Columnas

Los príncipes y las princesas

25/01/2015
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Sahar y Jahawer, hijas del Rey Abdalá bin Abdelaziz, presas hace 13 años.

Los usos orientales del matrimonio, según como se miren, pueden producir risa, rabia, desprecio, respeto o envidia. Asombro, en todo caso. Según el libro de los Reyes, el muy prudente rey Salomón tuvo 700 esposas en calidad de reinas y 300 concubinas: “amó apasionadamente a muchas mujeres extranjeras; a la hija del Faraón, a las mujeres moabitas y ammonitas, idumeas, sidonias y heteas”. Tuvo tantas mujeres, dice la Biblia, que estas pervirtieron su corazón, pues le gustaba complacerlas y las dejaba ofrecer sacrificios a sus dioses y no al único Dios, como quería Yavé. En el Cantar de los Cantares, un libro más moderado, se habla de menos esposas: “60 son las reinas, 80 las concubinas e innumerables las doncellitas.”

El número de hijos de estos reyes del desierto tampoco es desdeñable, como era de esperarse con tantas esposas y antes de la píldora. Dice en el libro de Paralipomenos que el rey David tuvo a Amnón, Daniel, Absalom, Adonías, Safatía y Jetraham, en Hebrón. En Jerusalén le nacieron Simmaa, Sobab, Natán y Salomón. Además, Jebaar y Elisama y Elifatet y Noge y Nefeg y Jafía, Eliada y Elifelet. Esto sin contar los hijos de mujeres de segundo orden. Y como las mujeres en esa cultura contaban algo menos, mencionan a una sola princesa: Tamar.

He estado espulgando estos datos a raíz de la muerte del rey de Arabia Saudita, Abdalá bin Abdelaziz, que en materia de matrimonios y de hijos tampoco lo hizo mal. Si bien estos asuntos matrimoniales ellos prefieren mantenerlos en la intimidad, varias fuentes fidedignas afirman que el rey Abdalá tuvo alrededor de 30 esposas. Sin embargo, como era un creyente muy respetuoso de las normas del islam, las tuvo siempre de a cuatro, nunca más. Sus 30 esposas le dieron 15 hijos varones y 20 mujeres. En total, algo menos que su padre, Abdelaziz bin Saud, que tuvo 45 hijos de 22 esposas y un número indeterminado de hijas. No crean que esto es mucho. El rey Mulay Ismail de Marruecos tuvo 550 esposas oficiales, cuatro mil concubinas, 525 hijos y 342 hijas. Hay que aclarar que de todos los varones solo 32 eran príncipes.

En las últimas semanas mis artículos han recibido críticas furibundas y muy fundadas de parte de eminentes profesores locales de estudios culturales, ciencias políticas, espiritualidad y antropología. De ellos he aprendido el sumo respeto que debemos observar por las costumbres, creencias y preceptos religiosos de otras culturas. Por lo mismo no osaré hacer en este escrito ni el menor reproche a los usos y costumbres de estos países opulentos, que son sede además de los más santos lugares. Al contrario, celebro su devoción al matrimonio, sus príncipes innumerables, sus milenarias prácticas políticas y sus venerables preceptos religiosos. En Arabia Saudí los usos dinásticos ya empiezan a funcionar como un perfecto engranaje de relojería: el hermano medio del rey muerto, el novel príncipe Salman bin Abdelaziz, de tan solo 80 años, es el nuevo rey. De él se sabe que es bastante más conservador que su medio hermano, pero ignoro cuántas esposas e hijos tendrá. El príncipe Muqrin pasa a ser príncipe heredero; el príncipe Mohammad bin Nayef, segundo en la línea al trono; el príncipe Mohammad bin Salman, ministro de defensa, y así.

¿Y las princesas? Bueno, las princesas (tal como en el Libro de los Libros) se mencionan mucho menos que los príncipes. Ni siquiera se dice su número exacto y uno se pregunta (pero no quiero que vean en esto la menor crítica) si sus padres son capaces de aprenderse sus nombres -no digamos sus rostros- de memoria. Para limitarnos al último rey saudí, de él se conocen públicamente a Adila, que aboga por el derecho a conducir de las mujeres; Sahab, casada con un príncipe de Bahrein; Maryam, médica en Europa; y otras cuatro, Sahar, Maha, Hal y Jawaher, que están bajo arresto domiciliario desde hace 13 años. Tuvo otra hija, Nora, que murió en un accidente automovilístico. Cabe anotar que ella no iba manejando el carro.

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  • Alejandro Linero Welcker 25/01/2015 at 3:01 am

    Lo único que puedo decir, es que deben tener un departamento encargado de la atención de ese gran número de esposas. La atención (no íntima por supuesto) no debe ser personal, pues seria una pesadilla. Solo tengo una mujer y a veces me vuelve loco.

  • sergio jara 25/01/2015 at 12:46 pm

    No hay felicidad completa, de sólo pensar en que tener muchas esposas trae consigo la desdicha inevitable de tener igual cantidad de suegras, se me ablanda el estómago y dejo de envidiar la poligamia real

  • Barbara Venegas Alba 25/01/2015 at 1:00 pm

    “Sólo tengo una mujer y a veces me vuelvo loco”. Comentarios como este indican la peligrosa doble moral de occidente; ya va siendo hora de multiplicar, de sacar a la luz pública y ‘ventilar’ toda esta información; un gran artículo como siempre.

  • José M. Ruiz 25/01/2015 at 1:34 pm

    Lo más fascinante del sarcasmo, mi admirado Héctor, es que los idiotas lo consideran un halago. Los demás lo asimilamos como un acuse de recibo con más o menos picante. Y siempre con admiración.
    La columna, como siempre, agradable e informativa. Muchas gracias.

  • Eva 25/01/2015 at 10:19 pm

    Leer los dos primeros comentarios al artículo más me provoca casi más indignación que la realidad retratada en aquél. Ah, claro, debe ser que como mujer que soy me falta sentido del humor.

  • Guillermo Durán García 26/01/2015 at 4:36 pm

    ¿Cuál es la novedad, admirado Abad, o dónde está la diferencia con Occidente o con la cristiandad?
    La única que vislumbro es que los árabes sí llevan estadísticas públicas de las esposas, concubinas, queridas y amantes ocasionales; al fin y al cabo, ellos inventaron la aritmética.
    O es que no ha tenido contertulios nativos que en cada encuentro se jactan de “la peladita que me levanté” y de “las viejas que me he comido”?
    No amigo Abad, otra vez no es el Islam. Allá y acá, ahora y siempre, ha sido el macho dominante, que exhibe “sus” hembras como trofeos de caza, símbolo de su virilidad y de su poder.
    En Arabia, como aquí y en el resto del mundo, los poderosos dictan leyes a su acomodo y las acatan sólo si les conviene y les da la gana.
    Interesante sería saber si el cacao árabe atiende responsablemente a su extensa prole, la legítima y la bastarda, o si, como aquí ocurre, ese macho reproductor se limita a preñar cuanto vientre se le atraviese, sin volver siquiera a mirar los hijos que engendra y deja a la deriva. Y si allá también proponen esta conducta como modelo invitando al gran público a “diomedizarse”
    Creo que tópicos como este de la paternidad responsable o el del grado de libertad real que tiene las mujeres que “aceptan” su condición de concubinas del poderoso que les tocó en suerte, examinados sin prejuicios, ayudarían más a entender las diferentes culturas y, si de eso se trata, a juzgarlas.
    Cordial saludo,
    Guillermo Durán García