Periodismo

Gabriel García Márquez, in memoriam

20/04/2014

Me he pasado este jueves y este viernes, después de la noticia de la muerte del más grande escritor de nuestra historia, releyendo varios libros de García Márquez. Lo hice como quien lee los Evangelios: con devoción, con intensidad, emocionado. Y si en un primer momento recibí la noticia tranquilo y resignado (no hay muerte menos infeliz que la de morirse de viejo, rodeado de las personas queridas, según la receta de los versos de Jorge Manrique, que Gabo consideraba los mejores del castellano: “cercado de su mujer / y de sus hijos y hermanos”), a medida que iba releyendo pedazos de sus libros, y mientras me iba metiendo hora a hora en la fluidez hipnótica de su prosa, la tristeza iba creciendo en mí por oleadas, hasta llegar al llanto.

 

Gabriel-Garcia-Marquez-Richard Avedon

Gabriel García Márquez retratado por Richard Avedon. 2004.

Es triste que la mente de un genio semejante pueda apagarse para siempre; es triste que de su voz compasiva, de su humor leve y fresco como el aire, de sus profundos apuntes sobre la bondad y la maldad humana, ya no quede sino ese rastro de palabras. Y no porque sean poca cosa -son muchísimo, son lo único que siempre queda de un escritor- sino porque su genio prodigioso ya no podrá volver a regalarnos otras historias parecidas a esas con las que convirtió este territorio violento y desolado, en un país de ensueño, fabuloso, en el que los malos son malos a pesar de ellos, y en el que la dignidad, la decencia y la poesía parecen siempre posibles.

Del García Márquez que tuve la suerte de conocer quisiera recordar unos pocos episodios felices. La primera vez que lo vi en carne y hueso fue en Santiago de Cuba, a finales del siglo pasado. Yo acababa de hacer una reseña agria de Noticia de un secuestro, que había salido en El Espectador, y a él le habían enviado esa nota por fax. Yo quería esconderme de vergüenza porque en ese artículo (“La paja en el libro ajeno”) señalaba -con inútil pedantería- algunos errores de ortografía, como poner “haber”, en vez de “a ver”, al contestar el teléfono. Él me dijo: “tienes razón en eso, pero no comprendo por qué se dice “a ver” si por teléfono no se ve nada”. Un día más tarde, durante una comida, puso su mano en mi rodilla y dijo: “Esto no lo oigas tú: lo malo es que en Colombia no hay críticos, sino correctores de pruebas.” Una revancha dulce y acertada.

Más tarde nos invitó a William Ospina y a mí, a su casa, “para que conozcan al duro de Cuba”. Ese hombre duro nunca ha gustado, y yo no quise ir, pero William me contó al día siguiente lo que Gabo mandó decir: “Hazle fieros a Héctor”. Nunca me arrepentí de no haber ido. García Márquez tuvo muchos amigos, algunos admirables, como Graham Greene; también se permitió uno impresentable, como Fidel Castro. Hay que perdonárselo, como se les perdona a otros escritores haber sido amigos de Bush o recibir condecoraciones de Pinochet. A veces el poder es irresistible y hay gente buena con malas compañías. Ser un escritor genial no incluye la obligación de ser un santo.

Lo vi otras veces, en México y en Cartagena. Una vez, junto a Paco Porrúa y a Rubén Fonseca, recitamos poemas en Guadalajara, entre ellos las Coplas de don Jorge Manrique. Otra vez, sin chistar, me dedicó Historia de un deicidio, de Vargas Llosa, debajo de la misma dedicatoria del peruano. “Para Héctor, a pesar de todo”, puso con sorna. A una de mis esposas le dio los espaguetis con su propio tenedor, “porque estás muy flaquita”, y a otra le dedicó pacientemente todos los libros que quiso, para las niñas de la escuela donde es maestra. “Ahora voy a imitarte y en adelante seré monógamo, como tú con Mercedes”, le dije, y nos reímos.

Como sé que a García Márquez le encantaban las hipérboles (exagerar es la mejor manera de que a uno le entiendan) quiero terminar con una exageración en la que creo: en estas repúblicas recientes, él fue nuestro Homero, el que escribió las sagas fundadoras de nuestra historia real e imaginaria. El corazón de Gabo ha dejado de latir, pero sus leyendas seguirán vivas en nosotros, mientras en el mundo palpiten corazones de lectores.

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  • Marcos Francisco Oliveira Avelino 21/04/2014 at 12:15 am

    Lí seu “O resto é silencio”. Gostei. Muito. Quanta intensidade, quanta sobriedade, quanta beleza. Muito obrigado!

    Marcos[um brasileiro de 60 anos].

  • Piva 21/04/2014 at 3:27 pm

    Muito diferente este artigo daquele publicado pelo jornal Folha de São Paulo no último domingo. No periódico brasileiro, o tom é bem menos elogioso. Mas tanto num quanto noutro, Héctor Abad, escritor talentoso, foi feliz em seus comentários sobre García Márquez. O único risco que corre, no entanto, ao falar sobre o pensamento político de Gabo, é cair no discurso mesquinho e preguiçoso dos jornalistas brasileiros. Abad certamente está longe disso, mas é preciso deixar de lado, de uma vez por todas, a ideia de que os liberais são os iluminados senhores da razão e todo pensamento divergente é idiota e desprovido de fundamento. Não é assim. Em sociedades como as nossas, divididas em classes sociais com interesses antagônicos, a defesa do “liberalismo” é tão razoável quanto a do “socialismo” de GGM. O discurso que toma o liberalismo como a única posição política razoável parte do pressuposto duvidoso de que apenas o grande capital e a burguesia liberal são capazes de governar. Para além das verdades absolutas dos liberais está a história e os interesses conflitantes de classes diversas.

  • Jorge 21/04/2014 at 9:26 pm

    1. No hay comparación (si entendí bien) entre Bush, Pinochet y Castro, como el mismo Gabo lo dijo.
    2. No se dice “espaguetis”.
    3. Conmovedor.

  • Tatiana Buitragocom 22/04/2014 at 2:08 am

    García Marquez murió para que Héctor Abad naciera. Tú, desde siempre mi favorito.