Columnas

La buena voluntad

26/06/2016

 

El pasado jueves 23 de junio podría llegar a ser una fecha tan simbólica como el 20 de julio o el 7 de agosto: Colombia decide al fin, tras cuatro años de arduas negociaciones y batallas de lengua en La Habana, que va a separar el ejercicio de la política y el uso de las armas. La guerrilla más vieja, extremista y numerosa de América, acepta hacer política sin armas y, en el mismo acuerdo, el gobierno se compromete y la guerrilla acepta que sea la fuerza pública legal (el ejército y la policía), los que se encarguen de la seguridad de los desmovilizados y de perseguir a las bandas criminales y paramilitares que hace algunos años combatían con el Gobierno en el mismo bando.

Sacar a la guerrilla de la violencia y la lucha armada, es decir, del intento de imponer con fusiles su ideología, es tan importante como comprometer al Estado a no volver a usar jamás la mano negra de bandas paramilitares como aliadas secretas, usadas clandestinamente con el supuesto fin de defender la democracia. Si de verdad se cumple que la guerrilla funde las armas y forma un movimiento político, y si se cumple también que el Estado deja de usar grupos paramilitares como brazo violento en la clandestinidad, habremos llegado al fin a la primera aspiración de toda democracia: reemplazar la violencia por el debate, la discusión y los votos.

El verdadero líder de la extrema derecha colombiana, que no es el senador Uribe sino el procurador Alejandro Ordóñez, hizo declaraciones a un diario de los ultramontanos españoles. Con razón se dice que cuando Pepe habla de Juan, se aprende más de Pepe que de Juan. Dijo este Pepe Ordóñez que “en La Habana no hay dos partes, sino una sola parte, que es el Gobierno unido con las Farc”. Al decir esto, que es falso a todas luces (no se necesitan cuatro años de discusiones para un acuerdo de yo con yo), el procurador habla de sí mismo, un defensor del paramilitarismo, y esclarece lo que ocurrió en la paz anterior con los paramilitares: esa sí fue una clara negociación entre un brazo legal e ilegal del mismo bando.

La reacción de Uribe fue más retórica y melancólica. Leyó una proclama en un papel arrugado que parecía un mal poema recitado por un colegial. Repitió 37 veces la misma frase, “la palabra paz queda herida” y luego se quedó lelo mirando a la cámara, con la misma cara de un portero al que acaban de hacerle un gol de contragolpe. Al lado del sagaz y malintencionado procurador, capaz de mentir con la cara más dura, Uribe parecía recién expulsado por una tarjeta roja del árbitro surcoreano Ban Ki-moon.

Pero es un error concentrarse en esta fecha en los enemigos ya no tan agazapados, sino abiertos, de la paz. En un mundo lleno de malas noticias, ¡Colombia es la buena noticia! Este país que tantas veces nos hizo sentir vergüenza por sus noticias de violencia y salvajismo (por parte de las acciones dementes de la guerrilla y de los paramilitares), hoy nos hace sentir felicidad y orgullo. Unos negociadores serios y devotos, a quienes les debemos un agradecimiento infinito, respaldados por un gobierno con sinceras ganas de hacer la paz, convencieron a los combatientes más recalcitrantes a fundir los fusiles y a hacer política con palabras y sin violencia. Esto, si se cumple, es sencillamente maravilloso.

Algunos dicen que por la presencia de Maduro y de Castro todo queda desvirtuado. Olvidan que allí estaban la ONU, México, Chile, Noruega, Francia y otros países garantes. Y olvidan también que solo Cuba y Venezuela le daban a la guerrilla la confianza de estar negociando en un sitio seguro, y sin sospechas de traición. Cuando el gobierno de Colombia aceptó jugar en la cancha del adversario hizo un primer sacrificio muy inteligente pues allá la guerrilla no tenía disculpa para no negociar.

Y la presencia de Venezuela es garantía de algo más: mientras las Farc consideren al movimiento bolivariano como un referente político, tendrán votos y senadores, pero nunca ganarán las elecciones.

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