Columnas

El ángel de la trompeta

24/07/2016

TRUMP

En inglés, “trump” es el palo de más valor en algunos juegos de naipes. Tal vez por eso Trump ha dedicado parte de su vida empresarial a fundar casinos de azar que ganan y pierden mucho y luego se declaran en bancarrota para no pagar deudas. Pero “trump”, en slang, también es un hediondo gas intestinal, un pedo. Y finalmente “trump” es un apócope de la trompeta. Los seguidores de Trump dicen que él es un ángel del cielo (an angel of Heaven). ¿No podría ser más bien el ángel de la trompeta, es decir, el primer ángel del Apocalipsis? Para alguien que niega el calentamiento global, no está mal que ese ángel anuncie la quema de un tercio de los árboles y la hierba.

No estoy diciendo que Trump sea la primera Gran Bestia del siglo XXI (como lo fueron Hitler o Stalin el siglo pasado), pero sí es muy mala señal que un negociante de dudosa reputación pueda ser el próximo presidente de Estados Unidos. Si Trump gana las elecciones, y bien puede pasar, daría la impresión de que el corazón de ese país no está siendo tocado por “los mejores ángeles de su naturaleza”, como quería Abraham Lincoln, uno de los padres fundadores, sino por los peores, que también los tiene.

En Estados Unidos, como en el Apocalipsis, hay dos pasiones que se disputan el alma de los ciudadanos, una luminosa, que busca la armonía y la convivencia, la otra tenebrosa, que tiende a la ira y la violencia. Suena muy maniqueo, pero no es del todo falso: el bien o el mal, la violencia o la benevolencia, el odio por el inmigrante o la solidaria acogida al inmigrante, el racismo o la idea de que todos nacemos con igual dignidad y los mismos derechos. Casi siempre, así sea por un pelo, en Estados Unidos ha ganado la mejor alma americana. De ahí la confianza en su democracia: en el último momento sale a relucir lo mejor de ellos.

En tiempos de Hitler había millones de norteamericanos que creían en la superioridad aria y la innata malicia de los judíos. Una novela de Philiph Roth narra lo que ocurre en Estados Unidos tras el triunfo de un presidente pro-nazi, el aviador Lindberg. ¿Se estará ahora cumpliendo la tenebrosa idea de esa novela?

El éxito mediático y electoral de Trump va más allá de la división entre el bien y el mal, violencia y no violencia, izquierda y derecha. En el mundo entero venimos hace años asistiendo a una especie de reemplazo de la vieja élite por una nueva élite cuya riqueza también es nueva y está ligada al mundo del espectáculo, a la especulación inmobiliaria y a los negocios dudosos, siempre al borde de la ley. Berlusconi en Italia, Putin en Rusia y ahora Trump.

Los tipos como Trump no tienen ideología, tienen negocios. Cambian de partido y de discurso como cambian de ropa. El mismo Trump fue primero republicano, luego demócrata durante ocho años y buscó la candidatura por el Reform Party antes de regresar a su primer amor. El establecimiento conservador difícilmente puede verlo como uno de los suyos: a veces defiende y a veces ataca el aborto, no se opuso del todo al matrimonio gay, y un tipo que funda casinos, se divorcia dos veces, busca amantes y esposas entre reinas de belleza y modelos, no parece el prototipo del cristiano devoto. Incluso su forma de ser racista es demasiado abierta y explícita para los racistas hipócritas, más discretos. Sus credenciales derechistas, sin embargo, están confirmadas por el lado de sus simpatías con los supremacistas blancos, la propuesta de bajar los impuestos de los más ricos, y la promesa de acabar con el esbozo de seguridad social aprobado por Obama.

El Apocalipsis es el más literario y fantasioso de los libros bíblicos, y su interés (al menos en un escéptico como yo) consiste en el modo fabuloso en que narra una antigua obsesión humana: la lucha entre el bien y el mal. No soy de los que creen literalmente en las profecías de San Juan en la isla de Patmos. Lo que sí sé es que hay personas capaces de despertar, con sus trompetas, los peores demonios que todos llevamos dentro.

 

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