Columnas

La ladrona de los recuerdos

19/01/2014

Robber-of-Memories¿Quién será el ladrón -o la ladrona- de los recuerdos? Tal vez la ladrona de la memoria sea la muerte. Pero si se piensa bien, hay por lo menos otra posibilidad. El dueño de este título, Michael Jacobs, contaba que sus padres habían sufrido de males parecidos: demencia senil y mal de Alzheimer. Y esa enfermedad, el alzhéimer, podría ser definida exactamente con el título del último libro que nos dejó Michael, quien acaba de morir en una clínica de Londres con la memoria intacta: “The Robber of Memories”, el ladrón de los recuerdos.

Si mi memoria fuera precisa podría saber cuándo vi a Mike por última vez. Sé que fue en Londres, sé que él me llevó a caminar por uno de sus barrios y sé también que estuvimos viendo caer la tarde sobre el río Támesis desde Primrose Hill, uno de sus sitios favoritos en la ciudad. Pero ¿cuándo? Para saber la fecha miro la dedicatoria del libro: 2 de noviembre de 2012, hace un año y dos meses. Mirando el río apacible hablábamos de otro río lejano, turbio y tormentoso: el Magdalena. El libro que acababa de publicar era el recuento de su viaje por ese río de nuestra memoria. Su viaje y su escritura habían sido dobles: al nacimiento del río y a los orígenes de la enfermedad del olvido. La dedicatoria termina con uno de esos sueños que siempre llevamos en la calavera: “con la esperanza de muchos más encuentros en el futuro”. Y fue el último.

El libro, que ojalá se publique pronto en español, empieza con el encuentro del viajero con García Márquez y las dos impresiones que su mirada le causa. La primera le evoca el recuerdo de sus padres cuando ambos empezaban a perder la memoria: “levemente rabiosa y confusa, como si quisiera que todo el mundo a su alrededor se largara, como si se hubiera dado cuenta con terror de que no tenía ni idea de con quiénes estaba ni de qué estaba haciendo en su compañía.” La segunda mirada, en cambio, cuando se le menciona el río Magdalena, es de ojos que se iluminan de reconocimiento: “el Magdalena es el río de su vida, el río que le dio un motivo para querer ser joven otra vez.” Y cuenta Jacobs que le dijo: “Yo recuerdo todo del río, absolutamente todo, los caimanes, los manatíes…”.

¿En qué momento alguien deja de ser alguien, si poco a poco se van borrando sus recuerdos? ¿En qué momento el yo ya no puede ser yo? García Márquez sigue siendo él en muchas cosas, aunque ya muchas no las recuerde. Cuentan que un día le dijo a uno de sus mejores amigos: “No me acuerdo de quién eres, pero sé que te quiero mucho.” A mí una tarde me dijo de su casa en Cartagena: “Cuando llegamos aquí yo no recordaba que esta casa era mía, pero después sembramos árboles y nos quedamos.” Es evidente que el alma poética de García Márquez sigue intacta todavía, sobreviviendo a la desmemoria, en frases que le brotan hermosas como por encanto.

Sé que lo mismo sintió Michael Jacobs en aquel encuentro fugaz con el mayor genio de nuestra literatura, al principio de su viaje en busca de las fuentes del Magdalena. Yo fui testigo de otra parte de su viaje: la que lo llevó a Yarumal y a Angostura a conocer a los enfermos precoces de alzhéimer, que son hoy una fuente de la investigación de vanguardia sobre la enfermedad. Tras visitar brevemente a un enfermo, escribe: “… los ojos muy abiertos, la expresión como de alguien atrapado en una interminable pesadilla. Percibí de inmediato lo que sentí cuando entré al cuarto de mi padre la mañana de su muerte. Un escalofrío. La súbita certidumbre de que no hay nada al final de la vida, de que no existe ‘lo de arriba’. Y termina: “lo que quisiera saber es si algo sobrevive en su mente. Yo necesitaba creer que ciertos pensamientos y recuerdos quedan, lo suficientemente fuertes como para balancear el sentimiento de vacío que tenemos enfrente, para darle a la vida sus instantes trascendentes, mientras uno sigue viajando río arriba, hacia unas fuentes enigmáticas.” Es un triste enigma que Jacobs haya muerto tan pronto; quizá sea un consuelo que no haya conocido a los ladrones que se robaron los recuerdos de sus padres.

Quizá una de las pocas ventajas que tiene el morirse antes de tiempo -antes de llegar a una edad provecta- es que uno no llega a padecer los achaques típicos de la senectud. Hace poco leía una artículo que explicaba por qué tenemos la sensación de que todo el mundo se enferma de cáncer o de que cada vez hay más enfermos de alzhéimer. El motivo es muy simple: porque ha aumentado la expectativa de vida y cada vez la mayoría de la población mundial vive más años. El cáncer y algún tipo de enfermedad degenerativa de la memoria son un destino casi ineluctable si uno se aproxima al centenario.

Michael Jacobs irradiaba alegría y vitalidad. La misma enfermedad de sus padres le había dado la señal inequívoca de que había que gozar ahora mismo, aquí y ahora, Carpe diem, pues nunca sabemos en qué momento la fiesta se nos acaba. Estar con Michael era siempre una fiesta porque él sentía la fugacidad de la existencia y por eso mismo le exprimía con gran entusiasmo todos sus gustos: caminar por el campo, beber, comer, conversar con hondura sobre todos los temas, abrazar la belleza, denunciar la injusticia, crear lazos de afecto y comprensión. Todo eso me deja su memoria, una memoria que me alegra la vida, a pesar del mal sabor que su muerte -inesperada, injusta- nos deja. Supiste vivir, Michael, y nos enseñaste a vivir mejor. Mientras las neuronas no se desconfiguren, entonces, te seguiremos recordando con agradecimiento y cariño.

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