Columnas

Medellín: la letrada o la iletrada

26/07/2015

 

Hace un siglo, fre29_LeondeGreiff_Fotonte a la Puerta del Perdón de la Iglesia de la Candelaria en Medellín, funcionaba un café que era a la vez librería. Se llamaba El Globo. Más que una librería, era una “biblioteca de alquiler”, es decir, una librería que no vendía libros, sino que los arrendaba. Su dueño, don Pachito Latorre, la promocionaba así: “La mejor de Medellín. Mil ejemplares casi todos nuevos, todos limpios y en buen estado. Obras científicas, viajes, novelas, historia, poesía, de los más connotados autores. Tenemos el gusto de ofrecerla al público y muy especialmente a las damas de esta Capital. Boyacá, nros. 208 y 210 (Edificio Central).”

En ese mismo edificio, en 1915, operaban las oficinas de El Espectador y allí trabajaba don Fidel Cano, el fundador de este diario. Quizá por esta cercanía (café, libros y periódico), 13 muchachos inquietos, todos menores de edad, empezaron a frecuentar El Globo, adonde también iba don Tomás Carrasquilla, decano de las letras de la ciudad, a la sazón con 57 años de edad. Este Don Carrasca, como le llamaban, encantado con ese grupo de jóvenes discípulos, resolvió pagarles una pieza en otro piso del mismo edificio, para que escribieran versos, dibujaran, compusieran música y, eventualmente, fundaran una revista. El cuarto era tan pequeño que no cabían ni apeñuscados y “tenían que entrar por turnos.”

En ocasiones, si estaba algo achispado, Carrasquilla se dirigía al orinal al mismo tiempo que alguno de sus trece apóstoles. Se paraba a su lado y se ponía a atisbar la entrepierna del joven, como quien admira una estatua. Si alguno de los muchachos protestaba, le decía: “¡Vos qué perdés, déjame gozar!” Algunos de ellos comprendían y lo dejaban mirar tranquilo. Cincuenta años después Estanislao Zuleta diría algo muy penetrante sobre León de Greiff, que podría aplicarse también a varios de sus amigos: “León de Greiff nada tiene que ver con el cristianismo. Es muy curioso, un tipo de Medellín… de finales del siglo pasado, criado allá, formado allá, qué curioso. Por ejemplo, no le da remordimiento gozar la vida.”

Lo primero que sacaron estos jóvenes gozones fue un cuaderno de versos, el “Álbum de los sonetos El Globo”, escritos a la manera del Tuerto López, y con carátula de uno de ellos, Pepe Mexía. Eran versos de este estilo: “Es medio día, bochornoso y feo, / fumo un cigarro, sentado en el café, / Pacho medita silenciosamente / y yo pienso en algo que no sé.” Luego vino la pequeña revolución: la revista Panida, fundada y escrita casi toda por “Los trece panidas”. La Medellín de hace un siglo salió por un instante de su sopor de pueblo: respiró, se alborotó, un grupo de inconformes la sacudía al fin de su espíritu levítico, comercial y minero. El director de Panida era ese mismo joven de menos de 20 años, León de Greiff, que cumplió 120 de nacido el miércoles pasado.

Pedro Nel Gomez

 

La revista no publicaba nada que -leído hoy- parezca obsceno o blasfemo. Traducciones de poetas franceses, rimas de Bécquer, elogios de Omar Khayyam, algún verso desencantado de Leo Legris: “No he llegado a veinte años / y ya todo me cansa: / viviendo sin engaños / vivo sin esperanza.” Pero esto bastó para que otra revista, La Familia Cristiana, pusiera el grito en el cielo por el peligro que una publicación así entrañaba para las buenas costumbres. Que además de jóvenes, el cafetín fuera frecuentado también por muchachas que, al decir de De Greiff, enseñaban “sus bellas piernas hasta la rodilla”, agravaba la alarma de los inquisidores.

Había, sí, en los panidas, un hondo desencanto y un cierto desapego a la vida. La revista salió casi como un homenaje a un amigo, el que iba a ser el decimocuarto panida, que se había suicidado un año antes: Gabriel Uribe Márquez. Dicen de él: “Hoy al dar a la luz el número primero de ‘Panida’, antes que otra cosa queremos recordar la memoria del hermano que, de no ser ya de los habitan la ciudad del reposo, sería uno de los redactores de la Revista, de seguro el mejor de todos.” No muchos años después, como desgranando una mazorca, otros tres panidas se quitarían la vida: Tiberio Isaza, Tisaza, en Ciudad Bolívar, José Gaviria toro, Joselyn, ahorcado con su propia corbata, en la cárcel, y el gran dibujante y caricaturista, Ricardo Rendón, en Bogotá, desengañado de todo a pesar de su inmenso talento. De este último conservaría León de Greiff, hasta su propia muerte, un retrato puesto en la mesita de noche. Tal vez él mismo no fuera otra cosa que un suicida fallido, o al menos esto podría pensarse al leer estos versos firmados por Leo Legris en el Nº5 de Panida: “Lo único que anhelo, con rendido, / con impaciente afán, continuo, intenso, / es hundirme en el Caos presentido, / es reposar en el vacío inmenso.”

Cerca de El Globo funcionaba otra librería, la de Antonio J. Cano. Quedaba en la calle Colombia, subiendo de Carabobo hacia el Parque de Berrío. Allí le publicaron a Carrasquilla, entre otros libros, su mejor novela, La marquesa de Yolombó, (que él le dedicara al panida Pepe Mexía), y a León de Greiff su “primero y segundo mamotreto”, Tergiversaciones, y el Libro de signos. Pero algo más importante: en esa librería se hizo culto León de Greiff. Lo sabemos hoy bien porque su hijo, Hjalmar, en un gesto de inmensa generosidad, acaba de donar a la Biblioteca de Eafit buena parte de la biblioteca del poeta. Y en sus propios ejemplares de muchos libros clásicos y nuevos (en francés, en inglés y en castellano) está el sello de la librería del Negro Cano. Allí mismo, cuenta Luis Fernando Macías, especialista en ellos, aprendieron francés algunos de los panidas, con la simple ayuda de un consueta, Cano, y un diccionario bilingüe. Era esta también la librería donde se reunían dos de los más dignos intelectuales antioqueños: Baldomero Sanín Cano y Antonio José, Ñito, Restrepo.

El miércoles, en presencia de su hijo, y en compañía de Belisario Betancur, Juan Luis Mejía y Carmen Millán, le hicimos un homenaje a León de Greiff en la Universidad Eafit. Para la ocasión Hjalmar de Greiff trajo otros regalos: dos retratos originales que el panida Ricardo Rendón le hizo a su padre, fotos del Negro Cano, el librero, y del pintor del mismo apellido, maestro de Rendón, Francisco Antonio, además de un mapa de la región de Bolombolo, dibujado por el mismo León de Greiff. Vuelven a Medellín libros del maestro, dibujos de Rendón, y trazas de lo que fue la librería de Cano.

Esto sucede la misma semana en que se cierran dos librerías tradicionales del centro Medellín. Ambas estaban muy cerca del Parque de Berrío: la Científica, en la misma calle Boyacá donde funcionó El Globo, frente a la Basílica. Y la Nueva, a dos cuadras, en la carrera Junín. Al tiempo que se cierran las librerías, el centro se llena de casinos, de puteaderos, de ventorrillos ilegales de libros y películas piratas, de antros de vicio y expendios de drogas, de locales de chance y lotería y, curiosamente, de universidades de garaje donde los estudiantes ni siquiera leen. De Greiff decía haber perdido la esperanza porque ya no se engañaba. Y sí: si uno mira este centro sin engañarse pierde la esperanza. Solo la recupera porque la familia De Greiff, y sobre todo Hjalmar, el último hijo vivo del poeta, no vende libros ni dibujos ni fotos ni mapas, sino que los regala. Es así como a veces la luz le gana una que otra batalla a las tinieblas.

 

 

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  • Barbara Venegas Alba 26/07/2015 at 5:28 am

    Bellísimo recuerdo de tiempos que no volverán; y que debemos velar para las generaciones futuras y bregar a conservar.

  • Ricardo Bada 26/07/2015 at 9:02 am

    En Huelva, cuando yo nací, Junio 1939, y hasta muy poco antes de irme de ella en Febrero 1963, tan sólo existía una librería, la de don Máximo Ribary, un suizo que los dioses sabrán por qué le soplaron al oído que debía emigrar nada menos que a Huelva, como quien dice al culo del mundo. Se podía comprar libros, también, en la papelería e imprenta del Diario de Huelva (bien que el Diario mismo, como periódico, ya no se publicaba) y en la sección de papelería de los Almacenes Arcos. Y pare usted de contar. Realmente no logro explicarme cómo es que en esas condiciones de oferta tan precaria, los miembros de nuestro grupo llegamos a poseer bibliotecas bastante aggiornadas teniendo en cuenta lo que eran aquellos tiempos: a la precariedad de la oferta en el culo del mundo se unía la censura franquista en todo el país. Pero era una censura atrabilaria. Cuando me fui a estudiar Leyes a Sevilla, en Octubre 55, pronto descubrí sus librerías, que me abrieron un horizonte desconocido, pues una de la calle de las Sierpes, en el mero mero corazón de la ciudad, tenía en sus anaqueles obras de Camus, de Sartre, la serie completa de la Claudine de Colette, Faulkner, Malraux y una larga cauda de autores, todos, censurados. Cómo hacían los libreros para conseguir importar aquellos libros (todos editados en Argentina) siempre será otro misterio para mí. Hoy, leyendo tu columna, rememoro todo esto y siento el peso de los años, pero también su recompensa.

  • Ignacio Arizmendi 27/07/2015 at 12:15 am

    Maravillosos, encantadores, los párrafos que faltaron, por espacio, en la columna dominical. Complementan y enriquecen estupendamente el mensaje de fondo. Gracias.

  • Javier Bañares 27/07/2015 at 9:54 am

    Nostalgia por partida doble: la que me trae Abad y la que me trae Bada (esto parece un juego de letras). En mis recuerdos de librerías de Huelva se impone la de Pastoriza (no recuerdo el nombre de la calle, pero estaba en el corto tramo entre Calle Concrpción y Plaza de las Monjas. Escondiéndome entre sus estanterías, conseguí leer, en sucesivas visitas, más de un libro. No lo hubiera logrado sin la complicidad de Pastoriza, que se hacía el tonto y miraba para otro lado.
    En Sevilla, también, como en Huelva, compañero de correrías de Ricardo, viví la inocente clandestinidad de buscar libros prohibidos que el librero de Calle Sierpes sacaba del bajo-mostrador, mirando a un lado y a otro con aire de conspirador.
    Por mucho que vivamos y por mucho que leamos, nunca llegaremos a saldar suficientemente la deuda contraída con aquellos libreros de nuestra juventud.

    • Ricardo Bada 27/07/2015 at 10:07 am

      La de Pastoriza, querido Javier, es la de don Máximo Ribary, a quien yo alcancé a conocer, y tú parece que no, que sólo conociste a su sucesor. Estaba en ese tramo de la calle Ricos que entonces se llamaba García Escámez, y enfrente se encontraba la Cervecería de Viena, que me temo que tampoco hayas conocido ni jugado en sus billares, y eso que sólo eres un año menor que yo. Vale, con un abrazo.

  • miguelito 25/08/2015 at 12:02 am

    Hola, probando si sale directo