Columnas

Haz lo que te dé la gana

03/07/2016

Si uno no le cede al Estado una parte del control de la vida, no puede reclamarle a ese mismo Estado que le dé paz y seguridad. Yo también preferiría un mundo sin Estado, sin policía, sin que el poder se entrometa en mi vida privada, pero he vivido en Colombia, donde el Estado es débil e ineficiente, y en países democráticos donde el Estado se mete en casi todo, y puedo asegurar que el sistema regulado liberal funciona menos mal que el sistema anárquico colombiano. Creo que aquí gozamos de un seductor, pero dañino, exceso de libertad. La izquierda local, la misma que alaba la revolución cubana, se indigna porque la policía controle el trago, pero no se opone a que en Cuba haya controles feroces típicos de un estado totalitario. Les encanta el Estado policial, pero solo si ellos están en el gobierno.

Por triste que sea reconocerlo, cuando el Estado no controla el territorio, los ciudadanos no quedan viviendo en una feliz y armónica comuna anárquica, sino que su libertad está limitada por poderes fácticos, mucho más feroces y arbitrarios que el Estado. Unos poderes basados en el dinero y las armas, que además no tienen que rendirle cuentas a nadie. Prefiero que las normas me las dicte un estado cuyo gobierno elijo, cuyas leyes discuto, que un criminal, un gamonal, un narco, un paramilitar, un guerrillero. No es que ante la ausencia del Estado vivamos en un país libre, de autogobierno sensato, sino que vivimos a la merced del más fuerte, del lobo hobbesiano.

El Estado fuerte republicano de inspiración napoleónica, pero respetuoso de los derechos humanos, sabe dónde vive y trabaja cada ciudadano. Éste no se inscribe para votar donde le da la gana (ni se trastean votos, como aquí), sino que el voto y el lugar de votación le llegan a su domicilio, que tanto el registrador como la policía conocen en detalle. Es un Estado que controla, por supuesto, pero porque es preferible que te controle ese Estado a que te controlen los duros del barrio que pasan con pistolas cobrando la vacuna de la semana. Es lo uno o lo otro. No es la feliz anarquía, sino la ley del monte.

En las ciudades que funcionan, las ventas callejeras son situaciones extremas, desesperadas y ocasionales. La acera es para caminar, la calle no está invadida, y menos por un ambulante fijo (ya esto es un oxímoron) que lleva diez años en el mismo sitio vendiendo chucherías de contrabando. Hay que distinguir entre el vendedor ambulante desesperado que vende cigarrillos sueltos en el bus, y el fijo, víctima de un mafioso dueño de la manzana donde te cobra por vender. En Medellín hay que pagar vacuna incluso para poder mendigar en el semáforo. Hay dueños de semáforos y de esquinas, porque no hay un Estado que garantice que las esquinas son de todos, es decir que nadie las puede monopolizar amparado en la benevolencia de los bien intencionados, cuando en realidad es el empleado informal, el esclavo real, de un dictadorzuelo local que lo esclaviza durante años.

Recuerdo que cuando mi mamá recibió su décimo sueldo, compró un pichirilo, tumbó una pared del frente de la casa, y metió a su majestad el carro en la biblioteca a que goteara aceite sobre un viejo Colombiano. Un Estado serio no deja que una ventana y una sala se vuelvan garaje. La fachada y los usos residenciales los controla el municipio, y uno no hace lo que le da la gana ni siquiera en la casa.

En Colombia nos hemos acostumbrado a la ausencia del Estado, a la defensa populista del desorden. Y es eso lo que produce nuestro caos, el abandono de las plazas, la fealdad de las fachadas, las motos sin normas, la carencia de planeación urbana. Podemos creer que eso es vivir en una feliz libertad. Yo mismo lo he creído. Pero en realidad esa anarquía lo que produce es el abuso y el dominio de los más fuertes, de los violentos que portan armas ilegales. Mientras el ser humano no sea perfecto, nos toca escoger a quiénes les cedemos parte de la libertad, si al Estado o a los poderes informales.

 

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  • pezzottigiovanna@gmail.com 03/07/2016 at 6:20 pm

    Buona sera Hector Abad.
    – Stupendo grazie per compartire