Columnas

La paradoja del cusumbosolo

02/08/2015

Uno no se conoce. O, mejor dicho, uno cree que se conoce y hasta dice cosas sobre lo que es. Se define. Dice, por ejemplo: “soy un cusumbosolo”. Pero luego se observa, es decir, compara eso que dice con lo que de verdad hace, y entonces se da cuenta de que tiene ideas locas y equivocadas sobre sí mismo.

"San Jerónimo penitente". José María Rodríguez de Losada. (1826 - 1896)

“San Jerónimo penitente”. José María Rodríguez de Losada. (1826 – 1896)

En su “Admonición a los impertinentes” León de Greiff decía: “Yo deseo estar solo, / non curo de compaña, / quiero catar silencio, / mi sola golosina.” Pero, si tanto quería estar solo y en silencio ¿por qué vivía en los cafés tomando tinto (o vodka o aguardiente)? Los ermitaños no deberían salir de la casa.

Yo a veces también digo que soy esquivo y solitario, pero luego me observo. Todos los días voy a una oficina; y si no estoy en la oficina, estoy de viaje. Me quejo de los viajes. Pero lo cierto es que no paro de viajar (escribo desde Lima). Claro, también puedo decir que voy a la biblioteca por necesidad y que viajo para presentar mis libros y así poder vivir de lo que escribo. Qué va. Yo podría llevar una vida de perfecto cusumbosolo, encerrado en la casa, sin ver a nadie, y con puros contactos virtuales: correos, llamadas por Skype, chats eróticos, Twitter, ese mundo irreal.

Me quejo de que tengo que salir, pero salgo, y si lo pienso bien, lo que me da la dicha no es quedarme encerrado, sino salir. Voy a la biblioteca, y veo gente. Voy a la piscina y nado. Voy a la universidad y veo jóvenes, montones de jóvenes, y la juventud te regala una especie de juventud y de felicidad vicaria. No es exactamente la propia, pero tampoco es irreal. Hago un taller de escritura, y oigo a los jóvenes leer sus escritos, y sufrir, discutir sobre ellos, conmoverse, resentirse. Todo eso me cansa, digo que me cansa, pero si me miro bien, en realidad me encanta. Me da vida, me anima. Ellos me devuelven la ilusión que la edad me va quitando.

Cada rato digo que me voy a encerrar en una cabaña en las montañas y que voy a poner una tapia bien alta alrededor de la finca para no volver a ver a nadie, como esos escritores que no se dejan tomar fotos y que hacen tiros al aire para espantar a los intrusos. Lo digo, pero luego lo pienso bien y me doy cuenta de que sería una vida amarga y aburrida. Tengo hijos, hijos míos alegres y exigentes, y como me parece muy poco tener apenas dos hijos, tengo también dos hijos ajenos, niños, de los que me quejo porque hacen bulla y desordenan todo con los juguetes y los gritos, pero en cambio me encanta que estén ahí y le traigan ruido y desorden a mi vida. Además, dicen que Jesús añadió, después del “dejad que los niños vengan a mí”: porque detrás de los niños vienen las mamás.

Lo bueno, en realidad, son las molestias y las diligencias. Tengo una pariente de 90 años a la que no le alcanza la vida para todas las cosas que tiene que hacer cada día. Vive ocupadísima. Merca, paga las cuentas, va a clases de costura, a clases de internet, a la farmacia para comprarnos ansiolíticos a todos los parientes, y vive muy feliz de tener tanto que hacer, y de salir, y de no haberse jubilado nunca.

En diciembre, gracias a que ella nos obliga, nos juntamos diez días cuarenta personas en el campo. A veces no alcanzan las camas y algunos duermen en el jardín, bajo una carpa. La Navidad pasada había gente entre los 94 y los 4 años y yo, el cusumbosolo, me quejaba mentalmente en la hamaca de que no había silencio ni paz para leer. Pero luego pensaba en lo triste que sería la vida sin esa feliz molestia de tanta compañía, sin la bonita dificultad de hacer un arroz o una pasta para tanta gente. Qué maravilla. Yo me sé de memoria la “Admonición a los impertinentes” de De Greiff, y refunfuño con él: “dejadme solo, dejadme solo”. Pero sé que es mentira. No quiero estar solo, ni encerrado en la casa. Lo bueno es salir, y esforzarse, y ver jóvenes hermosos y alegres y tristes por todas partes, y no quedarse peleando por bobadas en Twitter, ni contestando mil correos, ni rumiando pensamientos que no llevan a nada.

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  • Juan Hernany Romero Cruz 03/08/2015 at 12:37 pm

    En las pasadas vacaciones de mitad de año tenía planeadas muchas jornadas de lectura en casa, pero tan pronto habían pasado dos semanas recibimos la visita de nuestros familiares manizaleños. En verdad no me molesta la presencia de mis parientes, lo que me molesta es cuando encienden el televisor con un volumen bien alto para ver “El desafió” en un apartamento pequeño donde lo que se hace en un cuarto se escucha en el resto.
    Teniendo en cuenta lo anterior creo que es necesario aprender a convivir porque así lo quisiéramos, no estamos solos y son los demás los que nos dan las mejores horas al escucharnos, leernos o narrarnos algo tan útil, sutil o necesario para la vida. De lo contrario nos podríamos estar condenando a unos cien años de soledad.

  • Juan Carrera C 04/08/2015 at 2:31 am

    Excelente blog; tal vez el ”cusumbosolo” no es nada más, que, el niño interior: caprichoso y patán que llora por estar solo, pero, que sin darnos cuenta añora y nos pide a gritos ser ese ser ”racional”.

  • Natalia Jaramillo 05/08/2015 at 2:30 am

    Así somos, un sinúmero de extrañesas. Hermosa reflexión!