Columnas

Dominique de Villepin, el cosmopolita

22/09/2014

VillepinLa vieja Europa, y sobre todo Francia, produce personas así: con espesor cultural, elegancia en el pensamiento, propuestas políticas sofisticadas, y una apostura notable (lo que los franceses llaman charme) incluso al comienzo del otoño de la existencia: 60 años de vida. Si Maquiavelo describió cómo debía actuar el Príncipe para triunfar en sus propósitos, otro teórico del Renacimiento, Castiglione, trató de enseñar cómo debía ser el hombre cortés. Si el maquiavélico carece de escrúpulos, el cortesano de Castiglione es un hombre ingenioso y su inteligencia debe destinarse, más que a triunfar, a agradar y hacer el bien.

De Villepin es un cosmopolita auténtico, que asesora gobiernos en todos los continentes del mundo -de muy diferentes culturas, tradiciones y sistemas políticos-. Como desde muy joven vivió en varios continentes (Medio Oriente, Latinoamérica, India, África, Estados Unidos) está despojado de todo eurocentrismo. Casi siempre defiende las armas de la política y de la seducción, y casi nunca el uso de la fuerza. Vino a Bogotá, invitado por Caracol TV y El Espectador, para hablar de las guerras del mundo contemporáneo, y también de unas pocas noticias de paz: para él Colombia representa una de las pocas buenas noticias que hay en el mundo de hoy. Lástima que el Secretario General de la ONU no pueda haber nacido en un país con derecho de veto (Francia lo tiene), pues Dominique de Villepin sería la persona ideal para ese puesto. Si de los buenos presidentes de Colombia se dice que “el país les cabe en la cabeza”, a Villepin lo que le cabe en la cabeza es el mundo. Villepin, además de ex primer Ministro de Francia, es poeta, crítico de arte y bibliófilo. El catálogo de su biblioteca, vendida recientemente, podría ser la bibliografía ideal del hombre ilustrado, desde primeras ediciones de Voltaire y Tolstói, hasta manuscritos de Borges. Esta semana lo entrevisté en Bogotá.

H.A. Señor Villepin, ¿usted es un poeta romántico (o vanguardista) o un político realista?

D.d.V. Yo no diría que soy poeta, porque sería muy vanidoso darme esa identidad, ni tampoco un político, sino un testigo. Alguien que tuvo una suerte increíble en la vida: poder tener varias vidas. Nací en Marruecos en el 53, justo antes de la independencia, y mi familia vivía antes en Argelia. He visto así la evolución de esta región, y el paso de Francia de una república colonial, a una república más pequeña. Luego tuve la suerte de vivir en Latinoamérica, en Venezuela, entre los 7 y los 15 años. Después estudié en Estados Unidos y tuve experiencias diplomáticas en Norteamérica y en India. Todas estas experiencias que tuve de muy joven, me permitieron conocer diferentes sensibilidades. Experimentar el sentimiento de indignación y rebeldía frente a la injusticia social que yo vi siendo muy joven aquí en Surámerica; el sentimiendo de que el orden conservador tradicional no podía mantenerse; el sentimiento también de una forma de arrogancia occidental en sus certidumbres de tipo colonial, pues tuve la posibilidad de prestar el servicio militar en el momento en que Yibuti se independizó, así que vi la evolución del cuerno de África en Somalia, Etiopía, etc. Tuve la suerte de entender el mundo cambiante en todas partes. Así entendí que la verdad no estaba de un lado o del otro, sino que la verdad había que buscarla, y que había que luchar por ciertos ideales.

La política me pareció una experiencia necesaria pues no se puede cambiar la vida colectiva sin política. La política es como entrar en una religión al servicio del hombre. Pero sin ideas fijas, sin prejuicios, sino con el sentimiento de que uno tiene que darle razones de vivir a la población, a unas personas que a veces están desesperadas por la vida que llevan. Y la poesía era el elemento complementario de la política. La poesía consiste en buscar las palabras que van a darle sentido a la vida. Yo experimenté muy joven, por la historia de mi hermano, que murió de una enfermedad cuando yo tenía 20 años, el poder de la poesía. La poesía le ayudó a cambiar su vida y a aceptar su muerte. Él y yo descubrimos juntos lo que es la vida a través de la poesía alemana, francesa, rusa, suramericana, portuguesa (Borges, Neruda, Paul Celan, Pessoa, Rimbaud) y eso nos ayudó. Las palabras de la poesía eran sangre y vida: nos daba una razón de vivir en un momento de desesperación por la vida y por el mundo. La poesía nos permitió seguir adelante. Por eso los actos políticos (para mí la política es actuar) y la poesía, que está hecha de palabras, juntos, tienen un poder increíble. Escribir poesía o ensayos, me sirvió para aclarar mi propia conciencia, y así crecer sin ser el esclavo de ideologías o de partidos. Lo que yo más odio en la vida son los partidos, porque los partidos políticos son ciegos: lo llevan a uno por un camino sin mirar la vida real, persiguiendo siempre los intereses del partido, siempre pensando en el partido. A mí lo que me interesa es el hombre; cómo cambiar la vida de cada uno, y para eso se necesita siempre dirigirse hacia el otro: entender, escuchar, mirar, y tener siempre un debate interior y un debate colectivo. No hay debate colectivo sin debate interior. Hay que tener el derecho a cambiar de posición y de ideas, porque la vida nos obliga a eso, y porque la realidad también cambia.

El problema de la política en el Occidente, hoy, (en Estados Unidos, en Europa) es que la política ya no cambia nada. Promete pero no se ve ningún resultado por ningún lado. Y por eso la extrema derecha, la extrema izquierda y el populismo proliferan, crecen. En cambio aquí hay un debate y las cosas cambian, se decide tomar un camino u otro. Paz o no paz es un debate que tiene consecuencias en la vida histórica y cotidiana de los colombianos. A nosotros nos hacen falta esos grandes debates colectivos; se discute de política pero sin mirar la realidad de lo que se discute.

H.A. Usted es una de las figuras más sobresalientes del pacifismo internacional. Sin embargo, viene de una tradición política, la del general De Gaulle, y los gaullistas no me parecen propiamente pacifistas. Ellos pelearon la guerra de Liberación contra los nazis y la guerra de Argelia también…

D.d.V. La verdad es que el gaullismo fue cambiando. Es verdad que ante el gran desafío nazi en Europa, la decisión del general De Gaulle de optar por la resistencia no tenía ninguna duda, ninguna fisura. Pero ese era un desafío muy especial, único. En cuanto a la guerra de Argelia, la posición de De Gaulle fue cambiando de itinerario, de acuerdo con los sentimientos de la población francesa. Poco a poco se pasó de la guerra a cómo hacer la paz. Y hacer la paz es muy complicado; se necesita el apoyo de la gente. Había que mostrar lo que la paz podría permitir, lo que tendría de bueno la paz. Y eso el general De Gaulle lo mostró: Francia en paz, tendría un crecimiento económico extraordinario. En el 58, durante la guerra de Argelia, el país se da cuenta de que puede tener mejores resultados internos y una posición fuerte en el mundo, haciendo la paz en Argelia. De Gaulle muestra el carácter positivo de la paz. Y después de Argelia es el general De Gaulle quien les dice a los norteamericanos que es una tontería hacer la guerra de Vietnam, una tontería la guerra de Israel contra los árabes en el 67. De Gaulle fue el primero en abrirse a la Unión Soviética, en el 64, y el primero en tener relaciones con China. Él quiso hacer la paz con el mundo entero porque la paz es mucho más revolucionaria, cuando se hace dinámica y positivamente, que la guerra. De la guerra uno no sale. La guerra se hace en el terreno y también en la mente; y cambiar la mentalidad es muy difícil. Lograr tener éxito haciendo la paz es muy complicado. Y esa revolución la hizo el general De Gaulle: de la guerra contra los nazis, a un país de paz que defiende la tolerancia, la idea de discutir con todo el mundo sin prejuicios, y tratar de solucionar discutiendo todas las crisis: ser un país intermediario, un país entre los otros países.

H.A. Hablemos de guerras privadas, ahora. A veces los políticos se detestan. Es proverbial el odio recíproco entre usted y Nicolás Sarkozy. Ustedes fueron el símbolo del odio político en la Francia contemporánea. Aquí el odio de Uribe por Santos, es también impresionante. Tal vez nunca dos líderes políticos colombianos se habían detestado tanto. Es más fácil para Santos hacer las paces con las Farc, que con un antagonista ideológicamente menos distante: Álvaro Uribe.

D.d.V. Primero, para mí es evidente que no se puede vivir bien, no se puede llevar una vida buena y honrada, con el odio. El odio es algo que ocupa cada segundo del día; y no solo esto, sino que también es algo que lo obliga a uno a estar mirando hacia atrás. El odio te disminuye, te empequeñece y que no te permite crear nada nuevo. Se necesita reconciliación para poder ver al mundo de otra manera, para empezar otro día. Por eso para mí ha sido muy importante poder hablar con Nicolas Sarkozy. Eso me permite entrar en una vida nueva, y me permite expresar mi visión de las cosas; para eso yo necesito darle la mano a alguien a quien yo combatí y que me combatió también de un modo tan duro. Y entrar en una nueva fase. La política necesita más que todo paz interior y serenidad. Sin eso, uno se enfrasca en el combate cotidiano y olvida que detrás del combate hay un objetivo, y el combate mismo se convierte poco a poco en la meta.

Para un ejército matar al que está al frente no es un objetivo, por eso les dije yo a los americanos cuando la guerra de Iraq: la guerra no es el objetivo; el objetivo es la paz. La paz es tan complicada que si no se la prepara desde un principio nunca será posible lograr la paz. Es lo mismo en política: si uno quiere servirle a Colombia hoy, o servirle a Francia, en mi caso, uno necesita en un cierto momento ser capaz de seguir adelante con todo el mundo, escuchando a todo el mundo, porque la verdad no está en las manos de uno y el error en la cabeza de los otros. Por eso yo sentí la necesidad de hablar con Sarkozy. Yo quiero llevar mi vida política de otro modo, sin estar metido en la lucha de los partidos políticos; sin meterme en el combate de cada día. Quiero pensar cuál es el interés general de mi país, de Europa y del mundo, no el interés mío o el de mi partido.

Yo estoy convencido de que si el presidente Santos y el presidente Uribe se ponen frente a frente y se preguntan cuál es el interés de Colombia van a lograr trabajar por algo común; construir un camino. Hay que escuchar las diferentes concepciones, pero en un cierto momento hay que entrar en el combate más importante que es el de la reconciliación, la paz y la justicia. Y este combate no se hace con un revólver en la mano. El odio entre dos personas no está condenado a ser eterno; uno sale fortalecido de la reconciliación.

La guerra y el odio parecen una fuerza imposible de erradicar, algo que se hereda de una generación otra, y pasa de padres a hijos, repitiéndose. Hay que luchar contra la fatalidad de los fantasmas que retornan: hay que luchar contra el miedo y la fatalidad. Eso hace cambiar el mundo.

H.A. Quizá el problema sea que Uribe tiene la herida indeleble de su padre asesinado por la guerrilla. Así uno entiende que él considere que los de las Farc son solo unos terroristas a los que hay que matar o hacer que se rindan y jamás negociar con ellos.

D.d.V. Esta es una experiencia histórica, general, del mundo. En todo el mundo todos los países llaman terroristas a los que luchan contra el Estado en un cierto momento histórico. Francia llamaba terroristas a quienes luchaban en la guerra por la independencia de Argelia; los de Vietnam eran terroristas para Francia o para Estados Unidos. Los ingleses y los árabes llamaban terroristas a los judíos que luchaban por crear a Israel. La mayoría de los israelíes llaman terroristas a los palestinos. Los terroristas luego adquieren otra posición y dejan de ser terroristas. Para salir de ese círculo vicioso hay que llegar a integrar a los que llamábamos terroristas para que dejen de matar y se integren a otro tipo de vida.

H.A. ¿Y perdonar tantos crímenes atroces?

D.d.V. Esa es la experiencia de Suráfrica y de Irlanda. Claro: justicia para las víctimas, pero también perdonar y olvidar. La reconstrucción no se hace sobre la base del olvido de lo que pasó; no, lo que hay que olvidar es el odio, aun recordando las atrocidades que se cometieron. Olvidar la ofensa, pero tener la memoria y la verdad de quienes sufrieron la injusticia de parte de los terroristas o de parte de otros. Esa es la historia común del pueblo colombiano. En cierto momento los colombianos tienen que ser capaces de seguir adelante e ir más allá, sin quedarse rumiando en el rencor por lo que hizo Uribe o por lo que hicieron los paramilitares o por lo que hicieron las guerrillas o el Estado. No puede haber una recriminación perpetua entre los distintos bandos. Perdonar es la historia de la humanidad y es lo que nos hace grandes y lo que nos renueva. Es lo que nos da fuerzas para construir algo. Hay que perdonar para que Colombia pueda crecer y construir una nueva historia, una página nueva y al fin sin la que parece eterna violencia política. Una nueva página de su vida colectiva: hay que perdonar para que el futuro de los jóvenes sea posible. Si uno se encierra en el odio y en la revancha uno se muere con el odio y con la revancha.

H.A. Íngrid Betancur, que fue alumna suya en Francia, perdió siete años de su vida amarrada de un árbol, humillada y ofendida, y ella ahora dice que quiere la reconciliación, que perdona…

D.d.V. Su ejemplo personal es muy emocionante porque ella sintió la necesidad de confrontarse con esa experiencia íntima que padeció, tan violenta. Uno no sale igual de una experiencia así; hay una transformación interior que a ella le ha permitido una vida nueva. Ella puede ver a los que fueron sus carceleros y enemigos de ayer como seres humanos. Eso le da otra oportunidad a la vida. La vida tiene que ser más fuerte que las fuerzas negativas de la violencia y del odio. Hay que buscar un fuego interior en la cultura, en uno mismo, a veces en la religión, y encontrar esa luz que hace posible seguir adelante.
La poesía es grande para eso: los poetas se enfrentaron a cosas tremendas en su vida, a veces ellos se enfrentaron a la barbarie. Paul Celan, que pasó por la experiencia del exterminio de toda su familia en manos de los nazis, es capaz de escribir una poesía hermosa sobre la esperanza y habla de una pestaña hundida en la roca. Hay una pestaña en la roca que es el símbolo de la esperanza. Así se puede reconstruir el mundo, y reconstruirse a sí mismo. Después de ir hasta el final del odio y de la barbarie Celan vuelve a la confianza.

H.A. En sus palabras hay mucho idealismo. A veces hay concepciones económicas o ideológicas irreconciliables. En América Latina hay concepciones como la de Unasur, que pide soluciones inmediatas; cambio social ya, salida de la pobreza ya. Revolución. La Alianza Pacífico propone una vía distinta y con cambios paulatinos. ¿Cómo poner de acuerdo las doctrinas económicas de las Farc, que siguen un modelo chavista, o incluso más ortodoxo comunista, soviético, con lo que defiende el actual gobierno colombiano que no persigue a la empresa privada, ni se opone a la inversión extranjera, ni a la propiedad privada?

D.d.V. El pragmatismo sería utilizar las recetas que funcionan, como la Alianza del Pacífico, pero escuchando a las otras voces que denuncian que hay un problema social y hay que integrar. Ese es el compromiso tan difícil que hay que encontrar en estos países. No hay una solución fija. Depende de las circunstancias y del desarrollo de cada país. Pero yo pienso que siempre hay que hacer una síntesis. La Alianza Pacífico debe escuchar la voz de Unasur sabiendo que la voz de ellos tiene legitimidad, así muchas de sus recetas no tengan sentido ni porvenir en el mundo de hoy. Venezuela ha hecho mucho en la lucha contra la pobreza, pero lo ha hecho mediante un sistema que ya no crea riqueza, por un lado porque hay mucha corrupción, y porque no ha sido capaz de construir un desarrollo económico sostenible. Se ha excluido a algunos, a los empresarios, y hay que integrar a todos los actores sociales productivos, sin dejar a nadie a un lado. Eso es lo más importante: llegar a un contrato social que incluya a todos: a los más pobres y a los creadores de riqueza. El fracaso de Estados Unidos en Iraq es, también, por no haber incluido a todas las fuerzas. Excluyeron a muchos que tenían un papel importante: al partido Bas, al ejército iraquí, a los sunnitas, sostuvieron un gobierno shiita. Si se excluye a mucha gente, el proceso es de tensión y de frustración y finalmente, de guerra civil. La política tiene que tratar de integrar más tendencias y que haya un pacto económico y social más inclusivo.

Para no repetir errores del pasado no pueden ustedes encerrarse en un mundo ideológico que divide a las personas en buenas y malas, en unos que saben todo y otros que no saben nada, donde están los que tienen algo y los que no tienen nada. Hay que incluir más y más gente en el progreso social.

La política busca síntesis: la política busca acuerdos entre visiones antagónicas del mundo y de la economía. Lo que parece imposible hoy no es imposible mañana. Nada se soluciona en un día. La política es un proceso histórico evolutivo. La lucha de ayer no es la de mañana. Se necesitan nuevas visiones, nuevas ideas económicas y de todo tipo. La visión de los guerrilleros y la de Santos son muy distintas, y la síntesis no puede hacerse hoy. Lo que hay que hacer es abrir caminos de esperanza para llegar a acuerdos sobre muchas cosas, incluso en la economía. Que se concilien intereses que abran caminos para mañana. La política debe responder a los problemas efectivamente; con humildad y sacrificios. La historia no termina nunca: es un proceso continuo. No todos los problemas se resuelven de una vez. Esa es la idea falsa del comunismo: vamos a solucionarlo todo pronto y entraremos en un mundo armonioso y sin contradicciones. Fukuyama creyó lo mismo del capitalismo triunfante, con su idea del fin de la historia. Ninguna política lo va a solucionar todo ni hoy ni mañana ni pasado mañana, pero la meta es mejorar lo de ayer para que haya más esperanza y más inclusión: más personas en el contrato social, económico del país. Hay que mejorar el contrato y el objetivo político.

H.A. Usted, al haber vivido en tantas partes del mundo, tiene una visión muy comprensiva y muy tolerante de cualquier cultura. A usted no lo escandaliza nada. No se siente extraño ante nada “exótico”. Estados Unidos, sobre todo los EE.UU. de Bush son lo menos cosmopolitas y comprensivos del mundo. Y ahora Obama pareciera estar cayendo en la misma lógica.

D.d.V. Lo que a mí me entristece es ver que en los últimos 15 años nos equivocamos varias veces, internamente e internacionalmente. Hoy en Europa somos víctimas del miedo, del miedo hacia el porvenir. Miedo al otro: en la Comunidad se le tiente miedo al Islam y no saben que actitud tomar hacia ellos; cómo incluir en un proceso de integración a personas que vienen de otras tradiciones. En Francia el 8% de la población es musulmana, pero la inmensa mayoría de ellos no tienen ningún problema y están perfectamente integrados; son tolerantes, aceptan los valores de la democracia. Se necesita tener una relación con el mundo musulmán y el mundo árabe que nos permita tener paz social. Y la equivocación peor de Occidente, quizá más por miedo que por arrogancia, el error más grande, se cometió a partir del 2001.

La reacción de EE.UU. después del 11 de septiembre se puede entender muy bien. Pero nos damos cuenta de que después de esa reacción, sobre todo después de la itervención en Iraq, de que la emotividad y la guerra no sirven. Ahora sucede lo mismo: decapitan a dos rehenes y por la emoción se junta precipitadamente una gran coalición para ir a la guerra contra el Estado Islámico. Ese tipo de confrontación va a crear más problemas y no va a resolver nada. Así que el Occidente tiene un problema de visión histórica, un problema de concepción de la comunidad internacional, y tiene un problema económico que quizás es el más importante: ya Occidente se da cuenta de que el mundo está cambiando. Hemos visto cómo el poder económico está pasando de mano, pasando del mundo occidental al mundo asiático y al mundo emergente. Eso es un gran cambio y ahí creció el miedo en Occidente. Hay miedo a perder el control del sistema económico internacional. Eso es muy importante. En esta reacción visceral, militar viene de esto también de esto.

El problema siempre es que en Occidente se tiene la idea de que el cambio de régimen va a arreglarlo todo. Eso pensaron en Iraq, en Libia, y no ha sucedido. El problema es que cambiarlo todo para crear un vacío de poder completo en esos países, es mucho peor todavía. Eso le da fuerza a las fuerzas totalitarias a las fuerzas más extremistas y a las fuerzas terroristas. Los países occidentales no miden bien sus actos: no saben lo frágiles y divididas que están esas sociedades; y hasta qué punto son muy complicadas: hay muchas tribus, muchos líderes distintos. El manejo de esas sociedades tiene que ser un manejo mucho más fino y respetuoso y nuestros países no tienen esa capacidad. Por eso es tan difícil la comprensión y las relaciones con África y con el Oriente Medio. Hemos cortado las relaciones con muchas de las nuevas generaciones en Africa y en Oriente Medio por nuestra arrogancia, apoyando a regímenes autoritarios y que no tienen una visión histórica de sus países, de mejor reparto de la riqueza económica, etc. Por eso nuestra actitud conservadora es tan problemática. Privilegiamos cierto orden en vez de propiciar un cambio hacia la justicia; pero no sabemos cómo facilitar ese tránsito ese cambio hacia un orden más justo sin desestabilizar completamente esas regiones. Pero lo cierto es que cada vez que utilizamos la fuerza, la capacidad militar, obtenemos la peor de las soluciones. Es como cuando en los hospitales se combaten las bacterias y los virus y cada vez surgen bacterias y virus más resistententes, más dañinos, más virulentos y más extremos. Se intenta exterminar por la fuerza a un grupo de terroristas y surgen otros más numerosos y más fanáticos.

La política necesita tiempo y la emoción de la opinión pública, instantánea, no da tiempo. Las reglas de la comunicación moderna son inmediatistas. Hay tanta prisa en resolver los problemas que nadie consigue alcanzarlos. No se puede satisfacer todo. No se usa el tiempo largo, que es el de la democracia, para cambiar las cosas. Y si no se usa el largo plazo, entonces se mata a la democracia. Se vuelve frágil: parece que no sirviera para nada. No damos respuestas a largo plazo. Otros gobiernos sí planean a largo plazo y como controlan la información no tienen que satisfacer las exigencias de la opinión pública.

H.A. Para usted que habla perfectametne español y que conoce tan bien a América Latina, ¿cree que en Europa hay algún interés por lo que pasa aquí? Yo no lo siento.

D.d.V. Hay incomprensión que crece entre América Latina y Europa. La imagen de América latina era la de un continente revolucionario, cubano o chavista. Un socialismo agresivo era la imagen: lo que se esperaba de ustedes. Exotismo en literatura y revolución en lo político. Como el continente es muy desigual se espera una constante lucha social. Allá no se dan cuenta de los cambios que ha habido: los cambios democráticos, los cambios sociales y económicos. La historia hace que la América Latina de hoy no se parezca a la de hace 20 años. Ustedes se han alejado también de EE.UU., y ustedes tienen la posibilidad de escoger su propio camino de desarrollo. Es un momento en la historia de América Latian muy interesante. Otros van a mirar hacia acá: Asia y Africa están mirando hacia acá. El éxito de Colombia en cuanto a la inflación o al crecimiento es estudiado en otras partes.

H.A. ¿América Latina está destinada a ser la periferia de Europa, un suburbio de Occidente?

D.d.V. Los latinoamericanos son distintos y son originales; son otra cosa distinta a Europa. Aquí existe esto que ustedes llaman la “malicia indígena”: eso indica la capacidad de incluir fuerzas históricas y culturales que nosotros en Europa hemos perdido. Estas fuerzas le dan al proceso histórico latinoamericano una identidad muy fuerte y muy original: lo indígena, lo negro, lo mestizo (lo que combina a Europa con África y con América), esa mezcla, si excluye el racismo, sin ningún sentimiento de superioridad de parte de nadie, y sobre todo sin excluir a ningún grupo, incluyéndolos a todos, dándoles a todos la posibilidad de tener su trayectoria y de expresarse. Y lo mejor de ustedes es el optimismo, la alegría que se siente aquí y que en Europa se ha perdido, que allá no existe, ni tampoco en Estados Unidos. Ese optimismo es la base sobre la que deben construir el siglo XXI. Reconciliación social, progreso económico, relaciones con todo el mundo en el proceso de globalización, Asia, Europa, Medio Oriente, África. Ustedes se van a dar cuenta de que incluso las decepciones con Europa y con Estados Unidos, esa fractura, poco a poco, se puede curar también. América Latina está en una posición muy original porque reúne a todos los continentes.

Ustedes tienen una riqueza excepcional que es la biodiversidad. La variedad de climas de paisajes, de culturas. Eso hay que preservarlo a como dé lugar. Deben tener una visión equilibrada de la vida. Por eso el proceso de paz es tan importante: porque tiene consecuencias económicas muy fuertes. La visión conservadora de Colombia favorece a las ciudades de la cordillera, a las de la Costa y a los propietarios de grandes extensiones de tierra. Esa visión no mira globalmente al país, no es una visión incluyente del bienestar del pueblo colombiano, sino que favorece unas zonas en contra de otras. Para tener un compromiso histórico que incluya el campo, minería también, pero sobre todo desarrollo de la agricultura, de lo agropecuario. Sin paz no se puede dar ese desarrollo más armónico en todas las partes del país, sobre todo en las zonas más apartadas de las ciudades. O hacen la paz y se desarrollan económicamente o bien, sin paz, el desarrollo será solo para unos pocos grupos económicos, los de siempre, y excluirán a otros sectores económicos. Esto socialmente sería muy costoso y luego habría consecuencias peores de inestabilidad social. El gran desafío para toda Suramérica hoy -con todas sus riquezas- es poner en primer lugar la educación. Abrir el continente al mundo y guardar la esperanza y el optimismo como motor del progreso.

Si Colombia no hace la paz, podría transformarse en una economía rentista, como la venezolana, que vive de la minería, de la renta del subsuelo, y esas economías acaban fracasando, como fracasa Venezuela. Ustedes tienen ese problema histórico: tener un desarrollo armonioso, de todos los sectores: con educación y progreso equilibrado de la agricultura, del campo. Vivir de la renta sería horrible. Perderían lo cultural y lo social. Proteger la biodiversidad, la diversidad cultural es importante. Lo otro es tener mucho dinero de repente, volverse un país rentista, y luego no tener nada en las manos, cuando se acabe la extracción.

 

Publicado originalmente en El Espectador

You Might Also Like

  • Barbara Venegas Alba 23/09/2014 at 3:43 pm

    Ah, si nuestros políticos colombianos -y ése 60% de ciudadanos que se abstuvieron de votar en las pasadas elecciones- tuvieran siquiera una pizca de la capacidad de reflexión de Villepin…