Columnas

¿Cuándo caduca la culpa?

02/02/2014
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Ilustración: Pablo Monforte www.pablomonforte.com

Hay dos sentimientos que pueden ser muy nocivos para la salud de la psiquis: el remordimiento y el resentimiento, o, dicho con palabras más breves, la culpa y el rencor. No siempre son negativos: a veces el rencor consigue que no nos capen dos veces (evitamos al dañino), y el arrepentimiento puede llevarnos a no repetir una maldad (nos volvemos menos malos). Sin embargo empantanarnos en la culpa o en el resentimiento, impide la serenidad interior.

Hace poco una amiga alemana que nació mucho después de la Segunda Guerra Mundial, me alegaba que sí hay culpas colectivas y que ella todavía sentía arrepentimiento por lo que habían hecho muchos alemanes de la generación de sus abuelos. Esa sensación -que sé que en Alemania es bastante común- ha llevado a que este país repudie el nacionalismo, se cuide mucho del militarismo, y reaccione con rigor frente a ciertas actitudes de racismo o antisemitismo.

De la misma manera tengo amigos judíos que no recuerdan -el recuerdo es personal- pero sí saben de oídas lo que millones de alemanes les hicieron, y sienten todavía repudio por viajar a Alemania, por la lengua alemana o por la música de Wagner. El Holocausto, de alguna manera, todavía está fresco en los nietos de quienes lo perpetraron o permitieron, y en las nietas de quienes lo sufrieron. De eso han pasado apenas 70 años y todavía viven unas cuantas personas que lo sufrieron en carne propia. Pero qué pasará dentro de 150 años, cuando haya pasado tanto tiempo de esa tragedia como el tiempo que llevamos aquí desde cuando se abolió la esclavitud, o cuando hayan pasado 500 años, que son los siglos que han transcurrido desde el primer genocidio de los indígenas americanos.

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David Rieff

Pienso en todas estas cosas mientras leo un libro muy retador y estimulante para el debate público y la reflexión interior: Contra la memoria, del historiador norteamericano David Rieff. En él no se habla de Colombia, pero al leerlo con nuestro filtro de este momento, la duda es bienvenida. Siempre se nos recalca la importancia de la memoria; que hay que conocer la historia para no repetirla; que la denuncia de los crímenes del pasado puede ser útil para que no se repitan. Rieff sostiene lo contrario: dice que la memoria en general es una deformación de la historia, construida con mitos, con mártires de lado y lado que solo avivan el rencor y la imposibilidad de la reconciliación. Los odios ancestrales alimentados con himnos, canciones, fechas, martirologios, para Rieff, son una especie de memoria tóxica que impide dar pasos hacia la paz.

En Colombia están muy frescas las masacres de los paramilitares, la barbarie de algunos militares y las carnicerías de la guerrilla como para olvidarlas fácilmente. Cada vez se aprueban más excepciones para que ciertos crímenes no prescriban a los 20 años como casi siempre decreta el código penal. En general apoyamos estos actos simbólicos como algo que promueve la justicia. Sin embargo Rieff -que vivió de cerca el caso de Bosnia- sostiene que en ocasiones es mejor sacrificar la justicia en busca de la paz: “Lo mínimo que se puede afirmar es que la paz siempre es urgente. Sin paz, los asesinatos prosiguen sin cesar. Los que afirman que no puede haber paz sin justicia sencillamente se están engañando a sí mismos.”

Quienes ven solo por el ojo derecho creen que los crímenes de la guerrilla no pueden ser perdonados; los tuertos del otro ojo ni olvidan ni perdonan los asesinatos de los paramilitares. Hay quienes van más lejos y creen que los blancos todavía son culpables de la esclavitud y del genocidio de los indios americanos. ¿No sería conveniente un poco de amnistía (que viene de amnesia, de olvido) para que no sigamos empantanados en la rumia de rencores, arrepentimientos y resentimientos?

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