Columnas

Caballos o bicicletas

03/08/2014
Bike_by_Gustavs

Foto: Gustavs Cirulis http://gustavs.deviantart.com/

Así como no recuerdo cuándo aprendí a comer, a hablar o a caminar, tampoco recuerdo cuándo aprendí a montar a caballo. Creo que monto a caballo más o menos desde que nací, porque para llegar a la finca de mi abuelo no había otro medio de transporte que el caballo y, lo quisiéramos o no, nosotros pasábamos temporadas allá. Tal vez por esa experiencia temprana, todavía gozo montando a caballo. Me gusta el olor, la fuerza, la bondad, y hasta me gusta descifrar los resabios de la curiosa inteligencia de los brutos. Con esto quiero decir que no tengo nada contra los caballos, y que trotar, ir al paso o galopar por el campo es para mí una de las formas de la felicidad. Otra cosa son las cabalgatas multitudinarias de ocho mil o más caballos que se hacen cada año en Medellín. Nunca he estado en ninguna de ellas, porque nunca me ha gustado la idea de una cabalgata en la ciudad. La única vez que asistí un rato, entre el público, a la Cabalgata de la Feria de las Flores, la cosa me pareció grotesca y repugnante. Era un espectáculo de mal gusto, dominado por mafiosos mezclados con nuevos y viejos ricos, una ostentación de la parte más vulgar de eso que llaman, equivocadamente, la identidad o la tradición de mi terruño, Antioquia: ruido, borrachera, gritos, altivez. Exhibición, en los machos, de eso que algunos consideran muy masculino: la brusquedad, la alharaca, la jactancia, el desprecio por el peón (que justamente es palabra emparentada con peatón). Y en las hembras, también, exhibición de lo que algunas de ellas creen que es feminidad: prótesis para acentuar los delanteros y el trasero, maquillaje excesivo, ropa que muestra más de lo que cela, y predilección sumisa por el tipo de macho descrito más arriba. La cabalgata era una clara muestra de abuso contra los animales: sin agua, montados por borrachos que los golpeaban sin cesar, como un signo brutal de dominio, en una fea orgía de día entero en que predominaban el maltrato y la ostentación de la riqueza en medio de una ciudad con enormes carencias. Detrás de los ocho mil “binomios”, como les dicen, con nombre bien ridículo, a jinete y caballo, detrás de las burrotecas y las cantinas cuadrúpedas de aguardiente y ron, pasaban cientos de barrenderos y empleadas de aseo (a pie) recogiendo toneladas de cagajón. Bastó exigir una prueba de alcoholemia a los jinetes y de buen estado físico de los animales, para que la cabalgata se desbaratara. Esas condiciones elementales de civilidad desanimaron a los caballeros. Este año, vez de la cabalgata, en la Feria, habrá un paseo en bicicleta. Si no recuerdo cuándo aprendí a montar a caballo, recuerdo muy bien cuando aprendí a montar en bicicleta. Las caídas, la incredulidad, y el milagro del equilibrio en dos ruedas. La bicicleta exige esfuerzo y destreza. Con una bicicleta es más difícil ostentar. Más aún, alguien que tiene una bicicleta muy cara, de la mejor marca y el mejor material, puede perder la carrera con otro que tiene una bicicleta vieja, pesada y sin cambios. La bicicleta no contamina, no emite gases, no caga, y casi nunca sirve para humillar a otro. El caballo todavía tiene algún sentido en caminos de montaña inaccesibles, o como recreación suburbana. Pero para la ciudad, en cambio, la bicicleta es el medio de transporte ideal: el más ecológico, el más económico, el que tiene mejor relación entre gasto energético y velocidad. Si hace un par de semanas escribí un comentario muy pesimista sobre la forma mafiosa en que se estaba deteriorando el centro de Medellín, hoy registro con optimismo este cambio repentino: de la odiosa cabalgata de los que alardeaban con sus caballos de millonarios, a un paseo humilde y sobrio para casi todos. Así las bicicletas sean menos espectaculares y menos folclóricas, el ciclo paseo es muchísimo más sano y civilizado, más útil y más cívico. Bicicletas y no caballos es lo que uno se espera, hoy, de una ciudad que esté en función de los ciudadanos y no de la prepotencia ni de la ostentación.

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  • Carlos Andrés Serna Botero 04/08/2014 at 10:34 am

    Mejor no se pudo decir