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Confesiones de un polígamo

15/10/2012

 

Para la sensibilidad inglesa no hay nada más deplorable que el espectáculo de un ser humano que impone a nuestra atención sus llagas, sus cicatrices morales, y rasga ese “compasivo velo” que el tiempo o la indulgencia hacia las debilidades humanas pudo haber tendido sobre ellas.

Thomas de Quincey

 

 

Para los lingüistas es muy útil tener siempre presentes los conceptos de diacronía y sincronía. Lo sincrónico, según Saussure, describe el estado de una lengua en un momento preciso de la historia (la lengua congelada en un instante); lo diacrónico tiene que ver con sus cambios y permanencias a través del tiempo. Como no todo el mundo tiene siempre en la cabeza estas abstracciones, es probable que el funcionario de inmigración que interrogó a Roman Jakob­son en el momento en que éste entraba por primera vez a Estados Unidos no haya entendido la respuesta del gran lingüista ruso a una de sus ridículas preguntas de rigor: “¿Practica usted la poligamia?”. Comprendida o no por el agente, la salida de Jakobson es famosa: “¿En sentido sincrónico o diacrónico?”.

 

 

En la sociedad de hoy (y también en la de ayer, y en la de antier) es muy probable que la inmensa mayoría de los varones, tanto orientales como occidentales, hayan practicado la poligamia en sentido diacrónico o, para darle un nombre quizá más preciso, la “monogamia seriada” (una esposa distinta cada cierto número de años). Dejando de lado el víncu­lo solemne —ceremonia matrimonial y demás paraferna-lia— y limitándonos al aspecto material o carnal del asunto, no creo que sea muy fácil de encontrar un hombre que durante toda su trayectoria mortal sobre la tierra haya conocido —en sentido bíblico— tan sólo una mujer. Creo que son mucho más comunes aquellos que no han conocido mujer alguna que aquellos que han conocido una sola, porque en estos asuntos, como en el culinario, cuanto más y más condimentado se come, más apetito da.

 

Estoy hablando de promedios, tendencias y probabilidades; no estoy diciendo que todos los hombres tengan inclinaciones incontrolables hacia la promiscuidad. No todos: casi todos. Lo cierto es que si los mismos tratadistas religiosos (consúltese cualquier manual de confesores) hablan de la “lucha por la castidad” y del “combate de la pureza”, esta lucha y combate nos indican que una cierta tendencia existe, y que muy rara no es, en varones y hembras. Sabemos, sin embargo, que la condición humana es muy variada y que de todo hay en la viña del Señor, incluso personas íntegramente monógamas y hasta completamente célibes. Lope de Vega, un dramaturgo de la estatura de Shakespeare en sus comedias (no en sus tragedias, no), enuncia con inmensa gracia en un parlamento de La hermosa fea (I-3), lo diverso que es el género humano:

 

 

Hombres hay que un día escuro

para salir apetecen,

y el sol hermoso aborrecen

cuando sale claro y puro.

Hombres que no pueden ver

cosa dulce, y comerán

una cebolla sin pan,

que no hay más que encarecer.

Hombres en Indias casados

con blanquísimas mujeres

de extremados pareceres,

y a sus negras inclinados.

Unos que mueren por dar

cuanto en su vida tuvieron;

y otros que en su vida dieron

si no es enojo y pesar.

Muchos duermen todo el día,

y toda la noche velan;

muchos hay que se desvelan

en una eterna porfía

de amar sólo a una mujer.

Y otros que como haya tocas

dos mil les parecen pocas

para empezar a querer.

 

 

A uno de los pocos mitos modernos que aún sobreviven, surgido en tiempos de Lope (aunque creado por Tirso), quiero decir, a Don Juan, dos mil mujeres seguramente le habrían parecido pocas para empezar a querer, pues si le creemos a don Lorenzo da Ponte, el gran libretista de Mozart, tan sólo en España el número de las amantes del Tenorio eran ya “mille e tre” (mil tres). En estos casos extremos, como en los más moderados y más humildemente humanos, los varones parecemos marionetas sometidas a un impulso biológico universalmente encontrado por los psicólogos evolutivos: nuestra constante apetencia por el sexo, y más que por el sexo repetitivo, por el variado. A veces los poetas, que casi todo lo saben de un modo secreto e intuitivo, antes que los psicólogos, han llegado a formular esta hipótesis de una manera más directa, más icástica. Para muestra de lo que estoy diciendo les transcribo este botón de Quevedo (otro contemporáneo de don Tirso), en el que la palabra tronga, para el que no lo sepa, significa manceba en jerga de germanía:

 

 

Por más graciosa que mi tronga sea,

otra en ser otra tronga es más graciosa;

el mayor apetito es otra cosa,

aunque la más hermosa se posea.

 

La que no se ha gozado, nunca es fea;

lo diferente me la vuelve hermosa;

mi voluntad de todas es golosa:

cuantas mujeres hay, son mi tarea.

 

Tú, que con una estás amancebado,

yo, que lo estoy con muchas cada hora,

somos dos archidiablos, bien mirado.

 

Mas diferente mal nos enamora:

pues amo yo, glotón, todo el pecado;

tú, hambrón de vicios, una pecadora.

 

 

Hasta aquí les he dado datos muy generales sobre nuestra apetencia natural por la poligamia, que cualquier hombre con capacidad de introspección (y poco propenso al autoengaño) puede reconocer, así como también cualquier hembra con capacidad de observación (y poco propensa al autoengaño) puede constatar también a su alrededor. Quizá la mayor fuente de malentendidos entre machos y hembras de la especie Homo sapiens tiene que ver con la radical diferencia en nuestro tipo de apetito sexual: las mujeres, más sabias y selectivas, prefieren la calidad (y están dispuestas a la poliandria sólo si hay buena calidad y pocos golpes); los hombres, más impulsivos y menos remilgados, preferimos la cantidad. Lo cual no quiere decir (en estos tiempos de píldoras anticonceptivas) que algunas mujeres no se atrevan a echar un polvo casual con un bruto joven y bien plantado, ni que los hombres se casen con la más tonta del barrio. Ni ellas ni ellos aspiran al compromiso duradero con idiotas, pero se acuestan con ellos si las circunstancias son propicias.

 

Claro que esta propensión al sexo casual y poco selectivo es más grande entre los machos. Hay un ejemplo perfecto para demostrar que esta diferencia es más biológica que cultural: cuando a una familia le sale una hija boba (digamos que el cordón se le enredó en el cuello al nacer y por falta de oxígeno tiene una lesión irreversible en el cerebro), cuando la muchacha llega a la adolescencia y empieza a manifestar apetencias sexuales y signos exteriores de fertilidad, la tienen que cuidar mucho si no quieren que quede embarazada. Nunca faltará el bestia masculino que la quiera preñar, por boba que sea y por mucho que se le note la bobada. Al revés, cuando a una pareja le sale un hijo bobo (digamos que por el mismo accidente umbilical), y éste llega a la edad de las ganas, no hay que cuidarlo mucho a este respecto: jamás encontrará mujer alguna que voluntariamente se lo dé. Las mujeres escogen bien y nunca van a querer que el papá de sus hijos sea un bobo, porque al fin y al cabo ellas saben muy bien quién va a cargar con el mayor peso en el momento de la crianza.

En un libro reciente que aborda el problema de la poli­ginia desde un punto de vista evolutivo (The Mith of Mo­nogamy, de David Barash y Judith Eve Lipton, New York, 2001) los autores recuerdan algunas frases de la cultura popular anglosajona: “Los infantes tienen infancia; los adultos, adulterio.” “¿Aspiras a la monogamia? Cásate con un cisne”. Lo triste es que según los últimos estudios de marcadores de DNA entre las crías, “la monogamia es en buena parte un mito, incluso entre los pájaros”. Así que uno no puede asegurar la monogamia ni casándose con un cisne. O con una cisne. Porque aún las pájaras, incluso las que tienen más fama de fieles, se las arreglan para copular de modo clandestino con un macho disoluto, y no todos los huevos resultan haber sido fecundados por su consorte habitual. Voltea uno los ojos, y se la hacen en un segundo, detrás de una mata o debajo de un loto. Lo mismo pasa con los seres humanos, machos y hembras. Según estudios serios, al menos en Inglaterra entre el 10 y el 12% de los bebés nacidos en hospitales no son hijos biológicos del padre declarado.

 

Porque resulta que, paradójicamente, las más interesadas en la monogamia no son las mujeres, sino los hombres. Y los más favorecidos por la tendecia polígama de los varones no son la mayoría de los hombres, sino la mayoría de las mujeres. En un régimen de poligamia dura estilo gorilas o el reino de los ashantis en África occidental, un solo macho fecunda a casi todas las mujeres (el rey ashanti no puede abusar mucho: el número de sus esposas no puede superar las 3.333). Esto va en contra de los intereses de todos los machos de bajo rango y de muchos de los machos intermedios en la jerarquía social. Para ellos más vale que cada cual tenga su mujercita, se conforman con ella, y que los de arriba no abusen con su poder de seducción. En un régimen de monogamia cerrada, las mujeres de menguado estatus no pueden aspirar nunca a una semilla (o a una herencia) potencialmente mejor. En cambio en un régimen, que es el más común, de relativa monogamia, con unas cuantas relaciones furtivas, las mujeres pueden aspirar a la asistencia permanente de sus maridos oficiales, y a las semillas esporádicas de los machos mejor dotados genéticamente. La fascinación (hablo de promedios) de muchas mujeres por reyes, príncipes, actores y presidentes, así sea para un coqueteo esporádico, confirmaría esta tendencia natural.

 

Según el Libro de los Reyes (XI, 1-3) el rey Salomón “amó apasionadamente a muchas mujeres extranjeras…, moabitas, amonitas, idumeas, sidonias y heteas […], tanto que tuvo sete­cientas mujeres en calidad de reinas, y trescientas mujeres secundarias”. En el segundo libro de Samuel se mencionan seis esposas del rey David: Aquinoam, Abigaíl, Maaca, Ha­git, Abital y Jetraam, pero más tarde, según la Biblia, to­­mó más mujeres, “de segundo y de primer orden” (2 Samuel, V-13). Hay muchos más ejemplos célebres de poligamia, pero estos dos patriarcas pueden ilustrar bien las ventajas competitivas que tienen los vértices del poder sobre el resto de los hombres. El asunto Lewinsky es otro ejemplo reciente; sin embargo, con lo chismosa que es la prensa inglesa, no se le conoció affaire alguno a la muy poderosa Dama de Hierro, la señora Thatcher. Pocos hombres sucumben a la tentación de un polvo arribista cuando sus encantos se limitan a encantos del poder. Se dice que los ministros levantan bastante, aunque pasen de los 60. Sin ofender, ¿cuánto levanta una ministra cincuentona? Algo entre los hombres mayores; poco de ahí para abajo.

 

Una de las mayores imposiciones culturales que Occidente ha intentado arraigar durante siglos en todo el resto del mundo es su mandato por la monogamia absoluta (con cierta tolerancia por algunos desgarres clandestinos, pero preservando siempre la fachada de la fidelidad). Muchos pueblos se resisten a esta “forzatura” cultural. Incluso en Occidente se han intentado antídotos (siempre fallidos, siempre conflictivos) a esta imposición: pareja abierta, comunas, derecho de pernada, divorcio relámpago, etc. Lo cierto es que hay un malestar y una tensión permanentes entre las disposiciones cultural-religiosas y los ímpetus de nuestra endeble naturaleza animal.

 

He hablado de generalidades, de casos célebres, de cultura y biología. Pero este escrito se llama “Confesiones”, con lo que es factible que alguien se esperara alguna alusión personal. Puedo decir que he escrito lo anterior basándome en la experiencia: he tenido dos matrimonios, o, para ser más preciso, dos extensos y gratos concubinatos, no sincrónicos, sino diacrónicos, el último todavía en ejercicio (a pesar de este artículo). Y fuera de eso, me vivo observando, y sé bien lo que siento, lo que sin querer se me ocurre, lo que mis primeros impulsos me dictan, lo mucho que quisiera hacer y lo muy poco que se puede concretar, porque la realidad es más avara que la fantasía. No voy a rasgar más allá el velo del pudor, como pide De Quincey, pues todavía aspiro a cierta indulgencia. Y aspiro a esta indulgencia porque puedo apelar a la conciencia de los lectores y de las lectoras. No soy monógamo, soy tendencialmente polígamo. Igual que tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermanito. Aquel o aquella que no lo sea, que arroje la primera piedra.

 

 

Publicado originalmente en El Malpensante. Ed. 52, Marzo de 2004

 

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