Columnas

El proceso

23/08/2015

mafia

 

 

Los escritores estamos obligados a tener muy desarrollado un solo sentido: el de la intuición. Vemos las situaciones, lo que está ocurriendo alrededor, lo que dice o hace la gente (cómo actúa, cómo habla, qué dice, cómo mira, cómo se mueve y se viste) y luego intentamos leer y transmitir, con palabras, esa realidad.

Fui denunciado penalmente (ya es la tercera vez) por un conspicuo político regional y estoy en medio de un proceso judicial. La primera audiencia fue este viernes a las 10 y yo llegué poco antes en un taxi, con mi abogada. El edificio de la Fiscalía, en la calle Palacé del centro de Medellín, no puede ser más tétrico y decadente. Hasta hace un cuarto de siglo funcionó allí, bonito nombre, la “Torre diplomática del Hotel Veracruz”. Lo adquirió la Justicia y luego los cuartos fueron medio acondicionados para ser oficinas judiciales. Largos corredores y curtidos tapetes pardos, del año de upa, paredes desconchadas, ausencia de luz natural. El ambiente perfecto para pensar que la vida es absurda y el trabajo más.

Mientras estamos registrando las cédulas para que nos dejen entrar, hay un gran revuelo de motos, carros y personas. El duro se baja de una inmensa camioneta negra, blindada, último modelo, vidrios polarizados. En el bolsillo de la camisa, bordado en rojo, su nombre. Los guardaespaldas, la policía asignada para su custodia, hombres de gafas oscuras, le hacen un pasillo de honor. De solo verlos, los transeúntes se paran a mirar con una mezcla de aprensión y estupor. Entra al edificio flanqueado por dos hombres jóvenes, pelo cortado al rape, traje y camisa oscura, de esos que si uno ve venir de frente por la noche, prefiere cambiar de acera. Luego me entero de que son sus dos abogados, a los cuales se une, ya iniciada la audiencia, una tercera que se sienta a mis espaldas, muy cerca, y me respira en la nuca.

No me siento culpable de nada, pero las manos me sudan y hasta noto un temblor raro en el meñique izquierdo. Si me querían intimidar, de algún modo lo han logrado, al menos por un momento. Respiro hondo y me repongo. La fiscal da inicio a la audiencia y les da la palabra. Va a hablar uno de los abogados, pero el duro lo calla: hablará él. Saca una montaña de carpetas: en cada una, dice, hay sentencias donde lo absuelven de todos los delitos que le han imputado. Es un ciudadano íntegro víctima de mis calumnias. Debo retractarme, no debo escribir más sobre él, dice. Toma la palabra uno de los abogados y afirma que la vida de su cliente corre peligro a raíz de mi escrito (“El glorioso partido liberal”), y pide a la Fiscalía que refuercen la seguridad de su cliente. La fiscal toma nota, obediente.

Como yo declaro que no tengo nada de qué retractarme, que la opinión es libre en este país, y que en mi escrito no hay injurias ni calumnias, por lo cual no tengo ánimo de redactar, como ellos pretenden, una rectificación, los abogados vuelven a la carga y me advierten que no debo seguir usando Twitter para referirme al candidato, hombre impoluto, integérrimo, ejemplar. Insisten en que a raíz de mi columna, su vida corre peligro. Mi abogada intenta dejar una constancia al respecto (se me acusa de injuria, no de amenazas de muerte, se supone), pero la fiscal piensa que esa constancia no es viable. Es absurdo, pero debo ser yo quien insista en que jamás mi intención ha sido poner en riesgo la vida de nadie. Ni he tenido, ni quiero tener, ni tengo ese poder.

Se firman las actas, bajamos las escaleras, suenan los walkies-talkies, se levantan los guardaespaldas, se activa el dispositivo de seguridad, vuelve la camioneta negra blindada. Mi abogada y yo salimos caminando. Quiero alejarme cuanto antes de ahí. Miro a los lados, adelante y atrás mientras paramos un taxi.

Lo único que tienen que tener desarrollado los buenos lectores es la intuición. El escritor no tiene que decir lo que sus corazonadas le indican, lo que sus ojos ven: los buenos lectores también lo ven y lo entienden, si tienen corazón.

 

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  • Juan Fernando Echeverri Calle 23/08/2015 at 12:41 pm

    ¡Clap clap clap clap clap clap! Excelente Maestro…no hay que botar mucha corriente, ante quien tiene que marcar su camisa con su propio nombre, ya que eso indica que no sabe quién es y que anda perdido por las madrigueras de la ignorancia y la ineptitud, esas donde se meten dos o tres años y sólo salen cuando suenan tambores de nueva selecciones.
    Claro que somos libres de opinar.

  • Gabriel Sepúlveda 23/08/2015 at 1:06 pm

    Y el pobre idiota ni cuenta se da que al meterse contigo, haciendo gala de la bajeza propia de su estirpe, esto es, desplegando el pequeño “J. J. Rendón” que lleva dentro, se está pegando un tiro en el pie en términos electorales. A diferencia suya a ti todos te conocemos y sabemos que eso de definirlo como “el duro” en este escrito, no es nada distinto a la realidad. La “Lupe” es como todos los de su “casta”: soberbio, torpe, autoritario y ramplón así que exhibirse como víctima en un despacho de la fiscalía, no es para sorprenderse.

  • Manuel 23/08/2015 at 1:39 pm

    Así son los bandidos.cínicos. si en este país la justicia funcionara n derecho este criminal de nombre bordado en camisa estaría en la carcel hace mucho y nos evitaría este dolor de cabeza de cada cuatro años. Pero bueno lo importante es que este año también le vamos a mostrar que lo despreciamos y no es digno de antioquia.

  • Natalia Jaramillo 23/08/2015 at 3:26 pm

    Si, este país con este tipo personajillos, siempre me recuerdan a los hombres grises de Momo. Estan llenando a Colombia de tristeza.

  • Daniel Campo 24/08/2015 at 3:53 am

    La primera parte me hizo recordar de inmediato la novela de Kafka con el mismo título de este artículo. Un laberinto desesperante, insondable y hostil.

  • Juan D Marin 24/08/2015 at 2:49 pm

    Maestro tenga cuidado con este tipo de políticos que como nos lo muestra la historia no tienen escrúpulos en acabar con la libertad de prensa. Mi apoyo para usted.

  • linapao 25/08/2015 at 3:13 pm

    Me enamoré, gracias 😉