Columnas

Día de difuntos

30/10/2016

Uno de los signos de “humanización” de los homínidos es la evidencia de ritos funerarios en las excavaciones arqueológicas. Si se entierra un cuerpo siguiendo algún tipo de ceremonia (posición, adornos, ídolos, utensilios, linimentos, vestiduras, tumbas), es de suponer que quienes lo enterraron tenían una hipótesis sobre la muerte. Algunos de los monumentos más extraordinarios del ingenio humano son simplemente sepulcros: las pirámides. Las antiguas técnicas para embalsamar y disecar los cadáveres son intentos muy sofisticados de hacer perdurable lo que menos dura, el cuerpo. Una batalla perdida contra nuestro destino más seguro: podrirnos.

Todas las religiones se apoderan de la muerte y la regulan, la definen, le sacan provecho. Algunas prohíben la cremación de los muertos (islam, judaísmo, cristianos ortodoxos); otras la prescriben (hinduismo). Los católicos permitían la cremación, pero solo en vida, y solo para los herejes, a quienes se quemaba en la pira, pero como castigo. Para los griegos, una de las peores ofensas que se le inflige a un enemigo es no dejarlo sepultar según los ritos. Los parientes de Héctor le ruegan a Aquiles para que al menos deje que se le hagan las honras fúnebres al guerrero muerto. El drama de Antígona se origina en el hecho de que Creonte prohíbe que se dé sepultura a su hermano, Polinices, con el fin de que su cuerpo sea devorado por alimañas y aves de rapiña. Esto, según la tradición, era condenar su alma a vagar por los siglos de los siglos, y por lo tanto era una especie de castigo añadido: algo peor que la muerte. Para los zoroastrianos, en cambio, el ojo místico de los buitres, y el hecho de que se coman los cadáveres, sirve a la transición cósmica de las almas. El problema en la Torre del Silencio, en Bombay, donde los muertos son devorados por las aves de rapiña, es la escasez de gallinazos, que al parecer se están extinguiendo a causa de la insuficiencia renal que les producen los analgésicos que se dan a los moribundos, presentes todavía en la carroña humana. Hay gustos para todo: unos detestan que se los coman las fieras; otros lo prefieren. Unos queremos gusanos; otros, llamas.

La iglesia católica, con la aprobación del papa Francisco, acaba de renovar las instrucciones sobre lo que se debe hacer con los difuntos. Según «Ad resurgendum cum Cristo» (Para resucitar con Cristo), que acaba de publicar el Santo Oficio, la cremación no está prohibida (durante siglos se la consideró impía y contraria a la tradición), aunque la Iglesia prefiere que se dé sepultura al cuerpo entero pues así se manifiesta un mayor respeto y compasión por el difunto. En todo caso la cremación no contradice la creencia en la resurrección de la carne pues para la omnipotencia divina es igual de fácil recomponer un cuerpo a partir de las cenizas que a partir del polvo. Lo que no puede hacerse es esparcir las cenizas en el agua, en la hierba o en el viento, ni guardarlas en la casa, sino depositarlas en un cementerio o en un lugar sagrado. Si el difunto quiso en vida que se lo cremara como un signo de panteísmo, masonería, nihilismo o de negación de la inmortalidad, se le deben negar las exequias.

Para los que no creemos en el alma, y mucho menos en su inmortalidad (si uno supone que el alma es la conciencia, la mente), no deja de ser un problema y un asunto interesante el trato que se da a los muertos. A los muertos que queremos, y a nuestro propio cuerpo inerte, después de fallecer. Me gustaría que tuviéramos una aproximación laica y racional ante los cadáveres, y una propuesta clara de la forma más respetuosa, higiénica y ecológica como deberíamos disponer del cuerpo de los difuntos.

Cremar los cadáveres requiere cierto gasto de combustible que genera, por supuesto, una descarga de CO2 y otros gases tóxicos en el ambiente. Tendría que haber tanto funerales laicos como cementerios verdes, y empresarios de pompas fúnebres que ofrecieran alguna alternativa a las ceremonias religiosas. No veo por qué los religiosos deban ser los dueños de la muerte incluso entre los no creyentes. Me ha tocado asistir a muchas misas de muertos para amigos agnósticos o ateos, simplemente porque la familia no sabe qué más hacer. Los nuevos rituales deberían proponer también algunas formas adecuadas de disponer los cadáveres.

La solución más vieja es, quizá, también la más sabia y ecológica. La que permite un tiempo prudente de duelo y despedida, sin tanto afán como se acostumbra hoy en Occidente. Un cementerio ecológico debería estar situado en un bosque, y allí, sin ataúdes metálicos ni de maderas inmunizadas, los muertos deberían enterrarse envueltos simplemente en un sudario tradicional que evite por cierto tiempo olores y filtraciones. Podría usarse también un simple ataúd de madera cruda, o un cesto vegetal que se descomponga fácilmente. En ese bosque podría haber piedras tumbales con inscripciones. Pero los muertos no interrumpirían, sino que más bien abonarían, el crecimiento de los árboles y la vegetación.

He leído un montón de comentarios tontos y apresurados sobre lo que acaba de disponer la Iglesia Católica. Los malpensados creen que todo se hace con fines de negocio y malas intenciones. Deberían saber que hay cinerarios gratuitos en muchas iglesias. Y que las religiones siempre han opinado y dado normas sobre la muerte. Que uno prefiera otra cosa, está muy bien, pero al menos deberían darse argumentos, y no ese -tan simple- de que yo-hago-con-mis-muertos-lo-que-me-dé-la-gana. No es cierto. Uno no puede dejar a sus muertos podrirse en la casa, por ejemplo. Hay que hacer algo con ellos. Y pensar en qué hacer con los muertos es un problema tan viejo como los seres humanos, y muy interesante. Todos tenemos una hipótesis sobre la muerte.

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