Columnas

Escribir sobre el aire

26/02/2017

nube

Alguna vez tuve el propósito de escribir un tratado sobre la forma de las nubes y los nombres de los vientos. Era una idea romántica, típica de un nefelibata, de esos que viven sin poner los pies en la tierra, con la cabeza en las nubes. Soñaba con cirros, nimbos y celajes aborregados. Bastaría copiar la rosa de los vientos para hacer levitar con rumbos diferentes: el cierzo, la galerna, el siroco, la tramontana, el céfiro, el vulturno, el gregal y el mistral. Hasta la página en blanco iba a hincharse como una vela. Pero no. No es posible hoy en Medellín escribir sobre las nubes y los vientos: solo puede escribirse sobre la porquería del aire que respiramos. El viento austro produce enfisema; asma, el solano; EPOC, el poniente. Y todos los malos aires no nos traen otra cosa que enfermedad y muerte. Así que en vez de poeta uno se tiene que volver articulista de denuncia y protesta.

¿Por casualidad no han tenido tos últimamente? ¿Sinusitis, flemas, estornudos, asfixias? ¿Cáncer de pulmón o bronquitis aguda? Normal. Mi neumólogo, Héctor Ortega, lo denunciaba hace pocos días en un video: el aire que respiramos en nuestras ciudades contaminadas nos enferma. Y si queremos saber adónde vamos basta mirar a la China, de donde se importan (muy baratas) la mayoría de las motos de dos tiempos. Hoy en Pekín las máscaras anti contaminación forman parte del atuendo diario de la gente. En los desfiles de moda de Shanghái los maniquíes salen con mascarillas de distintos modelos: rosadas, para que combinen con la cartera; marrón, para hacer juego con los zapatos; rojas, para que no desentonen con el tanque de la moto nueva. Una belleza. Y para allá vamos. Yo mismo acabo de encargar una máscara con filtro para humo y partículas, pues de otro modo caminar o usar la bicicleta es más dañino que bueno.

Y sin embargo se podría hacer algo. Los alcaldes podrían hacer muchas cosas. En vez de estar peleando por el metro subterráneo de Petro o por el elevado de Peñalosa, hay que hacer pronto el más práctico, cualquiera que sea. Y hacer más líneas de metro y de tranvía en Medellín. En Hong Kong (que tiene un aire menos malo que el de sus hermanas chinas) hay viaductos elevados con cintas transportadoras (tapis roulant) que suben por las faldas de la montaña para que la gente camine con menos cansancio hasta las casas que quedan en la cuesta. Alrededor de cada estación florece un comercio vivo y limpio.

Nuestras ciudades propician cada vez más el uso contaminante de las motos, porque en vez de privilegiar el transporte público están pensadas para el automóvil y los vehículos individuales. Las universidades son grandes parqueaderos (deberían ser cada día más caros), y en ellas no se propicia la práctica del carro compartido, y casi nunca se estimula el uso de la bicicleta. Las ciclorrutas (sobre todo en Medellín) están en pañales, y los que nos arriesgamos a ir en bicicleta tenemos que circular por las aceras, a ver si los camiones no nos matan ni las motos nos atropellan.

Si el bus cuesta dos mil pesos, y a un trabajador le toca coger dos o tres buses a la ida y otros tantos a la vuelta, las cuentas no le dan: sale más barata y más rápida una moto. Aunque luego esa decisión, racional en el precio, se pague con la muerte de peatones ancianos, o del mismo motociclista (las cifras por accidentes de tránsito son aterradoras, tan horribles como las de enfermedades respiratorias). Hay que ofrecer tarifas de transporte baratas, subsidiadas, y acabar con la mafia de los transportadores que pretenden meter al centro todas las rutas de los buses.

Ya ven, es imposible divagar sobre los cúmulos nimbos, sobre los ciclones y el efecto Coriolis, sobre los huracanes enardecidos por el calentamiento global, sobre los lánguidos y delicados alisios que ya no se llevan la humareda. Le toca a uno suplicar a los alcaldes que dejen de jugar a policías y ladrones y se concentren en el transporte limpio (eléctrico) y en el aire bueno.

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