Columnas

Contra el sensacionalismo

29/05/2016

Una de las ventajas que tiene alejarse del país y no leer por un tiempo sus periódicos, ni oír sus emisoras, ni ver los noticieros de televisión y mucho menos participar en las redes sociales, es que al echarles un vistazo de vez en cuando, uno nota que Colombia vive de sobresalto en sobresalto, de alarma en alarma, de emergencia en emergencia, y todo es presentado de un modo tan dramático y exagerado que da la impresión de que cada semana el país está al borde del colapso por un motivo distinto. Y no. Lo cierto es que el país sigue ahí, con sus viejos problemas, con sus escándalos repetidos, pero mejorando poco a poco. Despacio, muy despacio, pero cada año un poco menos mal.

Colombia es un país sobreexcitado, alarmista, sensacionalista. No por nada nos especializamos en sustancias estimulantes, cocaína y cafeína; no es casual tampoco que aquí haya florecido en su forma más pura el realismo mágico, cuya estrategia retórica fundamental es la exageración. Aquí los titulares son de página entera y los canales y emisoras no descansan de suspender la programación para emitir boletines con noticias devastadoras y extraordinarias.

A lo anterior se añade el alarido permanente de las redes sociales, que tratan todo contratiempo como si fuera una calamidad, toda calamidad como si fuera una catástrofe, toda catástrofe como si fuera una tragedia y toda tragedia como si fuera el fin del mundo. Ahí la concupiscencia de las malas noticias vive de orgasmo en orgasmo, como un adolescente pajizo e incapaz de controlar su lujuria. Nada mejor que Twitter para alimentar la alharaca y el escándalo, sobre todo si estos sirven para desacreditar al gobierno y para anunciar, una semana tras otra, “el momento más crucial de nuestra historia” o “el último paso antes del abismo”. Ruido, mucho ruido, como en la canción de Sabina.

Tomemos el hecho repudiable del secuestro de Salud Hernández. Durante casi una semana las redes sociales e incluso algunos periódicos nos hicieron creer que a causa de este hecho criminal y odioso el país entero estaba colapsando y las conversaciones de paz al borde del fracaso. Sin importar que la Colombia de hoy sea un país menos violento que el de hace ocho años, vivimos una semana de alharaca destructiva y acusaciones injustas. Para algunos vivimos el momento más negro de la historia, pero no dan datos. Es como si los hechos  puros y duros no importaran.

Y los hechos, les gusten o no, son que hay muchos menos secuestros y secuestrados hoy que en el 2008 o 2010. Que había muchos más homicidios y acciones guerrilleras en los tres últimos años del anterior gobierno que ahora. Morían muchos más soldados, desplazaban más campesinos. En fin, la situación era peor. Dirán que es cuestión de percepción debido a la tendencia, que en el 2010 los secuestros disminuían y con el de Salud hay una seña de que volverán a aumentar, como cuando se llevaron a Íngrid. Es evidente que no es así y que un secuestro de seis días, por grave y repudiable que sea, no puede compararse con uno de seis años. Si los secuestros llegaran a cifras tan altas como las del primer decenio del siglo, podríamos poner el grito en el cielo, pero por ahora seguimos muy lejos de esas cifras.

Se puede decir lo mismo de los homicidios contra líderes de izquierda. ¿Estamos en las vísperas de otra masacre como la de la UP? Los números, por fortuna, no lo dicen así. Podría pasar y deberíamos tener cuidado, pero no gritar como si ya estuviera ocurriendo.

Está en nuestra índole ser exagerados, escandalosos y alarmistas. Es una falla de la personalidad nacional, una neurosis. Pero dejemos tanta ira. A Salud Hernández no la secuestró el presidente Santos sino el ELN. En tiempos de Pastrana o de Uribe no íbamos a pasear al Catatumbo tranquilos, como quien va a Suiza. Hace 30 años que el Ejército no controla esa zona. ¿Será mucho pedir que les demos a los hechos y a las noticias su justa dimensión en vez de tanto escándalo y tanto ruido dañino?

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