Columnas

Dos pioneras de los derechos civiles en Colombia

31/08/2014
Ana Leiderman y Verónica Botero

Ana Elisa Leiderman y Verónica Botero

Uno de los grandes avances humanitarios del siglo XX, al menos en el mundo occidental, es la reivindicación de los derechos de los homosexuales. Ser homosexual, en la culta Inglaterra, era ilegal y se castigaba incluso con la castración química hasta mediados del siglo pasado. El gran lógico Alan Turing, fue obligado a inyectarse estrógenos como una forma supuestamente científica de controlar la “aberración” de su homosexualidad. En la Cuba de Fidel Castro, en los primeros años de la Revolución, se perseguía a los homosexuales; el mismo Che Guevara, ícono machista de los años 60, decía que a los maricas había que enviarlos a campos de reeducación. El espectro de la homofobia no tiene partido y va de izquierda a derecha. La nieta de Benito Mussolini, Alessandra, declaró en 2007 que era “mejor ser fascista que maricón”. Los nazis obligaban a los homosexuales a llevar un triángulo rosa y a las lesbianas un triángulo negro, para el escarnio público. El gobierno de Putin prohibió las Marchas del Orgullo Gay en Moscú, “durante 99 años”, con lo cual demostró que tienen la esperanza de lograr civilizarse dentro de un siglo. Y los ejemplos podrían seguir: todavía hay países islámicos que castigan la homosexualidad con la pena de muerte. Con la revolución humanitaria de los años 60 y 70 del siglo pasado, las minorías sexuales empezaron a levantar cabeza, a salir del clóset. Así empezó a disminuir una injusticia milenaria y un inútil sufrimiento de millones de personas. Los más valientes políticos, artistas, activistas sociales y ciudadanos corrientes, fueron capaces poco a poco de declarar su condición homosexual abiertamente, con libertad. Al fin no tenían que esconderse, ni tenían que ser curados o tratados como enfermos. O apresados como delincuentes que pervierten a la juventud. Y muchos genios del arte y de las ciencias, cuya condición de homosexuales se hostigaba o se celaba como una tara abominable, como un secreto que les hacía perder el prestigio si llegaba a saberse, pudieron salir a la luz. No doy los nombres, pero la lista de hombres y de mujeres ilustres, que eran o son homosexuales, y que han hecho inmensos aportes a la humanidad, es inmensa. La misma Iglesia Católica, que cambia y evoluciona aunque no lo diga, ha venido moderando su posición frente al hecho innegable de que en todos los pueblos y en todas las culturas del mundo existe un porcentaje más o menos constante de personas que declaran sentir apetencia sexual por individuos de su mismo sexo. Ante este hecho, que no es contra-natura, como decían antes, sino que al contrario, se da naturalmente en todas partes, como el hecho de ser zurdos o diestros, el mismo Papa actual ha declarado: “Si alguien es gay, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. En Francia, Gran Bretaña y los países nórdicos la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo es legal. Ser homosexual no es una enfermedad, y no es contagioso. La inmensa mayoría de los homosexuales crecieron en hogares heterosexuales. La inclinación sexual no se educa ni se adquiere: se nace con ella. El 78% de los suecos y el 71% de los alemanes están a favor de la adopción por parte de parejas del mismo sexo. En Colombia vamos más despacio, pero acaba de darse un gran paso en la dirección correcta. Cuando se escriba la historia del movimiento por la libertad de los homosexuales, y por el respeto de su condición y de todos sus derechos, tendremos que citar siempre a esta pareja valerosa de dos mujeres, Ana Elisa Leiderman y Verónica Botero, que lucharon durante años para lograr algo obvio: que la hija biológica de una de ellas pudiera ser adoptada legalmente por su pareja. Ellas, exponiéndose, han hecho una gran labor para disminuir el sufrimiento inútil que una sociedad chapada a la antigua intenta seguir infringiendo a millones de colombianos. La Corte Constitucional le ha dado al país una lección de civilidad contra prejuicios caducos y dañinos.

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  • juliana 02/10/2014 at 3:24 am

    Don Hector creo que no me alcanzan las palabras para expresarle mi admiración y respeto, pocos como usted que siguen firmes en sus creencias, ideales y legado. Se que sonara trillado y cliché pero su obra me ha dejado huellas y enseñanzas imborrables. Gracias