Periodismo

La poesía de William Ospina

07/01/2014

Gimnasio Moderno, mayo de 2008

Generalmente son -y deben ser- los poetas, quienes escriben sobre los libros de poesía. Yo solamente soy un prosaico prosista que siempre aspiró en vano a escribir poesía y que ha publicado en su ya larga vida un solo poema, un poema cojo y pedestre, que tiene el único mérito de haber sido impreso en la revista colombiana más ligada a William Ospina, Número. No tengo entonces un pasado que me permita hablar de la poesía como poeta y ni siquiera como versificador ocasional. Pero para que no crean que esto es una declaración de humildad o de falsa modestia, ni un intento de que me perdonen de antemano las imprecisas impresiones que voy a proponer, diré también que no he frecuentado ningún otro género literario con más fidelidad, con más fervor y con más emoción, que el género poético, y que para mí la poesía es como el alcaloide donde se concentra la más pura sustancia de ese intento siempre fallido del arte verbal: apresar y revelarnos el mundo por medio de un instrumento imperfecto, las palabras.

Con la poesía, como con todas las demás artes de esta engañosa época nuestra que parece haber renunciado a toda norma formal, yo cultivo un prejuicio absolutamente conservador: no confío en los músicos dodecafónicos si antes de todos sus ruidos y cacofonías no me demuestran que son capaces de componer una melodía armoniosa que se pueda silbar. Desprecio a los artistas plásticos que instalan boñigas o sanitarios, o que pintan de puro blanco los lienzos ya blancos, si antes no me presentan un dibujo impecable o un lienzo lleno con manchas de colores que conformen los trazos más fieles del arte figurativo. Si me encanta Pablo Picasso -un gusto que comparto con William-, el artista plástico más grande del siglo pasado, es porque antes del cubismo y de la abstracción, Picasso demostró ser el más competente y el menos adocenado de los dibujantes académicos.

Lo mismo, repito, me ocurre con la poesía. Alguna vez escribió Darío Jaramillo, en una confesión de Arte Poética, que versificar ahora era más fácil, y que difícil era lo de antes “cuando los versos tenían rima”. En esa facilidad naufragan la mayoría de los poetas de este mundo, que son, también en su mayoría, pésimos poetas. A eso se debe mi otro prejuicio conservador: nunca voy a considerar poeta a un prosista de renglones cortos, si antes no me conmueve con los versos medidos, ritmados y rimados de un soneto perfecto. Sostengo entonces, para empezar, que esa exigencia mínima no solamente la llena la poesía William Ospina, sino que no conozco a ningún otro poeta vivo de Colombia que haya sabido dominar como él esa miniatura poética, esa construcción mágica, afinada a lo largo de casi un milenio de esfuerzos, desde que algún anónimo cantor italiano inventó (o mejor descubrió en el país de las armonías platónicas) la más misteriosa y completa combinación de catorce endecasílabos entrelazados.

La poesía, dijo una vez Borges, en alguno de sus célebres y concisos prólogos, “aspira a la condición de música”. Lo primero que llama la atención en la poesía de William es su melodiosa musicalidad, el atinado oído de la persona que, con un delicioso anacronismo, a finales del siglo XX, es capaz de escribir (o de traducir) sonetos que pisan, sin arrogancia y sin vergüenza, sobre las mejores huellas de Petrarca, de Dante, de Gracilaso y de Lope. Este soneto, “Hoy”, es uno de los mejores que se han escrito en la poesía colombiana:

¿Recuerdas esa tarde en el Pireo? Ardía
En la iglesia ortodoxa la extraña ceremonia.
Atenas se agrandaba con la muerte del día,
Orión iba girando sobre la plaza Omonia.

Vivas como el amor nos urgían las calles,
Para hablar era el mundo un estrecho recinto,
Ante las blancas casas las naves en los valles
Y allá lejos los besos de una noche en Corinto.

Qué viva estaba Grecia, como el amor. Los buses,
Los barbados patriarcas, las duplicadas cruces,
Rojo vino de Samos, semáforos y olivas.

Y hoy que evoco esos fuegos, Atenas, las colinas,
El amor demorándonos en las blancas esquinas,
Ya sólo aquellas ruinas parecen estar vivas.

Un arte muy antiguo se renueva en estos bellísimos endecasílabos, untados con esa materia aparentemente tan prosaica y antipoética del siglo XX. No es poca osadía poner semáforos en un soneto, y hacer rimar las veneradas cruces con los humeantes buses, y lograr sin embargo que nada disuene, que ninguna sílaba dispare un chirrido molesto. Quienes lean este libro con la poesía reunida de William Ospina, para paladearlo a fondo, deberán decirse en voz alta, como en una plegaria, muchos de estos poemas. Así, quizá sin darse cuenta, sentirán la armoniosa respiración de los versos, el ritmo que nos va horadando, aun más que el sentido de las palabras, hasta tocar partes muy hondas de la conciencia.

William Ospina, ustedes lo saben, es una persona que se sabe todos los boleros, todos los bambucos, todos los pasillos, todos los sones, todas las rancheras, o, mejor dicho, todas las canciones. Así lo educaron en alguna población del Tolima, entre tiples y guitarras, con una infinidad de versos sencillos, como los de Martí. Así que si domina los ritmos más cultos, como heptasílabos y endecasílabos y alejandrinos, también los naturales octosílabos de nuestro castellano, con rimas consonantes, le salen espontáneos y claros, como el agua cristalina de un nacimiento en los páramos. Lo que sucede es que en las tonadas y ritmos más simples, como sucede en las coplas de Machado, también asoman en William verdades hondas o bellezas insospechadas. En estas coplas tempranas, ya hay un propósito que el poeta cumplirá luego en los decenios de ejercicio poético que siguen:
Como una liebre dorada
Que huye de negra jauría,
Un pedacito de día
Quema la cumbre encantada.

Gastó el día su tesoro
En la llanura lejana
Y arroja por mi ventana
Su última moneda de oro.

Pierde el cielo el brillo terso
Pero yo entiendo, y laboro
Para que el trocito de oro
Siga brillando en el verso.

Si a quienes escriben versos libres, como también William lo hace (aunque barnizando esa aparente libertad completa con una música escondida que el buen lector sabrá descubrir), hay que pedirles antes poemas cincelados en el rigor formal, es necesario hacer otra exigencia a quienes en su poesía reconstruyen un pasado del que no hay historia (historia, recuerden, es sinónimo de escritura) y ni siquiera mitos o leyendas. Si vas a hablar de un pasado tan remoto que sólo ha sido intuido por arqueólogos y paleontólogos, poeta, antes de creer que de verdad puedes ser la voz de aquellos que no dejaron ni crónicas ni gestas (si vas a hablar por ejemplo de esos cazadores de Mongolia que cruzaron el congelado estrecho de Boering), tendrás que demostrarme, antes, que eres capaz de adivinar el futuro. Si en tus versos yo noto que tienes ese don, ese escasísimo don, que solamente reciben los más grandes poetas, el don de la profecía, entonces yo podré aceptar también como posible verdad tus adivinaciones del ayer. Esta es otra simetría que exige mi escepticismo.

Seguramente los lectores asiduos de William ya se habrán dado cuenta. Yo no había reparado, hasta esta nueva lectura, hecha años después, en unos versos que William escribió, seguramente, antes de que empezara este nuevo milenio. Cuando leí el poema, en esta edición de “La otra orilla”, editada el mes pasado, sospeché (insisto en que soy un escéptico) que el poeta nos estaba haciendo trampa. Por suerte me gusta atesorar primeras ediciones, y en este otro libro, ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?, editado también por Norma, pero en 1995, mucho antes del 11 de septiembre, está la sensación de que este poema tiene algo de profecía. Les voy a dejar oír este poema, y ahí ustedes comprobarán que efectivamente, William tiene algo de profeta bíblico, y que los grandes poetas tienen esa escasa virtud de adivinar, de vez en cuando, el futuro, o de distinguir las verdades ocultas en los delirios dementes de los locos.
Aquí pueden oírlo en la propia voz del poeta:

http://palabravirtual.com/index.php?ir=ver_voz1.php&wid=2688&p=William%20Ospina&t=El%20loco&o=William%20Ospina

Hay otra definición de poeta: persona que ve con los ojos cerrados. Por eso, por ser capaz de ver con los ojos cerrados, confío en la voz de William, y le creo, y me convence, cuando habla del pasado, cuando se pone en la piel de los Vikings que tocaron las costas orientales de Norteamérica, o de los polinesios que atravesaron en canoa el interminable Pacífico, o de los españoles que vinieron a conquistar, que no a descubrir, un continente que ya estaba descubierto. Hay una verdad y, aquí sí, un descubrimiento en esa voz que escribe las gestas y la historia de aquellos cuya voz se perdió en las calamidades de los siglos y en esa especie de mudez que es la ausencia de la escritura. Es esta parte de su obra poética la que anuncia también la voz que se oirá en sus novelas sobre el Amazonas, Ursúa. El país de la canela y la novela que viene para completar su trilogía histórica.

Y hay algo más: al hablar del pasado, por una transposición del tiempo y por influencia directa de nuestra experiencia cotidiana, el poeta está hablando también de nuestro presente. No hace mucho, en un artículo que escribí sobre las Farc para una revista española, traté de decirles a los lectores europeos que para entender la furia selvática de esta guerrilla, nada podía ser mejor que leer el bellísimo poema que William le dedicó a Lope de Aguirre. No voy a copiarlo ahora, para no extenderme demasiado, pero les sugiero que lo lean con estos anteojos que les propongo, y quizá esa lectura despierte un poco de compasión en el más despiadado de los corazones, en estos corazones nuestros, también endurecidos por el dolor y el espanto.

Es algo muy bueno, y esperanzador, que una editorial quiera reunir la poesía de uno de los más grandes poetas colombianos. Sabemos que ni siquiera basta llamarse William Ospina para que un libro como este tenga siquiera la décima parte de los lectores que tienen los libros sobre matones, paracos y sicarios. La apuesta no es comercial, y por eso es más valiosa. En estas 360 páginas de poesía reunida los lectores hallarán una obra de gran complejidad y hondura, con una enorme belleza verbal, y con verdaderas revelaciones sobre lo que somos. William Ospina es a cabalidad un poeta colombiano, es decir un poeta de dos o de tres mundos, que plasma en los seis libros aquí reunidos toda la complejidad, la hondura y las contradicciones trágicas de quienes habitamos este país y este continente. Nosotros somos, al mismo tiempo, “el puñal y la herida, el bofetón y la mejilla”, según la feliz intuición de un poeta francés, somos el blanco, el negro y el indio, es decir, el encomendero y el siervo, el negrero y el esclavo, el predicador oscurantista y el optimista ilustrado. Ospina es capaz de conjugar en este libro, todas estas voces, en una música total que nunca es disonante. Por eso su lectura nos depara una emoción tras otra, un descubrimiento tras otro.

Dejo para el final lo único que me distancia de este colega a quien tanto admiro y a quien tanto quiero. Lo que dejo aquí escrito no lo dicta la amistad ni la antipatía. No diré que somos amigos, pues la amistad está hecha de intimidades y confidencias que William y yo no hemos compartido, pero sí puedo decir que hemos hablado mucho de nuestros amores, de nuestros amores literarios en común (Borges en especial, pero también De Greiff, y Barba Jacob, y algún poema de Rubén Darío, de Aurelio Arturo o de Gerardo Diego). Pero también hemos tenido diferencias: yo el escéptico que confía en las tenues luces de la razón, William el embrujado que prefiere las iluminaciones secretas de unas voces ocultas y para mí desconocidas. ¿Cuál es mi desacuerdo de fondo, sobre todo con algunos de sus ensayos, pero que también se trasluce en algunos de sus poemas, incluso de sus más hermosos poemas? Es este: yo no creo que el mundo fuera mejor cuando los hombres creían en Dios o en montones de dioses. Creo que los hombres no eran menos crueles cuando no se mataba en nombre de la razón sino de los dioses. William siempre ha dicho que no hay progreso del puñal a la metralleta, y está bien. Lo que yo sostengo es que no ha habido tampoco progreso o deterioro mental, y que si los hombres de antes, los creyentes -los que vivían en un mundo habitado por dioses y demonios- mataban menos, fue más por sus limitaciones técnicas que por su bondad o por su respeto a lo sagrado. En todo caso, tengan en cuenta que, como los poemas no son tesis, estos tampoco deben ser juzgados por acuerdos o desacuerdos ideológicos, sino por su belleza. Yo no creo en el Dios cristiano de Santa Teresa, pero estoy dispuesto a admitir que pocas veces he leído tanta belleza como en su poesía religiosa.

Esto me lleva a afirmar que las más altas cumbres de la poesía castellana están en la poesía mística. Así como quizá nunca hemos llegado a nada tan cercano a la perfecta belleza como con la música religiosa de Bach, también creo que las cimas de nuestro idioma las alcanzaron al hablar de Dios, esa ilusión humana, esos tres inmensos poetas que fueron Fray Luis de León, Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. Pues bien, también de ellos, los más grandes, hay ecos maravillosos en la música verbal de William Ospina. No me basta que un poeta sea capaz de hacer un soneto perfecto; tampoco es suficiente que domine a la perfección las asonancias y los ritmos internos. Hay otra cosa que me parece indispensable para poder situar a un poeta entre los grandes: que hable con convicción y con absoluta belleza, de ese absoluto que no existe, pero que es una misteriosa aspiración humana. Por eso voy a terminar con estos versos en los que William corona también esas altas cumbres, las cimas más lejanas y perfectas de la poesía. Es uno de los poemas de su último libro, todavía inconcluso, el que se llama La prisa de los árboles.

Pero antes de leerlo, diré algo más. Este libro se abre, como todos los libros bien editados, con una ficha bibliográfica elaborada en la Biblioteca Luis Angel Arango. Allí tienen una rara costumbre. Cuando uno no se ha muerto, en seguida del nombre y del año de nacimiento, ponen una rayita, un guión, como con ansias de llenar el espacio en blanco con la fecha que falta, la de nuestra muerte. En el prólogo a su último libro, William nos hace una de las pocas, de las muy escasas revelaciones sobre su vida privada. Igual que le ocurrió a Borges al promediar su vida, William relata que una vez, en diciembre de 1994, estuvo al borde de la muerte. Si se fijan bien, desde esas fechas, hay en la obra de William, una cesura y una ruptura. A partir de ahí es como si quisiera abarcarlo todo. Como parece tener la prisa de los árboles, escribe menos versos y más prosa, e incluso ha reencarnado como cronista de Indias en novelas históricas de ardua lectura narrativa, y sin embargo de gran belleza poética. Pero en los versos toca fibras, para mí, más hondas, y si hice esta última digresión, es porque quizá fue esa experiencia cercana de la muerte la que le permitió al poeta llegar aún más lejos y más arriba.

Y ahora sí estos versos con que quiero terminar, que están al final de un poema inspirado por La Aljama de Córdoba, es decir por la célebre mezquita, ese lugar donde también el arte de la arquitectura ha conseguido tocar lo sublime. Allí el poeta no canta, allí el poeta reza, así: (p.338)

He dicho mi oración en tu penumbra,
burbuja del desierto, vasta flor innombrable,
mora luna cristiana,
y hecha de gratitud, no de certezas,
es mi oración mestiza como tú,
más pasión que armonía,
y hay en ella también nichos de sombra,
arcos indescifrables,
trozos de piedra en cuyos talismanes
tal vez reposa Dios,
sin nombre, sin historia,
efundiendo sin fin una paz inhumana,
una paz sobrehumana,
que alcanza a todo ser,
a toda encina o piedra,
y no promete nada pero enseña a vivir,
y no promete nada pero enseña a morir,
y mientras dure el tiempo
nos da en torno su rosa,
y a lo lejos su estrella,
y enseña a cada quien a estar solo con ella.

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