Columnas

Los drones mensajeros

08/12/2013

Unmanned FlightComo siempre pasa, mientras en las primeras páginas de los periódicos —y en las redes sociales y en los bares— solamente se discute de lo que hacen o no hacen los políticos, de sus traiciones, crímenes o mezquindades, el mundo va siendo transformado realmente por los técnicos y los científicos.


El proceso, a veces, tiene caminos insospechados y paradójicos: los políticos y los militares les pagan millones a los científicos de modo que estos se dediquen a buscar métodos seguros y novedosos para matar. Cuando la cosa funciona, pulen el avance hasta volverlo de gran precisión. Esto es horrendo, pero tiene de bueno que luego los civiles se apropian de esos progresos militares y les dan un uso benéfico.

Primero vino la bomba atómica y luego la energía nuclear. Antes los jets de guerra supersónicos y luego los inmensos aviones para transportar gente de un continente a otro. Primero las cadenas de montaje para hacer uniformes, botas y armas, y luego esos métodos de producción sirvieron para proveer de ropa, zapatos y utensilios incluso a los más pobres. Ahora los drones, que inicialmente se han usado para espiar y matar enemigos políticos, empiezan a usarse también con buenos propósitos.

Tengo un amigo colombófilo que todavía entrena palomas mensajeras para llevar brevísimos mensajes de amor desde las montañas o el lejano mar hasta la casa de la amada donde tiene su palomar. Unos versos que viajan atados a la patica roja de una paloma que en el camino podría ser cazada y devorada por un águila o por un halcón. Pero ahora habrá también palomas o abejorros mecánicos, autómatas, los drones, que llevan un GPS interno, y dentro de poco serán capaces de entregar paquetes a cientos de kilómetros de distancia.

Acaba de anunciarlo el nuevo dueño del Washington Post y el viejo dueño de Amazon, Jeff Bezos, en el programa 60 Minutes. Libros, rosas o perfumes (hasta dos kilos de peso) podrían ser entregados a domicilio por drones, en un par de años. Hace uno clic en un libro de San Juan de la Cruz, y el ejemplar se le consigna a la amada en pocas horas gracias al zángano mensajero, al moscardón mecánico.

Estos drones pacíficos podrían también mandar vacunas y sueros antiofídicos a las comunidades indígenas del Vaupés, por poner un ejemplo. Y podrían de allá mismo traer muestras de sangre para diagnosticar una anemia, una malaria o una hepatitis. Andreas Raptopoulos, un inventor de California, quiere que haya una flota benéfica de drones que lleve remedios al millardo de seres humanos que viven en el mundo lejos de cualquier vía rápida de comunicación. Podrían monitorear el nevado del Ruiz y avisar en Armero si viene una avalancha. Podrían perseguir al secuestrador de un niño. Puede que en pocos años haya tantos drones repartiendo pizzas, que habrá que regular el tráfico del aire, para que los autómatas no se choquen entre sí, o con los helicópteros.

Naturalmente los antimodernistas solo ven oprobios y horrores en el ingenio humano y se horrorizarán con el zumbido de estos bichos mecánicos que surcarán el aire. Les parecerán tan antipoéticos como el ruido de las lavadoras mecánicas de ropa. Hay quienes añoran todavía los cantos de las lavanderas en el río (¿también las horas perdidas?, ¿también sus manos peladas por el jabón y la lejía?). Yo en cambio miro estos drones con la misma fascinación alucinada con la que veo un avión inmenso, cargado con cientos de viajeros, elevarse hacia el cielo y recorrer en diez horas lo que les tomaba dos meses a las carabelas de Colón (que en su momento fueron también vanguardia tecnológica, primero de guerra y luego de comercio y uso civil). Quizá un día, como dice el periodista Vittorio Zucconi, “ya no será la cigüeña la que traiga a los niños de París, sino los drones”.

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