Columnas

El tabú de la regla

08/05/2016
Fotografía tomada de www.begirl.org

Fotografía de www.begirl.org

Siempre me ha fascinado, como hombre criado en medio de mujeres, que una vez al mes, a veces al unísono, mi madre, mis hermanas, las monjas del colegio, mis amigas, mi novia, mi esposa, mi hija, empezaran a sangrar (la escandalosa sangre que nos da la vida, adentro, y se supone que nos da la muerte si se sale) por la parte más íntima, celada, secreta de sus cuerpos: la vagina. Cuando escribí el Tratado de culinaria para mujeres tristes, le dediqué un capítulo a este tema, y este no es el primer artículo que escribo sobre lo mismo, sobre la menstruación.

Si el lector es un hombre y en este punto se siente ya incómodo, molesto, y ni siquiera quiere seguir leyendo, le digo lo siguiente: es común, de eso se trata, los machos hemos reaccionado así durante milenios, ocultando la cara, apartando la vista, sin querer saber. También hay mujeres que prefieren que el asunto se trate solo entre ellas, y no estoy de acuerdo. Porque lo que ha pasado es que así (entre la repelencia de unos y el disimulo de las otras) algunos machos, los que mandan en la tribu, en el templo, en la milicia, en las cortes, se han dedicado a dictar normas absurdas al respecto, sabiendo del tema lo mismo que saben sobre el parto de los marsupiales.

Las religiones del desierto (que son las que dominan en el mundo creyente), nacidas en territorios duros y con poquísima agua, se han encargado de llamar impuras a las mujeres durante el periodo, e impuros a los hombres que las tocan, no digamos a los que se acuestan con ellas. Las normas judías y musulmanas sobre la regla les impiden rezar a las menstruantes, ir a la sinagoga o a la mezquita, salir a la calle, tocar lo sagrado, copular… Puede ser que en algún momento de la historia remota estas normas de reclusión tuvieran algún sentido. Tener ropa era un lujo, las telas tan escasas como el agua, poco prácticos y seguros los pañales…

Por todo esto me parece tan importante el trabajo de una diseñadora industrial colombiana, Diana Sierra, que se ha dedicado a diseñar en los últimos años una prenda ecológica y sanitaria que permita seguir con la vida normal a miles de niñas en África y en otros territorios donde ni hay acceso a toallas o tampones, y tampoco habría dinero para pagarlos, si llegaran. Su proyecto, “Be Girl” (“sé chica”), que mezcla sabiamente lo humanitario y ecológico con un plan de negocios que lo haga sostenible, consiste en un tipo de calzones o bragas que se pueden lavar (duran un año), que absorben la sangre e impiden que esta manche la ropa.

Sierra le explicó a El Espectador que el tabú de la menstruación en muchos países (en partes de África y en muchas zonas de la India, pero también en Colombia) provoca deserción escolar, la cual propicia matrimonios tempranos. En Nepal la segregación de las mujeres jóvenes es tan extrema que se las confina en casetas aparte cuando tienen la regla. En África hay cientos de millones de adolescentes que dejan de ir a la escuela durante varios días, por temor a tener problemas. Esto significa que al año hay muchas mujeres que pierden semanas de escolaridad o de trabajo, con lo que eso implica para su formación y su nivel de vida.

Encarar estos temas con franqueza y realismo es sano y necesario. Es necesario oponerse a los falsos pudores que impiden ver la verdad, al absurdo prejuicio de creer que la sangre es sucia, o impura, por el solo hecho de salir por los órganos sexuales femeninos. Tal vez se necesitaba una mujer valiente, con el recuerdo vivo de haber tenido que renunciar a sus juegos por algo que no debería ser nunca una vergüenza sino una función fisiológica saludable, para crear esta innovación práctica, higiénica y ecológica. Es más, si se piensa en lo que significan para el ambiente las toneladas de productos sanitarios de uso único, quizá deberían desarrollarse prendas lavables, que se puedan usar varias veces, también en los países que, por exceso de riqueza (un problema tan serio como el exceso de pobreza), han optado solo por lo desechable.

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  • Ricardo Bada 08/05/2016 at 5:27 am

    Excelente tu columna, querido Héctor, y puesto que estás viviendo ahora en los Países Bajos te llamo la atención acerca de una novedad en el mercado gastronómico en esas latitudes:
    se trata de la inauguración en Ámsterdam (y pronto en La Haya) de un restaurante llamado “Instock cooking” (es decir “Se cocina con lo que hay”). Fue idea de tres antiguos empleados de la cadena de supermercados Albert Heijn, que estaban francamente en desacuerdo con las cantidades de productos que se desechaban al día, en esos supermercados, para mantener un nivel de “frescura” de los productos que venden. Así es que le presentaron un proyecto al jefe de la cadena, proyecto consistente en abrir un restaurante donde tan sólo se cocinaría con los productos desechados del día anterior. Lo cual, como comprenderás, es casi revolucionario. Por un lado se aprovechan mediante reciclado cantidades de alimentos que iban a ser incineradas, y por otro se le hace un corte de mangas a la cultura de lo desechable. Pero además, y esto quizá sea lo más importante, la carta del restaurante cambia todos los días porque los propietarios tienen que improvisarla en función de los productos que reciben. Has leído bien: los productos que reciben, puesto que el jefe de la cadena aprobó el proyecto y sus ahora ex empleados pudieron abrir el restaurante. El cual, según mis informaciones, está teniendo mucho éxito. Vale, y feliz domingo.