Columnas

Contra la muerte

26/04/2015

 

Muerte y Vida - Klimt

“Muerte y vida” – Gustav Klimt, 1915.

 

Creo que en nuestra lengua, la española, se han escrito algunos de los más grandes poemas sobre la muerte: las coplas de Jorge Manrique, varios sonetos de Quevedo y de Lope, o el susurro herido de Santa Teresa de Ávila, hace ya 500 años: “Mira que el amor es fuerte, / vida, no me seas molesta; / mira que solo me resta, / para ganarte, perderte. / Venga ya la dulce muerte, / el morir venga ligero, / que muero porque no muero.”

También en Colombia se han escrito buenos poemas sobre la Señora Muerte: Silva, De Greiff, o los melancólicos versos de Jorge Gaitán Durán (“el sueño que puedo ser si mañana despierto / y sé que vivo”), que sugieren ese temor que todos hemos sentido alguna noche oscura: el miedo a no despertarnos. Una vez el presidente Belisario Betancur se refirió al mismo tema con una expresión muy antioqueña: “Yo no le tengo miedo a la muerte, sino a la morida.” Precisamente de lo que se discute en estos días en Colombia -la reglamentación del Ministerio de Salud sobre la eutanasia-, no es tanto de la muerte, que a todos nos llegará por igual, sino de los distintos tipos de morida: es decir sobre la forma en que debemos encarar la agonía, y lo que puede o no hacerse cuando alguien está en trance de muerte, sin esperanza de cura, sin posibilidades de recuperar la conciencia o en medio de grandes sufrimientos.

La gran tragedia del animal humano es la certidumbre de la muerte. Quizá cantamos, escribimos, trabajamos, silbamos, para espantar la presencia de ese pensamiento: vamos a morir nosotros, y mucho peor, quienes más queremos también van a morir. Esto es difícil incluso de pensar: “No podemos mirar fijamente ni el sol ni la muerte”, como dijo La Rochefoucauld.

En general esperar la muerte serenamente y sin buscarla parece la actitud más sabia. Tratar de postergarla, protegiendo la vida, cuidándonos y cuidando a los que queremos, también es muy sensato. Combatir la muerte con la medicina, la prevención, las precauciones, las prohibiciones, las leyes, los tabúes. Todo esto es bueno. Las mil batallas contra la muerte acabarán siempre en una guerra perdida, claro, pero todas esas batallas vale la pena lucharlas hasta el último respiro, si hay esperanza de una vida digna.

Todo esto lo digo para explicar que quienes somos partidarios de despenalizar la eutanasia no estamos a favor de la muerte. Es curioso, por ejemplo, que quienes más se oponen a la muerte voluntaria y digna -sin sufrimiento- suelen ser también quienes más apoyan la pena de muerte para los delincuentes, esa especie de barbarie legalizada. Desde la ecuánime sentencia de Carlos Gaviria que despenalizaba el “homicidio por compasión”, en Colombia no ha sido posible darle forma a esa posibilidad. No lo ha querido hacer el Congreso y ha tenido que hacerlo ahora el Ministerio de Salud, obligado por la Corte Constitucional.

Algo que habla a favor de la posible bondad que se esconde en el corazón humano, es que nunca queremos precipitar de gusto la muerte de los que amamos. Por mucho que estén sufriendo, yo sería incapaz de ponerles a mis hijos la droga que detendrá definitivamente su corazón. No puedo. Y sin embargo creo que ellos y yo, y cualquiera de ustedes están en el derecho de pedir que en una enfermedad o una agonía llena de horrendos sufrimientos y sin posibilidades de recuperación, el hecho de que nos quiten la vida con una sustancia que precipita la muerte, no debería ser delito. El argumento más común que esgrimen quienes se oponen a la eutanasia es religioso: Dios nos dio la vida, Dios decide cuándo nos la quita. Este argumento me resulta incomprensible. Si la muerte es un designio de Dios, entonces también lo es el dolor, y quienes se oponen a la eutanasia no se oponen a los analgésicos. Además nadie defiende la eutanasia obligatoria: es voluntaria, solo para aquellos que han dicho que la quieren. Los creyentes pueden morir cuando su Dios lo decida; otros pensamos que deberíamos poder morir cuando la vida sea intolerable.

 

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  • José M. Ruiz 26/04/2015 at 1:24 pm

    Comprender, entender y asumir la certeza de un día ser muerto, quizá sea el acto más inteligente del ser humano. Libera, creo yo, el verdadero ser para que ejerza consciente su misión como parte y todo del Universo. Por eso, independiente del como, el cuando debe ser potestad del individuo y el Estado como tal debe legislar para que eso se cumpla a cabalidad. Enhorabuena por el fallo y gracias a eso, al fin se ha dado la reglamentación a la Eutanasia.
    Ya en lo personal, considero que si me tocara ser el ejecutor de ella en alguien cercano y muy querido, no lo dudaría; y del mismo modo, quisiera que se hiciera si el paciente fuera yo.
    Gracias, Héctor.

  • mcjaramillo 27/04/2015 at 2:42 pm

    Añadir que: aunque sólo fuera por compasión, la eutanasia debería estar legalizada en todo el mundo.
    Un saludo afectuoso.