algo en el heredero el recuerdo de la pena que es razón que deje el muerto.

Finalmente, después de recibidos todos los sacramentos y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los libros de caballerías, llegó el fin de don Quijote. Se hallaba presente el escribano, y dijo que en ningún libro de caballerías había leído nunca que ningún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y cristiano como don Quijote, quien, entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, entregó su espíritu, quiero decir que se murió.

Como pueden ver, las intervenciones son mínimas, muy delicadas, como hechas con el pincel más preciso y amoroso. Acusar a Trapiello de traicionar el Quijote (en vez de decir que simplemente nos lo facilita sin casi hacerse notar), es hacerle una injuria imperdonable a un trabajo que, de verdad, ha sido como luchar, y vencer, contra el cáncer del tiempo y el inexorable cambio de la lengua. Yo creo que Cervantes, que purista no era, haría hoy algo muy parecido, y estaría contento.

 

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  • Juan Fernando Echeverri Calle 16/08/2015 at 11:46 am

    ¡Excelente artículo! Claro que “todo” lo del Quijote es bueno y se eleva sobre la Literatura Universal.
    El Quijote a lo Paisa de Argos, es altamente meritorio y sin igual en nuestro medio…De un paisa para paisas universales y fue posiblemente lo único que le falto a Don Quijote, tener su toque de paisa.
    Humildemente, me quedo con la edición de 1996 Alba Libros S.L. y hermosamente ilustrada por DORE.
    Mil gracias Maestro Héctor Abad Fl. por compartir y felicitaciones.
    Jealbo