Columnas

El cinturón de castidad

17/08/2014
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‘Subway’ by Joakim Olofsson

Tengo un amigo que iba en el metro de Medellín con una niña de brazos. Durante el viaje el bebé empezó a llorar, seguramente de hambre, y este amigo sacó el tetero que había preparado en la casa, para que se calmara. El bebé empezó a chupar. Casi de inmediato llegó un auxiliar de seguridad del metro y le advirtió con el índice: “En el metro de Medellín está prohibido comer”. Si no es porque la gente del vagón protesta, lo habrían obligado a quitarle el biberón al niño o a bajarse del tren. Así es la rigidez ridícula del metro de Medellín. Me imagino qué hubiera pasado si la esposa de este amigo hubiera sacado no el tetero sino la teta: quién dijo miedo. Además de alimentación, escándalo en lugar público, o mejor dicho, en el impoluto sistema metro de Medellín.

Se dice que en ninguna parte del mundo la gente es más goda que en Medellín. Su mismo metro parece demostrarlo. Pero hay personas incluso más conservadoras que las de aquí: estoy pensando en los prusianos de Berlín. Solo que estos godos alemanes son más inteligentes que los godos locales. Su sistema es igual de rígido, o incluso más rígido, en las normas, pero son godos prácticos: dejan un margen de tolerancia y laxitud en su aplicación. Ellos, por ejemplo, no han legalizado el aborto, pero han optado por no castigar a ninguna mujer que decida abortar. En el metro de Berlín también está prohibida la comida, la mendicidad e incluso la música en vivo: pero no le impiden a nadie comerse una chocolatina, ni a las señoras amamantar, ni sacan a nadie que esté tocando guitarra, clarinete o violín, y se hacen los locos cuando los drogadictos en cura de desintoxicación venden periódicos (que es una forma camuflada de mendicidad). ¿Para qué dejan la norma, entonces? ¿Es pura hipocresía? No. La dejan por si la situación se sale de las manos y se vuelve de verdad inmanejable. Mientras no perjudique a nadie realmente, se hacen los locos.

Esta semana once jóvenes –como una forma de protesta pacífica y silenciosa- se pusieron a leer, en una fila dispersa, en una estación del metro de Medellín. ¿Qué hubieran hecho en Berlín? Nada: esperar a que se cansaran. En cambio el metro de Medellín entró en pánico por este acto subversivo de leer de pie en el andén, sin montarse a ningún tren. Los de seguridad se pusieron frenéticos: se armó un operativo como de amenaza terrorista. Llegaron decenas entre policías, vigilantes privados y funcionarios, que no sabían cómo reaccionar ante semejante desafío al orden establecido. Leer en público en los andenes, libros de poesía y de Thoreau (“La desobediencia civil”) era un acto inusitado, pero no encontraron en los manuales una norma que lo prohibiera. Al fin se les ocurrió poner en los altoparlantes uno de los mensajes grabados, como forma de intimidación: este decía que los usuarios que esperaban a otra persona, debían esperarla en la zona de los torniquetes y no en el andén. Los lectores se preguntaron en voz alta si esperaban a alguien, y se respondieron en coro que no. Siguieron leyendo. El metro entonces entró en alerta roja. Ante la alerta, los lectores se subieron al siguiente metro que pasó. Nada, detuvieron el tren, bajaron a todos los pasajeros, e hicieron evacuar la estación. Más de seiscientos pasajeros tuvieron que salir e incluso perdieron el pasaje.

Hace como veinte años fui empleado del metro de Medellín, antes de su entrega, y participé en la redacción de los manuales educativos para los usuarios. El metro de Medellín es limpio como una clínica, lo cual no es muy natural, pero está bien, y la gente dentro de él es tan aconductada como ovejitas sumisas. Pero están exagerando con la tal cultura metro. Y la política de cero tolerancia les puede salir por la culata. Esta se parece cada vez más a los viejos cinturones de castidad de los maridos celosos: apretaban tanto que generaban heridas e infecciones en las mujeres obligadas a portarlos. Por precauciones excesivas, se empieza a formar pus también aquí.

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  • alejandro 19/08/2014 at 4:43 am

    Hay que buscar lugares adecuados, el metro es un espacio de sensibilización y educación importante, los libros que los jóvenes estaban leyendo hacen parte de una campaña de lectura en el metro promovida por la misma institución, el metro ha invertido cerca de 30 mil millones de pesos en cultura al rededor de sus instalaciones, el joven que toca el violín, también lo hace en una ruta de buses y pide dinero en estos, todo esto se debe poner en contexto y pensar que es lo que necesita realmente la sociedad en Medellín y si estamos listos para el “libre albedrio” en uno de los espacios de transformación mas importantes para una sociedad que esta saliendo de un golpe muy duro y de la que todavía no sabemos el estado actual.

  • andrea vargas 25/09/2014 at 11:42 pm

    A donde nos quedó la cultura metro,siempre mas excesivos los reglamentos,no se alcanzan a imaginar la inseguridad ,que se genera dentro del vagón, abren los bolsos, sacan carteras,celulares y todo debido al hacinamiento.