Columnas

La fama de los muertos

28/12/2014
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La calumnia de Apeles, Sandro Botticelli

 

Que no hay muerto malo, dicen, y en cambio casi siempre lo que pasa, al menos con las celebridades, es todo lo contrario: eran buenos en vida y, al morirse, los transforman en monstruos sin clemencia. Los enemigos que tenían espinitas guardadas, clavos para sacarse, no pierden la ocasión para ensañarse con ellos, ahora que la lengua del otro se ha podrido y no puede modular una protesta, un insulto, una corrección con pruebas, ahora que no tiene manos ni voz ni voto para defenderse.

¿Quién no puede decir, cuando alguien ya está muerto, que una vez estuvieron juntos, qué se yo, en un cuarto de hotel en Lisboa o en Lima, que tomaron oporto o pisco hasta perder la cabeza y que luego retozaron hasta el amanecer como conejos que nunca tienen suficiente? Pero esto, en fin, sería casi elogiarlos, como no fuera por el sufrimiento del viudo o de la viuda, del nieto o de la novia. Pero ¿quién no puede decir, también, que el muerto dijo esto o aquello, así no lo haya dicho nunca, o que tenía tal resabio en la mesa o que en la intimidad chupaba dedo, comía mocos o se tiraba pedos? ¿Quién no puede decir que tenía hijos regados por los pueblos, o que mamaba burras, o que era pederasta o ambidiestro? Esto les pasa a las personas sin renombre alguno, apenas conocidas en el barrio, y ni qué decir a los que tuvieron alguna fama, o mucha, o fueron celebridades del cine, la farándula, del arte, de las ciencias o la literatura.

El famoso se muere y caen como buitres verdades y mentiras, o lo que es mucho más corriente en todo el mundo, las verdades a medias, las calumnias apenas esbozadas, las insinuaciones, la chismografía, toda la leche rancia, mala, cortada y maloliente. ¿Y quién protege la imagen de los muertos, si ya por no existir no son dolientes ni tienen ningún derecho legal a reclamar perjurios o perjuicios? Cuando están vivos, los vivos, si quieren, se defienden, desmienten, explican, matizan o demandan. Pero ¿quién puede defender la buena fama de los famosos, quién puede ocuparse de su derecho al buen nombre, al patrimonio moral e incluso al material? Si vivos los pisotean, los piratean, los mancillan, si en las redes los mandan al infierno, los equiparan a espías, soplones, proxenetas, si no los bajan de idiotas o de malparidos o cursis o sicarios, ¿qué esperarse después cuando ya ni siquiera pueden defenderse? Uno piensa: los hijos, los amigos, la esposa, los colegas, los van a defender. Qué va; los primeros se están lamiendo las heridas, y los últimos están para cuidar su propia fama, sin tiempo de ocuparse de la ajena. Sonríen y hasta creen todas las infamias que se dicen de los famosos muertos, porque calculan que la cantidad de buena fama disponible en el mundo es fija, y la que se da a uno se le quita a otro, y viceversa.

Los biógrafos secretos que tomaron apuntes la vida entera, ciertos o no tan ciertos, tienen la vía libre para decir lo que tenían en la punta de la lengua sobre el muerto: sus miserias, sus adulterios, las veces que los vieron en una situación indecente o desdiciente (o no los vieron, pero se lo contaron). Duro y a la cabeza con el muerto.

Al ver cómo tratan a los muertos famosos, la mejor bendición sería no ser famoso nunca, o mucho más preferible aún, si se pudiera, no morirse jamás para poder seguir aquí y defenderse. El único consuelo es que a los muertos, por estar tan muertos, ya tampoco les duele. Que hablen y digan y calumnien los vivos. Al fin y al cabo la infamia es también, en parte, la compensación y precio que pagan los que tienen buena fama. Ser famoso consiste en la capacidad de soportar la infamia, en vida, y en sobrevivir a la calumnia, estando muertos.

 

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