Columnas

Las voces en el río

18/09/2016

Fluxland

Al ver los botes quietos, con huertas de hortalizas en la proa, con claraboyas circulares y bancas como la luna llena, con cortinas corridas, siempre me pregunté qué tipo de personas vivirían ahí, quiénes serían esos extraños marineros sedentarios, anclados para siempre, como quien alimenta en la quietud la ilusión de que la vida puede vivirse como un viaje interminable.

Pues bien, esta semana supe qué tipo de personas pueden ser los habitantes de estas barcazas. Me invitaron a hablar, a dormir y a escribir, en una embarcación varada a la vera del río Támesis. Los dueños de la casa que sube y baja con la mareas del río, que se estremece y cruje cuando pasa a toda máquina la lancha de la Policía, son una familia celular no demasiado extraña: un artista francés, Cyril de Commarque, su esposa, una escritora italiana, Ortensia Visconti, y la pequeña hija de los dos, Oro. No contento con vivir en su bote flotante, que lleva medio siglo sin haber visto el mar, Cyril ha diseñado otra barcaza más grande, con un techo poliédrico, donde se hacen exposiciones, debates, performances, creaciones artísticas que aportan más incógnitas a esa gran pregunta que es el mundo contemporáneo.

En el barco mecido por el Támesis tuve la suerte de compartir la misma charla con dos mujeres extraordinarias, una venida de los bordes del extremo oriente, la encantadora Fátima Bhutto, nacida en Pakistán, y la otra, Elif Shafak, proveniente de esa frágil frontera entre Oriente y Occidente, Estambul y Turquía. Ambas tenían el pelo suelto, la voz firme y serena, las ideas claras, el inglés perfecto. Dos mujeres de origen musulmán que no temen representar un papel muy distinto al de mujeres sumisas y mojigatas en una sociedad patriarcal en la que muchas veces el rol de las madres y abuelas consiste sobre todo en reproducir y afianzar el dominio de los machos.

Ambas han escrito libros valientes e iluminados en los que retratan (a veces el retrato es la mejor denuncia) los abusos de poder, las masacres y los asesinatos cometidos por los gobiernos de Turquía y Pakistán. En estos libros lo íntimo y lo público, lo ficticio y lo experimentado, se mezclan, y el sencillo recuento de la vida se convierte en una declaración de independencia y autenticidad. Elif Shafak ha sido capaz, en Leche Negra, tras una depresión posparto, de relatar con franqueza las ambigüedades anímicas de una maternidad que la cultura impone como maravillosa y “natural” para todas las mujeres. En El bastardo de Estambul es capaz, también, de romper con el mito auspiciado por las autoridades turcas: la negación del genocidio armenio. Shafak, que cuando vivió en Madrid pensaba que los armenios no eran más que despiadados terroristas, se enfrenta con valor a la historia secreta de su país, pese a ser declarada “traidora a la patria” y a pesar de que esto le hace casi imposible vivir en la Turquía represiva de hoy en día.

Fátima Bhutto, a su vez, en sus Canciones de sangre y espadas, relata con dolorosa sencillez el asesinato de su padre, eliminado probablemente por su mismo cuñado, quien llegaría a ser presidente de Pakistán. En sus poemas y novelas, Bhutto muestra sin miedo la historia de un país, el suyo, que de alguna manera ha dejado de sentir como propio.

Al lado de estas mujeres brillantes y valientes, cuya escritura las ha exiliado de la tierra donde nacieron, yo pude hablar con más esperanza de un país que ha sido tan despiadado como el de ellas, en el extremo occidente de la Tierra, Colombia, que también me exilió hace años, pero que hoy puedo mirar con el optimismo de una posible reconciliación. En el lejano río Támesis, en una Londres cosmopolita pese al nefasto Brexit, la corriente mece las voces de oriente y occidente.

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