Columnas

La retórica del perdedor

17/01/2016

Fotografía: Mikhail Pavstyuk

De los concursos literarios en los que he participado, creo que he perdido en todos menos en uno, y participo en ellos desde los 17 años, con lo cual quiero decir que llevo 40 años perdiendo concursos. Los últimos en los que fui finalista, creo, fue en el Von Rezzori, en el Rómulo Gallegos y en uno de Puerto Rico. No llegué ni segundo, y está bien. Cuando uno lleva cuatro décadas perdiendo, el callo en el pellejo se vuelve grueso como casco de camello. Pero incluso así, por allá adentro, alcanza a doler un tris.

Dice un amigo mío que la única reseña que acepta con agrado un escritor (el gremio más vanidoso del mundo después de los actores) es “obra maestra”; y la única definición con la que queda contento es: “el más grande novelista de…”. Así sea de Anzá. En fin. Creo que hasta me inventé un premio literario en la Biblioteca de Eafit con el único fin de sentir que no podía perder, por la sencilla razón de que no puedo participar.

Acaba de publicarse la lista de finalistas de ese premio a la narrativa colombiana. Y de inmediato saltaron los los letraheridos, los adoloridos, a sangrar por la herida. Son todavía muy delicados de piel y su mejor defensa es el ataque con pullas. No quiero ponerme quisquilloso y quejumbroso: para decir la verdad, la mayoría de los lectores (y de los escritores que no participan) gozan con estos concursos, los siguen, los celebran. Estén o no de acuerdo, comparan su gusto con el de un grupo de jurados y lectores competentes, y a veces descubren autores cuyo nombre ni siquiera conocían. Un premio como este busca, en últimas, promover la lectura y animar la discusión literaria. Mal haría en quejarme porque haya polémica. Cuanta más, mejor.

Lo que pasa es que a veces los argumentos son muy bobos. Uno típico es el de la igualdad de género. ¿Por qué no hay, o hay tan pocas mujeres? La respuesta es fácil: estadística. En promedio, de cien libros que llegan a un concurso colombiano, diez son de mujeres. Entonces es normal que apenas el 10% pase entre los nominados (una sola mujer) y que sea mucho más difícil que ese 10% se convierta en uno de cien. El año pasado Margarita García, con una novela preciosa, fue una de 110, pues llegó entre los 3 finalistas, lo que quiere decir que estuvo a punto de ganar. Este año hubo una buena novela de mujer entre los libros nominados, con lo cual el promedio estadístico se mantuvo. No creo que en los premios literarios se deba practicar la acción afirmativa (mujeres, afrodescendientes), como en algunos cargos públicos. Cuando la mitad de los concursantes sean mujeres, seguramente la mitad o más de los ganadores lo será también.

Otro argumento bobo es el de la “literatura oficial” versus la literatura libre o alternativa o innovadora o vanguardista, o no sé qué. Aquí pasamos fácilmente de “los mismos de siempre” al “y ese quién es”. Malo porque es conocido y peor porque es desconocido. También en los premios hay teorías de conspiración: de las grandes editoriales, de la banca, del “establishment cultural”. Tampoco ahí hacen cuentas: si un grupo editorial publica 45 libros literarios al año, y la mayoría de los editores pequeños uno o dos, la probabilidad de que las que más publican -e intentan contratar a los mejores autores- tengan más finalistas es alta. Este año una editorial pequeña mandó un único libro que llegó hasta el final. Y otras pequeñas pusieron a sus autores entre los nominados. Hay una grande sin finalistas. Pero eso no lo ven. De Vásquez y William Ospina dicen “siempre los mismos” y de Tim Keppel trinan “¿y ese quién es?”.

Bien dicen que “se desprecia lo que no se conoce”. Muchos hablan sin leer. Entre los once libros nominados al Premio Biblioteca había gran diversidad y el jurado propuso esos libros como una lista de lectura. Yo los leí todos y todos me gustaron. ¿Solo estarían contentos si dijera que son once obras maestras? Eso no lo puedo decir; once obras maestras en un año no las produce ningún país.

 

 

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