Columnas

La ciudad sin tombos

12/02/2017

Tombos

En su formidable estudio sobre la violencia en el mundo (The Better Angels of Our Nature), Steven Pinker se refiere a una experiencia personal que lo hizo reflexionar sobre su ingenua confianza en que un orden anarquista, sin intervención alguna de la policía, produciría una sociedad más armónica y pacífica. En 1969, cuando él era el típico adolescente rebelde y libertario, hubo una huelga de la policía en su ciudad, Montreal. Bastaron pocas horas sin tombos para que una ciudad famosa por lo tranquila y segura se hundiera en el caos: asaltaron seis bancos, hubo doce incendios deliberados, más de cien robos y dos asesinatos.

Una experiencia parecida, pero más larga y mucho peor, han estado sufriendo en estos días los brasileños del estado de Espíritu Santo y en especial de su capital, Vitória. En siete días de huelga de la policía, desde el 3 de febrero, ya han muerto 121 personas asesinadas, la mayoría de las tiendas han cerrado por miedo a los robos (salvo las que venden armas, que siguen abiertas, no se sabe si para venderlas a los atracadores o a los que quieren defenderse). También el transporte está paralizado y los empleados no pueden ir a trabajar, con lo cual muchas empresas están improductivas. Las escuelas y parte de los centros de salud están cerrados. Aunque el gobierno central ha mandado al ejército, los soldados (entrenados para combatir a otros soldados, no para contener a los civiles) no han podido devolver la tranquilidad a la zona. Las esposas de los policías, a quienes el gobierno no les sube el sueldo hace cuatro años, impiden que otras milicias salgan de los cuarteles a patrullar las calles. En fin, el experimento involuntario de la ciudad sin policía no parece estar funcionando muy bien.

No es muy distinto lo que ocurre en los barrios más conflictivos y violentos de nuestras ciudades, que en general son también los más pobres. Expulsada por los combos violentos, odiada por los duros que dominan el barrio, la policía sale desterrada de esas zonas. Y es allí, precisamente, donde más atracos y homicidios padece la comunidad. Al estigma de ser los más pobres añaden la desgracia de no tener seguro ni lo poco que tienen. Es allí donde más vacunan, donde más desguazan, donde más se trafica, donde el volumen de la música es más alto y el descanso imposible, donde hay electrocutados e incendios por la luz de contrabando y donde los lotes no se defienden con escrituras, notarios y jueces, sino con pistolas. La ausencia del Estado no es la dicha, sino la ley del más bruto y el más bravo.

Según Pinker, el Leviatán (monstruo estatal) y el comercio justo (menos rentable que el saqueo, pero con menos riesgos), son dos de los factores que disminuyen la violencia en una sociedad. Y la policía, si no es corrupta ni arbitraria, sería la mano que vigila que se cumplan las normas del Estado. En estos días he leído artículos y visto manifestaciones en contra del nuevo código de policía. También he leído sobre sobornos y violencia desmedida de parte de policías que aprovechan las nuevas multas para cosechar mordidas.

Obviamente no estoy a favor de una policía arbitraria, violenta con los más débiles o corrupta. Pero creer, como ciertos adolescentes inmaduros o ciertos viejitos pueriles, que la existencia de la policía o la promulgación del nuevo código forman parte de un plan represivo intolerable, es convertirse en cómplices de una ciudad sin normas que solo sirve a los intereses de los mafiosos y los delincuentes. A las bandas, más que a nadie, les conviene instigar a los jóvenes para que “libren a sus barrios de la represión policial”. Así pueden seguir reprimiendo los señores de las sombras, que a nadie le rinden cuentas, y que trafican, atracan y matan en medio del miedo y de la impunidad. Una policía urbana profesional, civil (no militar), no corrupta y respetuosa de los derechos humanos, podría hacer mucho por educar en las prácticas más civilizadas de la convivencia ciudadana.

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1 Comment

  • Reply Jealbo 13/02/2017 at 6:56 am

    La expresión “tombos”, suena tan despectiva, irrespetuosa y excluyente, como cuando el soberbio y mal geniado de Germán vargas Ll. trató de “venecos” a los venezolanos.
    Jealbo

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