Columnas

La paradoja del “establecimiento”

20/11/2016

Pero imagino que sí hay quien piense que la redondez del mundo es tan solo una opinión del establishment científico y que por lo tanto si un grupo religioso afirma que la tierra es plana como un plato, esa opinión debe ser respetada. La teoría de la evolución, en esta misma línea, no sería una hipótesis tantas veces confirmada por la evidencia científica hasta ser casi un axioma del mainstream intelectual, sino una conjetura dudosa, o con bases tan poco sólidas como el creacionismo, y por lo tanto el tipo de enseñanza sobre el origen del hombre debe someterse a votación.

Vamos más allá: el consenso de casi toda la academia médica seria es que las vacunas son buenas, previenen enfermedades y no producen autismo. Los posibles efectos adversos son tan raros que conviene correr el riesgo de vacunar a toda la población. Un político, sin embargo, puede ganar votos negando esta verdad establecida, y criticando al establishment médico. Demos otro paso: el establecimiento científico cree firmemente que el calentamiento global no es un invento del lobbyanticapitalista, sino un hecho, y que su origen está en la emisión exagerada de CO2 y otros gases de efecto invernadero. En esto el mainstream científico había convencido, en buena medida, al establecimiento político.

Si bien en la elección de Trump no se llegó al extremo de negar la redondez de la tierra ni de intentar derogar la ley de la gravitación universal por vía electoral, las posiciones de esa campaña en contra del establishment científico son preocupantes. El vicepresidente de Trump niega la evolución y defiende teorías creacionistas; Trump ha dicho que hay vacunas que producen autismo y además niega el calentamiento global. Estas afirmaciones anticientíficas darían solamente risa si no las sostuvieran dos de las personas más poderosas de la tierra. Y si millones de votantes no hubieran apoyado estos delirios.

También en las ciencias sociales hay afirmaciones en las que el consenso de las personas más ilustradas es casi unánime. Si bien en las ciencias humanas las pruebas lógicas o empíricas no tienen la misma solidez que las verdades de las ciencias duras, hay asuntos en los que es posible llegar a un consenso casi universal en el mainstream cultural. Es una verdad establecida y casi obvia entre las élites académicas y políticas que a las mujeres no se las maltrata de ningún modo, y menos con violencia; también es algo que se da por probado entre los gobiernos de Occidente, que a las mujeres no se las acosa sexualmente con palabras, y mucho menos se las magrea contra su voluntad.

El racismo o la discriminación de las minorías étnicas no es defendido por casi ningún líder del “establecimiento” occidental (al menos hasta ahora). También la mayoría de la élite gobernante o del mainstream universitario está de acuerdo con la defensa de los derechos de los homosexuales, con su posibilidad de casarse y adoptar hijos. En fin, hay una serie de asuntos en los que el consenso del “establecimiento” es amplio y se considera probado.

¿Qué hacer cuando en estos temas el establecimiento está en lo correcto y las mayorías seducidas por los populistas contradicen la evidencia científica, o las conclusiones mejor consolidadas por los humanistas? Tal vez sería hora de decidir que sobre ciertas “verdades” culturales consolidadas no se vota (así como no se vota para decidir si una ecuación está bien o mal, ni para escoger el mejor tratamiento médico, ni se vota para decidir si el agua debe ser potable o no). Tendría que haber asuntos que la mayoría populista no podría derogar nunca.

Porque en el mundo de hoy estamos asistiendo a una paradoja: en ciertos temas, es mucho más reaccionario ir en contra del establecimiento que estar con él. Ninguna libertad política debería conceder, por ejemplo, el derecho a maltratar a las mujeres, a discriminar a los negros (o a los blancos) ni a burlarse de los gais.

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